El cazador apresado

Era un día soleado, húmedo y salvaje. La naturaleza se presentaba exuberante y voluptuosa en el corazón de un entorno forestal, donde los coleópteros se arremolinaban y esparcían, dibujando estelas zumbantes sobre la verdura de la vegetación. Ráfagas de viento sacudían las verdes acacias, ornadas con flores blancas, o las purpúreas jacarandas, que dejaban pender  sus fastuosas flores, tiñendo de lavanda el suelo parduzco. Los perfumes florales se entremezclaban con otras notas alcanforadas y anisadas y, puntualmente, rastros de fragancias animales en las inmediaciones. Los roedores revolvían los arbustos y matojos de maleza que tupían los suelos.

De aquella guisa, surgió la figura de un cazador: antropomorfa, atlética,  despojada de todo atuendo y lampiña salvo por una larga mata de cabellos del color de la obsidiana. La figura se movía por aquel entorno grácilmente, sin finalidad alguna que la de recrearse en el tacto de las hojas, los olores que pulularan por el ambiente y las sensaciones que provocan la humedad y la presión sobre el manto de la piel, oprimiendo los humores y levantando las pasiones. Su corazón latía con fuerza, como anticipando algún acontecimiento, aún inadvertido, que acaso hubiera intuido un primitivo sexto sentido. Las flores coloridas cobraban vida, engalanadas de fucsia, lila, escarlata  y blanco,  brillando intensamente, como luceros orgánicos, pequeños astros vegetales que adornaban con sus  exultantes bamboleos y vaivenes los recovecos de la floresta. La figura daba un paso, seguido de otro. Cada vez que hollaba el suelo, dejaba un rastro tras de sí, consistente en plantas chafadas, sonidos sordos y el perfume propio de un cuerpo que rezuma efluvios durante los largos días de cacería.  Su olfato rastreaba cada rincón, en busca de trazos que se bifurcaban, otros que convergían, algunos que redundaban y otros que seguían trayectorias caóticas, así como cúmulos de olores abigarrados. Por instantes, su vista se elevaba hacia arriba, pese a la tupida mata de árboles circunstantes, inundándose con los azulados tonos de una bóveda celeste recorrida por un sol omnipresente, y una luna que se dejaba asomar tímidamente entre  el ramaje, equidistante con respecto al astro rey. 

De pronto, algo se agitó entre unos arbustos de pasifloras. El cazador se lanzó tras de ello, para no descubrir presa alguna. Buscó en su lugar algún atisbo de vida animal entre tallos, brácteas y rizomas, resultando la exploración anodina. Al cabo, abandonó sus instintos primordiales, recostándose a la vera de un par de troncos desfallecidos sobre el suelo y reconcomidos por los insectos. Un par de ojos felinos lo observaban al otro lado de la maleza; ojos que desaparecieron en un parpadeo, tan rápido como hubieran aparecido. El cazador, que creyó delirar, sintió un anhelo irreprimible ante la visión de aquellos ojos. Se levantó de sopetón y fue tras el rastro de aquella mirada. Su intento fue en vano y desesperó, creyendo caer en un delirio maníaco debido a la falta de sueño y el ayuno sofocante. Frustrado y cegado de ira, se batió en duelo con los fantasmas de su imaginación, hasta que una carcajada sardónica lo sorprendió; carcajada que reverberaba y se contagiaba de sí misma, generando iteraciones, a cada cual más malévola y procaz, hasta el punto que la risa se tornó demoníaca, grave y llena de congoja. El hombre palideció de terror ante la burlesca ensoñación, su cuerpo se encogía y empequeñecía cada vez más, giraba sobre sí mismo inquieto, creyéndose a merced de algún sátiro que apareciera por su espalda y le asestase la mortal puñalada. Al cabo, la tranquilidad volvió, con una ráfaga de  viento que, sutilmente, agitó  el ramaje, apartándose éste y dejando entrever unas gramíneas inclinadas hacia el suelo, como si fueran una cabellera recién peinada por la brisa. El bosque parecía abrirse ante él, mostrando caminos sinuosos, ignotos para el resto de moradores, conduciéndolo con señales intuitivas, hitos ininteligibles que guiaban sus pasos. Las inflorescencias de los árboles y arbustos parecían flechas que se señalaran las unas a las otras. La maleza se torcía en la misma dirección, como si la hubieran alisado con un peine, y la brisa parecía hacer cada paso más liviano, como si fueran los alisios guiando una nave a buen puerto.

