Nyatorep el escriba

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Representación de la imaginaria ciudad de Alsaguar (Generado mediante IA)

Durante una estancia en San Sebastián, tuve la oportunidad de asistir a un convite estival que tuvo lugar en el palacio de Miramar, con vistas a la bahía donostiarra. A aquella velada acudieron  poetas, burgueses, artistas, nobles, místicos e incluso gente de lo más lega, pero no por ello menos distinguida. Las farolas de la Concha parecían constelaciones de luces amarillentas y, hacia el norte, otros luceros de tonalidades blanquecinas lucían en lo alto del monte Urgull y la isla de Santa Clara. Pude pasear sosegadamente por los jardines palaciegos del brazo de mi amante veraniega: una joven de noble linaje, cuyos orígenes eran helenos. Su tez, morena por el sol mediterráneo, contrastaba con sus brillantes ojos verdes. Paseamos por los jardines, parando a disfrutar de la visión de los tulipanes, del color del coral, o los pensamientos, violáceos, lilas y amarillentos. Tras una serie de vueltas al ruedo, las cuales aprovechamos para saludar a todos nuestros conocidos, ser presentados a las personalidades pertinentes e intercambiar una serie de ingeniosas chanzas e historias con ellos, descendimos a un mirador a la vera del mar. Allí, al socaire de la música orquestal, las conversaciones y otros ruidos, no oíamos más que el vaivén de nuestros alientos y el romper de las olas contra la costa, las cuales se oían más cerca si cabe por la pleamar.

Una serie de chispas centelleantes adornaban el mar, provocadas por los rayos de la Luna llena. Antares, Arturo y el triángulo estival eran algunos de los pocos astros que sobrevivían al halo opacante que suponía la Luna. Tras perdernos en tan bucólico momento, subimos de vuelta por las verdes pendientes del risco.

Notamos cierto revuelo, y nos percatamos de que los asistentes se dirigían al interior del palacio. Cierto Marqués, cuyo apellido no recuerdo, había convocado a los presentes al salón y, encaramado al púlpito, anunciaba que fuera a recitar una historia. Esta historia, tal y como refirió, llegó a sus manos durante sus recientes viajes en Oriente Medio. De mano de un militar francés conoció la noticia de una subasta de antigüedades en El Cairo y fue en ella que le fue recitada esta leyenda: se trataba de una traducción al francés de un manuscrito escrito originalmente en idioma copto, cuyo origen se trazaba al Egipto faraónico. Según otras fuentes, no menos osadas, la historia haría referencia a una época anterior, previa incluso a la civilización del Nilo. Con clara determinación, adquirió el manuscrito original y la traducción francesa, no sin antes cerciorarse, gracias a fuentes de confianza, que fueran fidedignas. Tras analizar y estudiar fehacientemente el manuscrito durante meses, llegó a memorizarlo incluso. En aquel día tan señalado, tuvo el afán de compartirlo con la audiencia allí presente, suceso inédito desde el momento de la adquisición.

Las luces del salón se apagaron, salvo por el tenue fulgor de un candelabro que alumbraba la figura del Marqués, elevado prácticamente a la categoría de taumaturgo y maestro ceremonial. Comenzó entonces a recitar la historia sin más ayuda que la de su prodigiosa memoria:

