Prólogo

Los primeros bocetos de esta crónica-diario vieron la luz durante la semana posterior al viaje. Sin embargo, tuve que volver una y otra vez a la experiencia para rescatar los detalles más minúsculos y poder transmitir los ánimos de la experiencia con la narrativa más prolija. Tras ello, siguió un proceso de revisión y edición eterno, y que se podría haber prolongado indefinidamente, ya que cada nueva lectura ponía de manifiesto fallos, tanto estilísticos como mnemónicos. Como si se tratase de lija y barniz, la pluma del literato versado puede pulir los defectos de un texto demasiado incipiente, pero aquello que se registra desde la distancia pierde fidelidad, y sesiones de conversación con mis amigos me permitieron arrojar luz sobre detalles perdidos en el fragor de momento o difuminados por el recuerdo.
La búsqueda de la perfección estilística podría exigir otra eterna remesa de revisiones y ediciones. Sin embargo, me doy por satisfecho con el formato actual del texto. Hará unos dos meses vi frustrado mi primer intento de publicar este texto ante la más meticulosa de estas ediciones: tan minucioso y crítico llegué a ser que me sentí decepcionado con mi propia técnica, hasta el punto de negarme a hacer público mi tan preciado diario de viaje. Sin embargo, la providencial lectura de Sesenta semanas en el trópico me devolvió el arrojo necesario para acabar de pulir esta obra. Influido por el estilo escohotadiano, puse los últimos remaches y bauticé finalmente la crónica, con un claro guiño al libro del filósofo madrileño.
Esta crónica-diario se estructura a modo de una entrada en Valencia, siete entradas en Grecia, una por cada jornada del viaje, salvando las dos primeras que se narran en conjunto, así como un epílogo que contiene una serie de apreciaciones personales. Aquel que me conozca lo suficiente, verá en mi estilo un reflejo de mi cosmovisión: el culto a la estética y la sensibilidad, la observación contemplativa y parsimoniosa de la naturaleza, la reflexión, el culto a la emoción, la libertad, la pasión y la pulsión, al dejar ir y dejar llevarse, el hedonismo y, cómo no, ese irremediable culto a Morfeo que tan inherente es en mi y que alguna vez han señalado— no sin cierta sorna e inquina— como una enfermedad. Sin embargo, considero una fortuna la habilidad de gozar de un sueño tan fácil, que me ha permitido evadirme de viajes largos y pesados gracias a la inmersión en el mundo de los sueños, esa especie de atajo temporal al que algunos privilegiados podemos acceder a voluntad.
He querido transmitir mediante este texto la joie de vivre que tanto considero como un eje central de mi vida. Frente a la carestía, el ascetismo y la escasez y evitando caer en la glotonería y la indulgencia, persigo el disfrute de la exuberancia y el hedonismo. Los orientales —budistas y ascetas pertenecientes a otros movimientos— defienden el desapego extremo y la renuncia al mundo de lo sensual (Maya), puesto que éste conlleva al sufrimiento (Dukkha). Sin embargo, ¿acaso merece la pena renunciar al mundo de lo sensual sin una clara garantía de aquello que hay más allá del inevitable evento? Ante la mortificación en vida, existe la posibilidad de elevar el ánimo y la conciencia e ir con la naturaleza y los sentidos, en lugar de contra ellos. El camino del asceta sólo está hecho para algunos pocos y, el del «disfrutón» que defiendo, por desgracia, tampoco es una vía universal. Hay quien encuentra en el disfrute una distracción de las obligaciones, y no puede vivir de otra manera que empeñado frenéticamente en el hacer. Sin embargo, considero propio del hombre virtuoso equilibrar el hacer y el dejar ser y sólo mediante este tira y afloja es posible que la vida se convierta en un acto grácil y natural, effortless que dirían los anglosajones.
Sin más dilación, he aquí la crónica de mi viaje a Grecia.