Al final de aquel sendero, apareció un manantial. El agua rebosaba de una piscina, dejándose caer por los cantiles, adoptando una textura ligera y sedosa, como el tacto de una alfombra persa. Los reflejos del agua resplandecían como una miríada de centellas, y el rumor del agua era opaco, inundando por completo el ambiente de aquel coqueto rincón. El cazador se sentó a contemplar la majestuosidad de aquel espacio, con el corazón sumido en la desesperación. Visualizaba en su mente la imagen de aquella aparición, llenándose de frenesí y rabia.

Al cabo, se apareció ante él una ninfa, cuya piel era de color aguamarina, con largos cabellos rubicundos que recorrían la espalda en toda su totalidad y unos ojos felinos que la delataron. El cazador quedó paralizado, como aquel que despierta de un mal sueño. La ninfa fue acercándose, inundando la escena con un perfume avainillado, contoneándose, moviendo sensualmente el cuerpo al son de una canción inaudible. Con sus tersas manos acariciaba el inmóvil cuerpo del cazador que, lleno de impotencia, anhelaba a aquella aparición. La ninfa fue tornándose en un súcubo, cuyo etéreo ser se postró sobre la virilidad del otro. El cuerpo ascendía y descendía con un manso vaivén, intenso, mientras se acariciaba a sí mismo; a ojos del vulnerado, la ninfa parecía disolverse, a la par que su conciencia se disociaba de su cuerpo. La materia dejó de existir, mientras sólo existía el distante y síncrono bombear de corazones, que pasó después a volverse polirrítmico, como si del golpear de un bongo se tratara. El sensual vaivén se había convertido en flujos de energía que expandían y contraían la nada más absoluta, tejida en una red ausente, que parecía al mismo tiempo tupida de esencia.  

El casi sinfónico deslizarse de los cuerpos prosiguió, mientras el cazador comenzaba a recobrar la potestad sobre su propio cuerpo. Lo que hasta entonces habría sido un monólogo, comenzó a tornarse un diálogo, ante el impulso de uno y la resistencia de la otra. Alzó su tronco, para equipararlo al de la ninfa y se aferró a su dorso, hendiendo sus uñas en la piel, llenando de besos y mordiscos su busto y su cuello. Ella se resistió, zarandeando el cuerpo del otro, provocando que se revolcaran por el suelo. Los cuerpos se separaron, pero la pugna prosiguió, pugna que acabó por tomar la forma de un baile. Eventualmente, la ninfa se vio boca arriba, asida por las muñecas e inmovilizada por el cazador, que inició el contacto carnal. Los empellones de su miembro se sucedían lentamente, a la par que suspiros, gruñidos y gemidos resonaban en el ambiente. Las caderas de uno se agitaban, mientras que las piernas de la otra tremolaban violentamente. El expandirse y contraerse de los pechos sugerían la exigencia atlética de aquellos afrodisíacos placeres; se encontraban en suspiros, provocadas por la intensidad enajenante de las pasiones carnales; en ese momento de encuentro, se hacía patente la sensación de hallarse en los ojos del otro. La intensidad de las miradas era fulminante, como un rayo. Aquel meloso danzar de los coribantes al unísono prosiguió indefinidamente, incrementando en intensidad hasta volverse explosivo, y apagándose hasta tornarse tenue. Cuando saciaron apetitos de Venus, el cazador se dejó caer por el suelo y cayó en los brazos de Morfeo. Una vez recuperado, la ninfa se había desvanecido de la escena. 

Levantado el hechizo, el cazador se vio en soledad ante la inmensidad de aquel manantial. Le pareció intuir un espejismo de la amante en las prístinas aguas que surtían de la cascada, su perfume en el aroma de las florecientes palmeras y un atisbo de su risa en el gorjear de las aves. Estas ilusiones eran fugaces y desvanecieron tan rápido como hubieran aparecido. Se lanzó entonces a la búsqueda de una ilusión, recorriendo los recovecos de la floresta en un acceso de locura.

Los caminos, antes diáfanos y evidentes, ahora parecían revolverse contra él. Donde había senderos y vericuetos, ahora se erigían espinos y zarzas, prestas a impedir el avance. Su cuerpo se rebatía en vano contra las barreras vegetales; las espinas se hendían en sus carnes, lacerándolas. Su cuerpo se fue tiñendo de rojo por la sangre derramada, pero tal era su estado de ofuscación y manía, que los padecimientos de su físico le eran completamente ajenos; en su conciencia sólo cabía la visión de la evasiva e ilusoria amante. Al cabo desistió, resignándose a la desesperación. Le invadió la desazón y, afligido, se postró sobre el suelo, sollozando. 