<<Allá por donde se pone el sol, yace un desierto infranqueable, cuyas arenas se extienden cual océano, a lo largo de leguas, sin ser posible vislumbrar otros colores que el del tostado desierto y el cerúleo azul del cielo. Sin embargo, el viajero que se aventure por aquel páramo, tal vez halle en él una serie de pináculos resplandecientes en la lejanía, objeto de confusión con espejismos, pero que, a diferencia de estos, acarrean consigo fortuna, pues estos pináculos son las colinas de Assawar (castellanizado como Alsaguar, con acentuación llana), el más próspero y escondido reino de la tierra de las dunas. Entre siete promontorios dorados, excavados en la arena, y circundando un lago de agua dulce, rico en árboles frutales y palmas de todo tipo, se alzan bellas pirámides y templos, consagrados a dioses antiguos y olvidados. En el más alto balcón de la más sublime de estas edificaciones, se encuentra una escultura, cincelada a imagen y semejanza del fundador del reino. El ánima de este monarca primigenio fue instilada en la estatua por unos hechiceros pertenecientes a la dominante casta sacerdotal. Esculpida en marfil rosado para simular el color de su piel, sus brazos hercúleos se alzaban en una posición victoriosa, sus labios, de color escarlata, brillaban sensuales y un miembro erecto surgía prominente de entre sus piernas. La estatua inspiraba temor y respeto en aquellos que la contemplaban, siempre desde la distancia, pues el recinto en el que se hallaba, estaba vedado a los habitantes de aquel reino, a excepción de la selecta casta sacerdotal, de los cuales unos pocos- se decía- se comunicaban con ella, presentando las dicotomías más arduas de atajar en aquella nación, que la estatua dirimía, mediante gráciles ademanes y aspavientos.

El vulgo de aquella nación se conformaba con la rutinaria y repetitiva rutina de la iletrada plebe, consagrando sus horas a tareas modestas, al servicio de aquella casta sacerdotal. Unos pocos afortunados ─ o afortunadas, ya que aquella casta gozaba de la presencia de ambos sexos─, eran iniciados en los misterios del clero. Algunos más, podían aspirar al puesto de escriba, gracias al cual eran instruidos en letras y artes, para ilustrar los tratados y escritos que llenaban las bibliotecas de los templos. Los escribas dejaban entonces de pertenecer al mundo secular y pasaban a integrar los estamentos de la aforada sociedad religiosa, pudiendo aspirar  a ser promovidos a la categoría de adeptos.

Fue en el seno de esta sociedad donde nació Nyatorep, joven descastado procedente del orfelinato, al que los clérigos dieron la oportunidad de formarse como escriba. Este proceso, mediante el cual se instruía a aquellos en los estamentos más bajos de la sociedad era un acto espiritual, a través del cual se favorecía una sociedad fluida en la que existiera dinamismo entre las clases sociales. Asimismo, aquellos prelados que no se encontraran a la altura de los elevados sentimientos que requiere el ejercicio de la espiritualidad, eran descastados del mismo modo y destinados a la vida del peón. Quien no acatase la ley, era relegado al ostracismo, destino más trágico si cabe cuando lo único que lo circunda a uno son las dunas infinitas y el cielo azul.

Nyatorep había sido instruido en retórica, caligrafía, gramática e ilustración desde su juventud, al cargo de otros escribas más veteranos. Creció apegado a su pluma, hasta el punto de volverse una prolongación más de su cuerpo, mediante la cual su elevado ánimo daba a luz a versos melifluos y elocuentes pues, aunque no había recibido enseñanza formal en artes poéticas, pudo acceder a un vasto corpus de las mismas a través de sus labores. Transcribiendo e ilustrando libros y archivos, se impregnó del lenguaje y las estructuras de la delicada literatura con la que trabajaba, rica en florituras y formalidad, transcribiendo en secreto a legajos de papiro o la propia memoria sus versos predilectos, reproduciéndolos y alterándolos a su gusto, estudiando su prosodia, acentuación y rima con minuciosidad y entonándolos con voz melindrosa. Con el tiempo, consiguió calcar fielmente el estilo de los escritos clericales. Una vez alcanzado tal dominio del verso y la prosa, acabó por rebajar su registro al lenguaje popular, empleando su propia habla ─ aquella que pertenecía al suceso cotidiano, en lugar de a las gestas de las grandes epopeyas─, pero con la elocuencia y fluidez propias de un refinado poeta. Clandestinamente, escapaba de las alcazabas clericales para reptar por los fondos de la cuidad, hallando a su paso estrechos callejones y plazuelas abrigadas por las copas de los árboles. Despojado de sus vestiduras ceremoniales y ataviado con telas de manufactura modesta, se camuflaba entre la plebe, recitando  a viva voz sus creaciones; ya fueran versos palatables o prosa digerible. La muchedumbre se acercaba y escuchaba con atención, dedicando ovaciones y alabanzas al joven escriba. Las elevadas ideas del clero habían sido popularizadas, puliendo el lenguaje de tecnicismos y filigranas; sacrificando la éstetica, aunque no completamente, en favor de la comprensibilidad. Una nueva poesía había nacido, a la disposición del pueblo. Las escapadas se volvieron frecuentes; se formaron círculos en torno al loado Nyatorep, pregoneros que se dedicaban a recitar ante el pueblo sus escritos a lo largo de las calles. Los pregoneros no sólo extendieron su mensaje, sino que instaron al pueblo a emplear el verso como forma de comunicación, a tornar el habla plana y monótona en un cantar melódico y armonioso, en cuidar cada término utilizado en pos de las virtudes poéticas. El pueblo, antaño inerme ante la autoridad eclesiástica,  comenzaba a tener una identidad propia, al margen del papel sumiso al que había sido relegado históricamente. El don del verso y el habla literaria había sido extendido entre ellos, que ahora se regocijaban en sus ideas, comenzando a darse importancia, llenando sus veladas de cánticos y sinfonías acompañada de odas improvisadas al abrigo del fuego; los sastres comenzaron a vestir a los líderes, entre ellos Nyatorep, con ropajes elegantes, de seda y tarlatán. El escriba dejó crecer larga su cabellera, hasta entonces rasurada según los cánones monásticos, y convirtió su toga ceremonial en una túnica modesta pero no menos sensual y voluptuosa.