El festival (29-30/06/23)

Escribo esta crónica desde la tranquilidad de mi apartamento en Valencia. Hoy es un día soleado ─ vengo de tomar el sol en el balcón, de hecho─- y húmedo, como es costumbre en estas fechas de la canícula. El rumor del ventilador y las cigarras invaden el ambiente de mi sala de estar, mientas se suman intermitentemente los sonidos del teclear.
Es difícil trasladar al papel aquello experimentado en las últimas (casi) dos semanas. Cuando la vida muestra un tal acopio de intensidad, hay quien se ve irremediablemente abrumado y se refugia en la ansiedad, la tristeza, el escapismo y la necesidad de volver al útero materno, y hay quien decide silenciar su mente, retrotraerse al cuerpo y la intuición y dejar que sea el propio viaje el que lo guíe. Ya habrá tiempo para procesar a la vuelta, para la reflexión, para la experimentación. Durante la experiencia, sin embargo, sólo cabe vivir el momento, o éste se deslizará como se desliza el aceite entre los dedos.
El miércoles 28 de Junio surgió, a propuesta de un conocido, la adquisición de una entrada para dos días de un festival en Valencia, al cual acudieron varios artistas urbanos del momento. No se trataba de mi música predilecta pero, el hecho de ir con un grupo de amigos a un festival tan multitudinario, me atraía. El sábado 1, día que no incluía la entrada, comenzaba mi viaje a Grecia, que duraría hasta el domingo siguiente, día 9. El destino me ofreció una oportunidad a la medida de mis antojos.
El festival, si bien la música no me apasionaba excesivamente, fue agradable, sobre todo en términos de ambiente y estética. Estaba en la línea de festivales comerciales como el Coachella americano. En cuanto a la música, he de decir que tengo la suerte de aborrecer poca, y ser capaz de tolerar mucho, e incluso pasar a gustar de música que antes simplemente toleraba. Aparte de ello, mis gustos reales ─ aquella música que no sólo tolero, sino que me produce placer o me eleva─, son muy diversos, ricos y profundos. En definitiva, la música me fascina, y poder disfrutar de ella en todas sus dimensiones me eleva el ánimo. Si es cierto que hay música para pensar, para sentir y para bailar; algunas canciones reúnen todo esto en una unidad, sin embargo. La música de este festival, en mi caso, era principalmente bailable. No hacía falta mayor profundidad estética para poder darme al disfrute.
Aparte, considero que en cuanto a gustos musicales y gastronómicos, siempre hay que gozar de la mayor variedad posible: es lo que lo hace a uno feliz, al fin y al cabo. El que se disgusta con la mayoría de comidas al final aborrece el comer y el que no tolera música que no sea la que a él específicamente le agrada, va perder en múltiples ocasiones la posibilidad de disfrutarla, de explorar nuevos géneros o darse la oportunidad de redescubrir un artista o género que pensaba detestar.
En cuanto a la estética y el ambiente, las galas ─ sobre todo por parte de las mujeres─ eran impecables. Ellas adoran arreglarse y lucir bellas y radiantes. Yo, a mi vez, adoro verlas así y ésta era ─ ¡cómo no! ─ una ocasión para lucir sus mejores galas. Bien es cierto que en los festivales se permite una estética ciertamente alternativa, que no se luciría un fin de semana en una discoteca o un pub, por ejemplo, y menos en el día a día. Una estética en la que abundan peinados ciertamente estrambóticos, maquillajes atrevidos, purpurina y otros brillos, tops insinuantes e incluso prendas de punto (crochet) que muestran gran parte del cuerpo. Aunque me centre en el género femenino, algunos hombres también se atreven con atuendos similares.
En el caso de los hombres más normativos, la estética no difiere mucho de la habitual. Algunos de ellos se atreven con las camisas cortas, algunas lisas, otras con estampados, las camisetas de tirante e incluso combinaciones de estas; escasamente alguna prenda de punto en la parte superior del cuerpo. En definitiva, se trata de una estética menos reseñable y, por lo general, conservadora.
