Hace dos semanas ya del evento. Suena de fondo el saxo de Coltrane como el acelerado piar de un ave enloquecida; tras ello, dará lugar a la mágica trompeta de Miles Davis, con sus notas largas, sostenidas, llenas de espíritu y sentimentalismo. Dos semanas han transcurrido, supongo, pues no he llevado la cuenta del paso del tiempo. Sé que hoy es día de entre semana, y ayer o antes de ayer fue fin de semana. Los fines de semana hay una tranquilidad inusitada, al menos durante el día, que los vecinos van a sus pueblos, a otras ciudades, al campo, a la playa, quién sabe. Entre semana hay movimiento, aunque existe esa calma propia de las mañanas, en que los vecinos abandonan el barrio para acudir a sus puestos de trabajo, si es que los tienen. Sin embargo, es una calma distinta, una calma activa, mientras que la del fin de semana es una calma contemplativa, serena, como la bajamar. Eso es, una bajamar que anuncia la venida de la respectiva pleamar y, en este caso, también anuncia la llegada de una tempestad que descalabra todo a su paso.
Es primavera; lo intuyo en el Sol. Se siente diferente el incidir de sus rayos en la piel. Se vuelve agresivo, a diferencia del sol invernal, que es tímido, como un sol que golpea sutilmente a la puerta, en lugar del llamar al timbre. El sol veraniego no sólo llama al timbre, sino que lo hace con chabacanería, haciendo sonar una melodía pegadiza, que no deja lugar a dudas sobre su llegada. Sin embargo, sé que es primavera, porque la primavera me transmite una sensación particular. Cuando las rosadas flores de las prunáceas brotan y decaen, mientras los suelos comenzan a desarrollar moteadas inflorescencias, rosadas, purpúreas y amarillentas, emanan ciertos aromas y efluvios de los campos, impulsados por el contacto de los rayos del sol. Estos efluvios no todos los perciben; están presentes aun así. En algunos de nosotros se manifiestan violentamente, como un estallido visceral, que vuelve al espíritu melancólico, sentimental y libidinoso a partes iguales. El espíritu, como un reflejo de la naturaleza, florece con todo tipo de pulsiones que yacían latentes durante la temporada invernal.
Quiero crear al fin, pues llevo ya dos semanas sin hacerlo. Dos semanas sin ser capaz de tomar la pluma, el lápiz o el pincel. Dos semanas sin ensoñaciones nocturnas o fantasías diurnas. La indiferencia inunda cada rincón de mi ser, sin ser capaz de encontrar a las musas en la arquitectura modernista o la gótica, en los arrebolados tonos del ocaso, en las luces nocturnas o en el cielo estrellado. El fulgor de Sirio no me suscita mayor interés que el faro de una motocicleta, y las Osas son tan apasionantes como las farolas de la manzana contigua. Esta abulia apaga incluso los instintos primaverales que me deberían invadir por estas fechas. Como cierto renombrado poeta galo, me doy a la vida del flanêur, al vagar por las estrechas callejuelas, en busca de un destello. <<Tal vez nazca del caminar la inspiración- me digo- Tal vez sienta algo, al fin>>
En todo caso, el otro día noté cierta emoción en mis andares. Mi ceño se frunció y mis puños se tensaron. La imagen de un viejo conocido surcó mi mente. También me vino a las sienes la visión de una mujer, que tuvo un papel más intímo en mi vida; mujer que, sin embargo, queda lejos, como si de otra vida se tratase. Aquel chispazo fue breve. Tan rápido como vino me perdí, fantaseando con todo aquellas palabras que permanecieron en mi garganta, incapaces de ser expresadas, fantaseando con el frenesí de batallas libradas en mi mente, acaso en realidades paralelas, lejanas y exóticas. Durante aquellas ensoñaciones, perdí la pista de mis pasos – he de decir a mi favor que mi sentido de la orientación es fabuloso, pues rara vez camino por mi ciudad sin ser consciente de dónde vengo, en dónde estoy y, muchas veces, adónde voy-, pues tal era la intensidad de mis pasiones, que perdí hasta este tan preciado sentido. Al atenuarse aquella ofuscación, me vi de sopetón en una plaza serena y empedrada, rodeada por soportales. Una luz diáfana, intensa y dorada, se filtraba ligeramente por una reja y su difracción daba lugar a iridiscencias; incluso un solículo nacía del reflejo de algunos cristales en el suelo. En aquella plazoleta había algunas terrazas, donde un par de grupos de estudiantes charlaban tranquilamente. En uno de los grupos había una joven, que tenía en sus brazos una masa de color beis; era un cachorro de Labrador. Jamás olvidaré aquellos cabellos claros, y unos ojos cerúleos que, posándome sobre los míos, encendieron pasiones de otra naturaleza muy diferente a las que había experimentado hasta el momento. Aquel remanso de paz era un oasis en el embravecido mar de emociones que me atormentaban, prístino y diáfano como las aguas caribeñas, de la cuales surgió una náyade, entre el resto de ninfas y otros seres que rondaban aquel lugar.