Sus versos dulces albergaban un terrible sentimiento, empero. Se trataba de la envidia que sentía el joven escriba por las clases gobernantes, a las que él estaba vedado y un sentimiento de empoderamiento de las clases más humildes ante el yugo de los gobernantes. Este sentimiento, pese a estar camuflado bajo un verbo elocuente y melodioso, penetraba en los corazones de la gente, mancillándolos e inflamando las ígneas pasiones que vivían reprimidas en el fondo de sus ánimos.

El pueblo comenzó a desconfiar de los dictámenes eclesiásticos y a guiarse por la melosa voz del joven poeta, cuya belleza y lozanía asombraban a todos. Cada mañana cantaba a la libertad y la rebeldía, a la autoconciencia y la solidaridad popular. Sus panegíricos exaltaron de tal manera a la muchedumbre, que llegó a captar la atención de las autoridades. Los guardias comenzaron entonces a patrullar con frecuencia las calles, en busca de las cabezas de aquel movimiento. Hubo aprisionamientos, ajusticiamientos y desapariciones; las voces del movimiento no se acallaron, sino que fueron reprimidas, quedando relegadas a la clandestinidad. Mientras las calles permanecían en silencio, por las reboticas y los trasteros pululaban confabuladores y zelotes ansiosos de vengar las bajas sufridas.

Al cabo, la masa enfurecida se hizo a la calle, arrasando con todo cuanto encontraran a su paso, abriéndose paso desde los fondos más bajos hasta las puertas de los piramidales barrios altos, donde se hospedaban las clases dominantes. La ciudad ardió, los estanques y acequias se tiñeron de rojo. Donde antaño hubiera cánticos piadosos, jaculatorias y aleluyas, ahora sonaban clamores bélicos.

La rebelión fue encarnizada, saldándose con muertes en ambos bandos; los arrabales de la ciudad quedaron reducidos a cenizas y la suntuosa arquitectura de los templos, cubierta de sangre, vísceras y una cinérea capa de polvo. Algunos de los sacerdotes alcanzaron a huir, mientras que otros tantos decidieron defender hasta la muerte aquella ciudad. Al cabo, la arrebatada turba se hizo con las zonas más pudientes de la urbe, enarbolando sus sangrientos estandartes en pináculos, columnatas y balaustradas. Al alcanzar a la mística estatua del fundador, violentaron su marmóreo cuerpo, mutilando sus erectos genitales y brazos. El hercúleo cuerpo lucía ahora tullido, mancillado.  Hay quien diría que sus ojos se colmaron de frustración y cólera. Con arcilla, heces y los cercenados miembros, se levantó una satírica imitación de la misma, disponiendo las extremidades en una pose onanística y humillante; orines y licores fueron derramados sobre la misma. Aquel orgiástico pandemonio duró largas noches, ya que el sol pareció ausentarse, y los cielos habían tomado un ceniciento cariz que impedía distinguir con claridad el día de la noche. Algunos vieron chorros de sangre fluyendo de los ojos de la escultura original, cuya fulminante mirada era de rojo carmín. Al día siguiente, los ojos se apagaron. Durante días no se alzó la luna, y el cielo permaneció encapotado, acontecimiento extraño, por no decir que imposible, en aquellas tierras desérticas donde el cielo solo tomaba color cerúleo, o la mágica paleta de tonos que adornan cada alba y cada ocaso.