El festival tuvo lugar en la ciudad de las Artes y las Ciencias, concretamente en la explanada que resulta al vaciar el estanque que separa el Museo de las Ciencias y la discoteca de enfrente. Con unos alrededores así, que invitaban al disfrute y al goce estético, lo demás era sencillo. Aparcamos el coche en el paseo de la Alameda, separándonos sólo unos verdes jardines del complejo de edificios. Allí, empleándolo como campamento base, podíamos disfrutar de bebidas y charlas entre concierto y concierto, con un simple y rápido paseo para acceder al recinto. El sol se puso los dos días filtrando una luz exquisita en el Antiguo Turia. La Luna, gibosa creciente, sorprendía cuando uno le daba la espalda al escenario, hacia el suroeste.
Poco más querría reseñar. Existen multitud de detalles sobre estos días que mis amistades y yo conocemos, anécdotas que pertenecen a una mesa llena de cervezas y no a la crónica de un viaje, por lo que considero prudente dejarlas de lado y relegarlas su debido sitio.
Viaje de ida y primer día en Atenas (1-2/07/23)

Volé hacia Zürich, escala desde donde tomaría un vuelo que me llevaría, a su vez, a Atenas. Mi llegada prevista era a las 16h en origen, pero un retraso me hizo arribar de madrugada. En el aeropuerto me recibió mi amigo Julio vestido con la equipación de la Real Sociedad. Las palabras se quedan cortas para describir la alegría que sentí al verlo, al fin. Me acompañó al coche, donde estaba nuestro amigo Pablo. Condujimos desde el aeropuerto a nuestro alojamiento en Atenas. El urbanismo y la arquitectura de la ciudad me impactaron de primeras. No era una ciudad con cuestas pronunciadas, pero estaba lejos de ser llana; se encontraba en una explanada, entre montes. Las calles eran estrechas y sinuosas, y los edificios bajos y bastante cercanos los unos a los otros. No tenía esa sensación de amplitud que puede tener uno paseando por las numerosas avenidas de Valencia o Madrid. La ciudad seguía un patrón caótico y desestructurado. Me recordó en cierto modo al centro de Sofía, capital de Bulgaria, obviando los matices soviéticos de esta última, de los cuales la capital helena carece. La ciudad era uniforme, no había un cambio de paradigma estético u arquitectónico que anunciara la llegada de un vecindario nuevo y las callejuelas abundaban, en detrimento de las avenidas y los bulevares. Me dio la impresión que daría una ciudad costera turística de España, pero a gran escala. Las viviendas blancas, de materiales baratos y arquitectura sencilla, se hallaban por doquier. Caminando por ciertos vecindarios, uno no tendría la sensación de estar paseando por una capital europea, al menos según los cánones de la Europa más occidental.
Llegamos de madrugada a nuestro apartamento, con el tiempo justo para ducharme, organizar mis enseres y dormir. Tuve que dormir bajo una manta a causa del aire acondicionado.
A la mañana siguiente recogimos todos nuestros objetos y pusimos rumbo a la acrópolis. Tuve la oportunidad de conocer el metro de Atenas ─ para quien no me conozca, tengo la fijación de conocer la red de metro de cada ciudad grande a la que viaje─, aunque el viaje fue breve. Una vez a los pies de la Acrópolis, subimos por la colina, inundada de olivos. El paso al interior de hacía a través de una escalinata, que a su vez acababa en los Propileos, dotados de columnatas dóricas. Hicimos entrada en el recinto, bajo un sol azuzante. La fachada sur del Partenón estaba cubierta de andamiaje, por lo que nos acercamos a ver las ─falsas─ Cariátides y la cara norte, que lucía estéticamente más atractiva. En el extremo norte se agitaba, simbólicamente, una enorme bandera helena, que alternaba franjas de colores blanco y azul cerúleo.