Tomé mi cuaderno e intenté capturar el espíritu de aquel rincón. Líneas, luces y sombras nacían entre las lindes de mi cuaderno y daban luz a otras nuevas formas. Entré en trance y, sumido en mis absorciones, pasó el tiempo. Una vez finalizada mi composición, aquella mujer había desaparecido. El sol se atenuaba, y el ocaso iba acercándose. Las luces se prendieron; los grupos habían abandonado el lugar, siendo reemplazados por otros grupos de gente, más mundanos y menos interesantes. La adorada ninfa había desaparecido, pero sus ojos cerúleos se quedaron grabados en mi imaginación, como esculpidos a golpe de martillo y cincel. El hechizo se había roto y, donde antes había un plácido sueño, la realidad, triste y acre, irrumpía violentamente. La melancolía me invadió por instantes, tras lo cual volvió la insípida bruma que me envolvía de costumbre. Sin embargo, algo me había llevado de aquella experiencia, pues el azulado fulgor de esos ojos invadía mi mente, como una cálida brasa que alumbraba y calentaba aquel espíritu gélido, apagado. <<El hombre necesita algo a lo que apegarse- decía para mis adentros- y es ahora esta mujer la que me ha dado una razón para seguir. La belleza; esa cosa etérea, capaz de mover las almas. La belleza de esa mujer me ha hechizado, y habré de seguir la estela que dejan tras de sí esos ojos>>
Volví a mi apartamento. Ordené algo para cenar. Morfeo se apoderó de mí entre humo y alguna copa de licor.
Al día siguiente, nada había cambiado. Recordaba con nostalgia la melancolía que había sentido en el camino de vuelta, así como el anhelo que me provocaron aquellos ojos. Tenía una cita con un amigo. Me duché y engalané, en silencio, pues la música se había vuelto una molestia, más que un agradable acompañamiento de aquel acto. Salí de mi portal, miré apresuradamente el reloj y descendí vertiginosamente por las escaleras de la parada del metropolitano. Llegué a pocos segundos del cierre de las puertas. Quedaba un asiento libre y, enajenado por la angustia, no presté atención. Una vez sentado, miré al frente y algo llamó mi atención repentinamente- una sensación de impresión, parecida a aquello que se experimenta cuando la luna llena acaba de salir y sorprende al espectador- , era aquella chica, inconfundible con sus preciados ojos, y me estaba mirando. Al cruzarse nuestras miradas, noté una revolución en mis adentros. Ella, tímidamente, retiró la mirada. Aquella mirada revolucionó mi ánimo y mi cuerpo: mi corazón, exaltado, palpitaba con ímpetu, y mis nervios pasaron del temple a la excitación, a la par que todo humor en mi interior hervía agitado. Apenas duró un par de paradas aquella afrodisíaca visión. Melancólico, vi cómo se levantaba y abandonaba el asiento, que ocupó en su lugar un señor moreno y algo desarrapado; las notas florales de su perfume rápidamente fueron sustituidas por el olor coriáceo de los sudores de aquel hombre. La melancolía se vio opacada brevemente por la repulsión. Poco duró este sentimiento, pues aquella animosidad se desvaneció, volviendo mi espíritu al insensible fundido de costumbre.
Mi amigo Juan estaba en una elegante cafetería del centro; una de nuestras favoritas, al estilo parisino. <<Todo lo parisino es mejor- pensaba para mis adentros>>. Nos saludamos con un cálido abrazo, que sentí con indiferencia, y ordenamos un par de cafés: Un espresso y uno con leche, sin espuma, aparte de dos melosos cruasanes empapados en algún tipo de sirope frutal. Tras una charla distendida, hizo caer una anhelada noticia como un relámpago:
─ Ayer me llamaron de la editorial: van a publicar mi primera novela, al fin.
Intenté alegrarme por mi amigo, pero nada me rescataba de aquella cegadora neblina, ni el orgullo que debía sentir por aquel íntimo amigo, ni algún otra sensación. Me habría gustado sentir envidia, si acaso hubiera podido sentir algo de esta guisa; no se dió el caso. Forcé una sonrisa, y forcé mi garganta asimismo, para articular unas palabras exánimes:
─ Me alegro mucho por ti. Te lo mereces.