Una vez desvanecido el frenesí masculino, quedó a merced de la selva. Su olor coriáceo y almizclado fue menguando, apareciendo en su lugar una cítrica fragancia, reminiscente del olor de la bergamota, con notas de jazmín, pachulí y citronela. El tono de su musculatura fue volviéndose muelle y tierno; su respiración pasó de jadeante y ansiosa a pausada, casi moribunda. Una esencia femenina rezumaba de su cuerpo, ahora delicado y vulnerable. Comenzó a sentir una emanación de sensaciones que nacían del perineo; aquellas exultaciones escalaban por su espina dorsal, recorriéndola arriba y abajo por cada vertebra, por cada cartílago, a través del diafragma y del mediastino. Las ganas de gritar con rabia seguían acechando bajo la serenidad que irrumpía; no obstante, se diluyeron en el fragor de aquella sensación en el momento que llegó a la base del cuello, como si se tratara de un Alejandro Magno deshaciendo el nudo de Gordis a golpe de sable. Las lágrimas comenzaron a correr, en primera instancia tímidas, a cuentagotas, para ir aumentando en frecuencia, tornándose en un manantial impetuoso, un continuo surtir, que caía, arrastrando la sangre y el sebo que envolvían su esculpido cuerpo. La sangre se diluía en las saladas emanaciones de sus ojos, tornándose rosada, destacando sobre un cuerpo desvalido que ahora lucía pálido y cetrino, en vez de sonrosado y vivaz. El llanto duró noches enteras; entretanto, la Luna alcanzó a atisbarlo entre las copas de las acacias. Los rayos plateados iluminaron intermitentemente la escena, tornando las lágrimas en destellos. 

Tras veinticuatro días, que a él le parecieron eones, recobró la consciencia; eones en los que su espíritu viajó por un plano astral, vivió cientos de vidas y, errabundo, vagó por cientos de mundos, cada uno con su idiosincrasia y sus leyes, algunas completamente ajenas y diametralmente opuestas a las de este mundo terrenal. Aquel periplo por los mundos de lo etéreo tenía una única finalidad: la de hallar a la ninfa que había sometido su voluntad. Llegó a sentí su mente disociándose del cuerpo, como si fuera el espectador de una farragosa comedia. Él, habilidoso cazador en completo dominio de sus pasos y ademanes, había rendido el control de su musculatura a una fuerza externa que lo invadía y lo sustraía hacia destinos ignotos, como si de un sifón se tratara. Creyó ver a la ninfa en un rayo de sol, en el reflejo de un charco, en las espumosas olas del océano o en el perfil de un hibisco. Toda aquella búsqueda resultó infructuosa.

Al vigesimoquinto día, recobrado de aquel trance: el ímpetu había vuelto a sus carnes. Con vehemencia, retomó el control de su cuerpo. Sus manos se sentían suyas, al fin. Movió los dedos uno a uno, trazó círculos con su muñeca y su cuello. Tras una breve danza de sus extremidades, sintió el impulso de encaramarse a un árbol elevado, que sobrepasaba al resto de los circunstantes. Trepó hasta sobrepasar la linde que marcaban el resto de copas. La humedad fue desvaneciéndose a medida que llegaba a las ramas más elevadas; tiernas, jóvenes y delicadas. La brisa azuzaba sutilmente el follaje de unos contra los otros: visto desde las alturas, el bosque parecía respirar. Arriba pudo contemplar el cielo, que lucía entre rojizo y malva. Unas pocas nubes se teñían de arrebol coral.

Los astros comenzaban a aparecer retraídamente sobre aquel lienzo colorido. Un gajo plateado de luna se dibujaba, alargado, cerca del horizonte, persiguiendo el destino del sol. Brillaba, asimismo, un triángulo perfilado por la cola de un grácil cisne, un ave rapaz y el asa de una lira. Un lucero estático rondaba las inmediaciones de la Luna. Más allá, hacia el horizonte sombrío del levante, se dibujaban las cabezas de dos gemelos. Un cazador pugnaba contra un toro de ojos rojizos, seguido por sus fieles compañeros: dos canes. En el cuello de uno se perfilaba la única estrella capaz de opacar el brillo del lucero vespertino; un astro titilante, blanquecino, con un sutil tinte azulado. En el margen opuesto al del poniente y la luna, una osa parecía despertar tras la hibernación. No muy lejos de allí, un león hacía lo propio.

Los últimos rayos de sol revelaron, gracias a sus reflejos, un mar inmenso en la lejanía, ponto forjado a partir de las lágrimas que derramara el cazador, lleno de olas espumosas y glaucas batiéndose contra su costa.

Fue entonces que entendió lo banal de su búsqueda. No había nada que buscar: la ninfa se encontraba dentro de él, agazapada en su interior, inaccesible, observadora. Él, viviría condenado a recordar sus formas, atormentado por la desazón de no volverla a ver. Aceptó resignado su destino, liberándose de las ansiedades que lo achacaban, renaciendo en el proceso. Su testigo era el divino espectáculo que le regalaba la naturaleza frente a su mirada ausente.