Paseamos por el recinto varias veces, disfrutando de la propia Acrópolis y las vistas circundantes: se vislumbraban en la silueta de la ciudad el estadio olímpico, el monte Licabeto y el monte Filopapo, incluso el mar. Una vez abajo, almorzamos nuestro primer Gyros en el barrio de Plaka y tomamos café de especialidad en una cafetería cerca de Monasteraki. Hicimos unas necesarias compras por la zona de Syntgama y dedicidmos poner fin a nuestra estancia en Atenas. Nos hicimos al coche y pusimos rumbo hacia el que sería el actor principal de este viaje: el Peloponeso, del cual nuestro primer objetivo era la ciudad costera de Nauplia.
Los primeros kilómetros de viaje fueron agradables. Los áridos montes de Ática fueron conviertiéndose en colinas verduzcas. Dejamos atrás el Pireo y las modernas Megara y Eleusis —lugar donde tenían lugar los misterios eleusinos, en los que presuntamente se consumían derivados del cornezuelo del centeno, con desenlace visionario— y nos hicimos al Peloponeso cruzando el canal de Corinto, profundo, alargado, imberbe salvo por algunas plantas anuales que crecían en sus paredes e, incluso un árbol vivaz y robusto, mostrando que la naturaleza carece de límites. Al atardecer, llegamos a Nauplia, con el tiempo suficiente para acercarnos al centro de la ciudad y ver la puesta de Sol. Nauplia está en una ría, que a su vez está en un golfo. En el centro de la ría hay un islote con un castillo construido sobre él. La ciudad está al pie de otra colina con una imponente fortificación coronándola. Al fondo, se alzan unas montañas. El sol, en este caso, se puso tras las montañas, pero no el horizonte. Antes de ponerse, iluminó la ría con un chorro de luz ámbar. La luz se filtraba a través de los picos de las montañas, dejando entrever los rayos anaranjados. Al final, atravesó las montañas y sólo se veía el cielo naranja que recortaban sus picos. Aquella noche estuvimos tomando un par de cervezas y vinos en un bar con ambiente de la ciudad. Era domingo, por lo que el día no invitaba a la fiesta.
Recorriendo el corazón de Laconia (3/7/23)

Tal vez por la deuda de un cansancio acumulado que tenía que saldar, o por el motivo que fuera, este día apenas consta en mi memoria. Por tanto, esta será tal vez la más lacónica—con razón— entrada del texto. Recorrimos el camino que separaba Nauplia de Kokkala, una recogida aldea pesquera en la costera este de la península de Mani, la cual sería nuestro refugio durante los dos días sucesivos. Durante la mayor parte del viaje en coche, dormí profundamente. No consta en mi memoria la visita a Esparta, donde almorzamos, aunque las fotografías y los testimonios de mis amigos dan fe de ello. Desperté apenas para almorzar en la Esparta moderna y para una obligada visita a Mystras, las ruinas de una ciudad bizantina, situada en la falda del monte Taigeto —también conocido como Pentadactylos, «el de los cinco dedos» por los bizantinos— desde la que guardaba las vistas de un valle; desde este monte los antiguos espartanos sacrificaban a los recién nacidos que tenían algún defecto de nacimiento y, por tanto, no iban a ser aptos para la disciplina castrense una vez maduraran. El entorno era verde y frondoso, y las ruinas de la ciudad, vastas. Pude encaramarme a lo alto de una antigua muralla derruida y otear a mi alrededor; estaba maravillado con las vistas. Algunas zonas de la fortaleza estaban mejor conservadas que otras, o tal vez restauradas. Entramos en algunas de las capillas que había en pie, pudiendo disfrutar de unos fantásticos frescos, degradados por el paso del tiempo, pero conservando aún detalles importantes de su composición. Mystras fue un centro neurálgico de la cultura bizantina en los últimos —y decadentes— años del Imperio Romano de Oriente, bajo la dinastía de los Paleólogo.