En algún lugar de mi memoria, había un hombre con un lenguaje fastuoso y lleno de pompa, dotado de extravagantes manifestaciones lingüísticas. Hoy queda un ser ruinoso e insensible, incapaz de dedicarle unas palabras a un íntimo amigo; no un melifluo poema o una ornamentada epístola, sino unas meras palabras con un mínimo tinte de emoción. Un anhelo ardía en mí por recuperar el espíritu de aquel hombre. Me costaba identificar a aquellas dos almas, tan dispares, como habitantes del mismo cuerpo. <<Tal vez tuvieran razón los antiguos con sus supersticiones sobre los seres demoníacos- me decía- Tal vez mi cuerpo haya sido invadido por un numen, no necesariamente maligno, pero al menos incapacitante.>>
En medio de aquellas meditaciones, consideré correcto- aunque ahora me arrepienta- hacerle a mi amigo saber del evento. Se vio visiblemente afectado por la noticia y me reconfortó con palabras de ánimo. Me recordó la historia de los impresionistas, que también habían sido rechazados por las voces más conservadoras y, sin embargo, levantaron pasiones entre las turbas parisinas, aun formando parte del salon des refusés. Me animó a seguir con mi incipiente carrera de artista, dado que él conocía ciertas personas que podrían impulsarla, pese a todo. Amablemente rechacé sus propuestas, a sabiendas de que, bajo otro estado de ánimo las habría aceptado de buen gusto. La charla prosiguió por otros derroteros, comentando ciertas novelas y poemarios que se encontraban en boga. Joan me hizo un par de recomendaciones, que anoté, con la intención de ir a adquirirlas en cuanto nos hubiésemos despedido, pues en mi obcecación creía que una novela sería capaz de arrancarme del ominoso sueño de opio que me atormentaba.
Acompañé a mi amigo a la parada del metropolitano, tras lo cual nos despedimos. Meditando sobre ciertas ideas que habíamos discutido, irrumpieron de nuevo aquellos ojos del azul más prístino. Sin embargo, ahora la imagen se había tornado más vívida si cabe. Los ojos irradiaban luz, y las facciones se esbozaban ligeramente, con menor resolución que los ojos. Algo estaba desarrollándose en mí, como una semilla que enraíza bajo tierra, entre las tinieblas. Una energía se desplazaba por mi vientre, alrededor del ombligo, expandiéndose y contrayéndose en armonía con los vaivenes de aquellos ojos, como si estuviera encinto de ellos. Comencé a sentirme tan nauseabundo como embriagado y tuve que entrar al servicio de un establecimiento cercano. Allí caí una vez más en los brazos de Morfeo. Durante quién sabe cuánto tiempo, me persiguieron delirios y alucinaciones de lo más funestas. Bajo una luz rojiza, rostros amenazantes me juzgaban; bestias que se asemejaban a canes y felinos intentaban apresarme y morderme; un miura embravecido me perseguía en una plaza de toros sin burladero o toril alguno, cuyas paredes eran de tal altitud que se antojaban inalcanzables. Risas sardónicas y murmuraciones soeces copaban el espacio auditivo de aquella nefanda pesadilla. Desperté entre sudores, agitado y confuso. Salí del establecimiento. La luz dorada que inundaba las calles sugería que la tarde estaba entrada. Decidí volver a mi apartamento, no sin antes pasar por la librería y por la tienda de licores.
Al bajar al metropolitano, volví a ver a mi náyade, ataviada con un vestido primaveral y unas botas, que realzaban su espigada figura y armonizaban con sus rubios cabellos. Esta vez, no sé si por fortuna o desgracia, tomamos asientos más alejados, pero suficientemente cercanos como para poder hacerme con mi pluma y mi papel, dibujando un retrato a la desesperada. Intenté capturar el romanticismo de aquellos ojos, mirando a la infinidad, perdidos en miles de pensamientos. <<Quién pudiera saber qué pensamientos surcaban aquella mente aparentemente soñadora, llena de sentimentalismo- pensaba para mi mismo- Quién pudiera…>>
Al finalizar la obra, doblé el papel. La guardé en el fondo de mi gabardina y mi atención se desligó de la pluma y el papel. El metro anunciaba la llegada a mi parada. Por un momento pensé en acercarme a ella y entregarle el dibujo; así podría causarle una buena impresión y quién sabe dónde podría desembocar aquello. Siguiendo un impulso egoísta me abstuve, pues me sedujeron otras ideas. La más tentadora de ellas me llevó a sentarme frente al lienzo, tomar el pincel y la paleta, para intentar recrear aquella maravillosa figura. Ninguno de mis óleos era capaz de dar luz a aquel azul, tan profundo como luminoso, tan vivo como discreto. Lo intenté vez tras vez, acertando con el vestido, la piel y los cabellos, consiguiendo capturar la gracilidad de aquel cuerpo y la emoción de aquella mirada, pero había un brillo ausente en aquellos ojos, brillo que parecía inaprensible a mis métodos. Ordené algo de cenar, y Morfeo volvió a sorprenderme entre copas y cigarrillos, esta vez con un libro entre las manos. Sabe Dios lo que pensará de mí, tras encontrarme de esta guisa noche tras noche.