En la lejanía, los sacerdotes y taumaturgos supervivientes cejaban en idear una venganza adecuada a la profanación de su Santa Sede. Como parte de un ritual arcano, degollaron a cientos de crías de animales, derramando su sangre en ánforas, mezcladas con resinas y tinturas de diversa índole. En una pira ardió el fragrante aroma de la venganza, entre matices de carne abrasada, esencias y resinas. Los unísonos cánticos de una muchedumbre embozada en sotanas cárdenas invocaban la ira y la venganza de sus deidades. El bóreas transportó por el aire los humores y soniquetes de la conjura, llegando hasta la sublevada ciudad.

Los rebeldes festejaron durante catorce noches, arrasando con las bodegas y despensas de toda la ciudad. Al alzarse la luna llena sobre las dunas desérticas, la voz de alarma sonó: o bien alguien había hurtado las piezas de la escultura, o se habían desvanecido, por arte de magia. Las voces más racionales se inclinaron por la primera opción, castigando con el tormento de la fusta a todos aquellos que consideraran sospechosos, y acentuando la división y el enfrentamiento entre los sublevados.

La vorágine cesó, al fin. Los pocos supervivientes de la masacre arrasaron con las vituallas de la ciudad. Los vergeles donde otrora proliferaban fértiles árboles frutales y palmas eran ahora muladares estériles, y la maleza brotaba por doquier, mientras que la ceniza comenzaba a cubrir las antaño doradas edificaciones. Una serie de plagas de lúes, tisis y lepra azotaron la ciudad, haciendo huir a muchos de los rebeldes y forzando a los pocos que quedaran a resignarse con vivir en una ciudad ruinosa y devastada, bebiendo aguas emponzoñadas y sépticas, alimentándose de alimañas o de los escasos frutos que brotaban de las estériles palmas. El agua del oasis acabó por evaporarse; los pocos supervivientes por perecer y caer en el canibalismo;  la ruinosa ciudad, por cubrirse de arena y cal.

Por el decadente escenario,  paseaba una lóbrega y embozada figura, abriéndose paso con ritmo luctuoso por los pasadizos y travesías, penetrando en los huérfanos hogares y los templos profanados: se trataba de Nyatorep, el escriba heresiarca, cuyo cuerpo renqueante lucía macilento por las plagas. Alcanzó la cumbre donde en otros tiempos se irguiera la voluptuosa efigie del primer y único monarca de Alsaguar. La estatua se encontraba recompuesta e íntegra, con una pose triunfal. Se plantó frente a ella, exánime, catatónico, rendido ante su magnánima presencia, que mantenía pese a la violenta ablación sufrida. Al moribundo poeta, tal vez enajenado por los delirios que preceden a la muerte, le pareció vislumbrar cómo la estatua le dirigía una grotesca peineta, y vio unos ojos empapados en una expresión victoriosa y llena de furia, antes de verse sumido en el sueño eterno.

Las dunas soterraron la ciudad eventualmente. A veces, el viento descubre la cumbre de alguno de los pináculos, que centellean en la lejanía. El viajero que por casualidad transite por sus inmediaciones, notará cómo le invaden una sensación ominosa y fúnebre, inexplicable, escalofríos y paroxismos, lo cual es notorio si cabe cuando uno se halla bajo el azuzante sol del desierto. >>