Al día siguiente me propuse rehacer el cuadro. Entre el aroma del café arábigo, ron caliqueño y un perfume embebido de bergamota, pachulí y frutos silvestres, mi pincel danzaba con vida propia. Tal era la absorción que sentía en el fragor de la creación, que dejé de sentirme pintor, y comencé a sentirme pintado. Mi tarea se redujo a la de un mero espectador, observando como una fuerza tomaba el control y dirigía minuciosamente la musculatura de una mano delicada y femenina. Al canto de la musa, mi mente se silenciaba y decidía escuchar. Se hizo de día; se hizo de noche, y mi frustración iba en aumento al ver cómo, intento tras intento, algo fallaba. Siempre había un matiz que se me escapaba. La luminosidad del color era insuficiente, cuando no lo era la tonalidad. La técnica era refinada y pulida, pero una chispa de vida faltaba en aquella representación. Sonaba la Gnossiene No. 1 de fondo, como si el destino quisiera adornar el ambiente con una pieza que incidiera en lo trágico de aquella situación.
Una vez más, la rutina nocturna se repitió, esta vez sumiéndome en profundas meditaciones antes de que el sopor me superara. Debía encontrarla y tener el valor de hablar con ella. Seguro que accedería de buen gusto a un retrato. Lo único que sabía sobre ella, era que tomaba la misma línea de metropolitano, pero venía de más allá. Si acaso no me hubiese encontrado desorientado aquella otra tarde, sabría también dónde se encuentra aquella plaza tan coqueta donde me crucé con ella por primera vez.
En un arrebato de frenesí, me lancé a la calle. Comprobé según el reloj que el último tren de la noche estaba por pasar por mi parada, en la dirección indicada. El pasillo del metro estaba desierto, y algún alma moraba en el vagón que ocupé. Me relajé y cerré los ojos. La visión de aquel rostro angelical seguía siempre presente en segundo plano, ora vívida, ora difuminada. Sentí entonces un deseo irreprimible de moverme, por lo que me levanté y recorrí el vagón. Tuve la sensación de volver a observar los movimientos de mi cuerpo como espectador, más que como actor, por lo que me tranquilicé y dejé que la acción se desarrollase. En un momento dado, tras recorrer un par de vagones, el tren se detuvo y pude apearme. Ascendí por las escaleras más cercanas, para desembocar en un cruce de caminos de un barrio ajeno. Me encontré desorientado, pero un olor muy característico flotaba en el aire. Seguí su rastro y, a medida que lo seguía, notaba mayor intensidad en su manifestación y sus matices: era un rastro fresco. Durante un par de manzanas, perseguí aquella aparición, tras lo cual emboqué una calle estrecha, medieval, vagamente iluminada, reminiscente en cierto modo a las callejuelas típicas de las ciudades italianas. Unos charcos en el suelo, quizá de lluvia, reflejaban la escasa luz. Un perro ladraba de fondo. Recorrí aquella callejuela hasta un arco reconocible, pero que jamás había cruzado en aquel sentido. El destino quiso que volviera a aquella plazoleta, su capricho dictó asimismo que estuviera allí la tan deseada, como recién levantada de un sueño, en camisón y pantuflas, con el pelo revuelto y desenfadado, pero conservando inmaculada su belleza. Quedamos frente a frente y nos fuimos acercando lentamente. Cuando nos encontrábamos a un palmo, nuestros cuerpos se abrieron, como para recibir el uno al otro en un abrazo y, tras ello, un beso. El fulgor de aquellos ojos me fulminaba, invadiendo cada rincón de mi ser. Deslumbraban con una luz sobrenatural, un azul pálido, insultantemente intenso.
Quisieron los caprichos del destino que apareciese en mi salón, empapado en sudores, con la música de Satie aún de fondo. Desorientado, observé los libros que yacían sobre mi mesa, junto con una revista, obsequio del librero, revista que trataba algunos temas artísticos en los que estaba interesado. En un estado más cercano a la ensoñación que a la lucidez, abrí la revista. Sonámbulo, hojeé los artículos. Mi atención se vio distraída por la pintura de Lucian Freud y Juan Gris, así como las imágenes de Dora Maar. Súbitamente, apareció un artículo que me sedujo por completo: “El cuarto color: Las flores de Monet”. Obsesionado, devoré aquella disertación sobre los problemas de vista del afamado pintor impresionista, la intervención a la que se sometió y los efectos que tuvo en su vista. También se mencionaban algunos casos anecdóticos de otros afectos de cataratas, que habían descubierto una nueva realidad cromática al verse privados de la lente natural de sus ojos. Ultravioleta . Esa palabra se repetía en mi mente como un obstinato, un leitmotiv que parecía querer dirigir los siguientes instantes de mi vida. Ultravioleta. Ahora entendía qué había fallado. Todos los acontecimientos de los últimos días parecían escogidos mimosamente por el porvenir. Una escalada de sucesos providenciales que me habrían dirigido irremediablemente a esta revelación. Me encontraba profundamente relajado en el sofá, inmóvil, pero con la mente hiperactiva, ponderando cientos de ideas al unísono. Ideas que, como ríos, parecían converger a partir de otras, uniéndose y confluyendo inevitablemente hacia un mismo punto: la gran idea.
Sentía escalofríos, como el que se encuentra ante un abismo infinito. <<Uno no llega a estrellarse si se lanza a un abismo sin fondo>> citaba para mis adentros. Al fin, sentí que la misma fuerza que me había movido por tantos parajes ignotos volvía a tomar el control. Volví a observar tranquilamente cómo se desarrollaban los acontecimientos. El porvenir había dictado su sentencia y, como un verdugo, habría de ejecutarla también. Había un escalpelo estéril en un cajón de mi habitación. Lo tomé y me planté frente al espejo, Sentía dudas de mi pulso, y mis conocimientos de anatomía parecieron esfumarse. Estaba sólo ante el abismo. Desfallecí en ese momento.
A la mañana siguiente, no perdí el tiempo: necesitaba un cirujano capaz de realizar aquella intervención. Encontré uno, extraoficialmente. Si uno se mueve por los círculos adecuados ─ tal vez la palabra oportuna sería inadecuados ─, encuentra este tipo de profesionales, que dejan a un lado la ética hipocrática, seducidos acaso por el dinero, la obscenidad y la extravagancia; profesionales capaces de materializar los sueños más estrambóticos, si uno encuentra el reclamo adecuado para su interés. Me encontraba inquieto, en un estado de manía desbocada, que intenté sofocar con la bebida. Es por ello que no recuerdo en detalle lo que sucedió aquella mañana. El cirujano en cuestión era un hombre barbudo, muy refinado, que gustaba de leer a los realistas rusos y a Proust, según me insinuaron los anaqueles de su despacho, lo cual me confirmó después. Aquel detalle relativo a sus preferencias literarias me sosegó. Me facilitó un tranquilizante, lo que terminó de fulminar la escasa memoria de la que gozaba. Decidí conservar intacta la vista del ojo izquierdo, siendo el derecho el escogido. Decidí cubrir con un parche el ojo sano para que no interfiriese en el experimento. Aquella tarde no experimenté ningún efecto fuera de la normalidad. Fue con el paso de los días que comencé a notar ciertas sensaciones extrañas, hasta que, al fin, encontré lo que buscaba: un color azul pálido, blanquecino, dotado de un fulgor sobresaliente. Las flores se decoraron con bellos patrones. El cielo gris ya no era gris, sino que se teñía con este novedoso matiz. El cielo azul era ahora ultraazul. Algunos de los antiguos colores ─tonos rojizos, pardos y ocres ─ habían cambiado de forma, como si todo el mundo se hubiera fundido con el azul inmenso de aquellos ojos. El mundo se tiñó de lila, malva, celeste, cian y turquesa.
Me sumí en la contemplación de aquel ignoto color, tan familiar a su vez, sabiendo que nada podría separarme de mi anhelado destino, por el que tanto había padecido. Tomé un pigmento entonces, pigmento tal vez desconocido para el público general, pero que ahora había cobrado total sentido para mí. Con unos trazos, coroné mi obra maestra. Había capturado la magia de aquellos ojos, pudiendo descansar al fin.