He de decir que a lo largo de este viaje, ha existido un dilema en mí, un debate interno entre el arte católico al que ha crecido acostumbrada mi vista y la iconografía ortodoxa que, si bien está basada en las mismas temáticas, adopta una estética radicalmente diferente. Esto lo he podido comprobar en los frescos, retablos e iconos, tanto como en la arquitectura de los templos, cuya estética bizantina difiere claramente del estilo románico al que están acostumbrados nuestros ojos hispánicos. Siempre he considerado que el mundo heleno y el romano, si bien cercanos en cierto modo, están irremediablemente divididos por una cesura insalvable. Quizá Roma intentó reflejar su grandeza en el mundo heleno pero jamás consiguió imitarla, o hubo un acercamiento, suponiendo la caída de occidente un hiato entre las dos Romas, que evolucionaron paralelamente. Esto no es más que una apreciación íntima y personal que no se ha de tomar de como axioma. Esta división del Imperio, se hizo patente a nivel administrativo y dinástico con la división de este último y, posteriormente, a nivel espiritual, a través del Gran Cisma. Al fin y al cabo, el helenismo hizo de amalgama en el oriente y la cultura latina en el occidente. En cuanto al arte religioso, hay una clara división: el arte románico y el arte bizantino. Carezco del vocabulario o la destreza para reflejar mediante el verbo los matices que diferencian sus respectivos artes. Sin embargo, para la mirada atenta y el espíritu sensible, sin duda, estas diferencias no pasan desapercibidas. Recuerdo unos coloridos frescos purpúreos, sobre los que destacaban las aureolas doradas de Cristo y los apóstoles. En otra bóveda, mejor conservada, se veía a Cristo rodeado de ocho figuras irreconocibles, dado que sus rostros estaban desfigurados ─ por la erosión y el desgaste, no porque originalmente no hubiera cara alguna─, esta vez con un colorido cobrizo. La bóveda contaba con unas pechinas decoradas ricamente.
Estuvimos también en lo que parecía una villa dentro de la fortaleza: realmente era un monasterio. Rodeada de una muralla, se hacía entrada a través de un arco, en el cual había un portón dotado de una verja. Mirando hacia la puerta desde dentro, una buganvilla de color fucsia muy vivo destacaba en el costado derecho. Julio se fotografió enmarcado en este precioso portón. Paseamos por el monasterio, visitamos su claustro y nos despedimos del sitio.
Nuestra última parada, antes de llegar a nuestro destino, fue la playa de Valtaki, donde destacaba un barco encallado, rojizo, roído por el óxido. En estribor, a la altura de la proa, figuraba su nombre: «Kiddo Prall». Nuestro objetivo final del día era Kokkala, un pueblo apartado en la Península de Mani, la península central del peloponeso.
Llegamos a Kokkala al atardecer. Nuestro alojamiento era una casa de piedra con varios apartamentos, orientados hacia el este, hacia la que estaba orientada la totalidad del pueblo. La anfitriona era una amable mujer griega, que nos permitió incluso utilizar su lavadora. El apartamento gozaba de un balcón con vistas privilegiadas al golfo de Laconia. Buscamos un lugar donde cenar, y nos topamos con la que parecía uno de los establecimientos principales de la aldea. Solicitamos una mesa a la mujer que atendía en la barra y nos la proporcionó. Detrás de nosotros, había un grupo de chavales. La mujer espoleó a uno de ellos, que se levantó y vino a tomarnos nota. Inferimos de esto que se trataba de su hijo, el cual se llamaba Nikos. Era amable, de piel morena y cabellos negros como el ébano. Tomó nota de los tres souvlaki y las tres cervezas que queríamos, y nos los sirvió con celeridad. Fue cordial y charlamos con él un rato, incluso nos proporcionó su contacto en redes sociales. Una vez finalizada la cena, volvimos a nuestro alojamiento.
Una vez instalados en el apartamento, nos sorprendió una visión maravillosa: la Luna se alzaba por el horizonte este. No se trataba de una Luna cualquiera, sino de una Luna llena inusualmente encarnada y radiante, hasta el punto de parecer arder. Sus rayos llenaban las aguas del golfo con tonos igualmente rojizos. El golfo de Laconia pareció, por instantes, el río Nilo durante las plagas de Moisés. Nos maravillamos observando aquel espectáculo; la Luna fue volviéndose anaranjada, ámbar, amarillenta y nacarada, para tomar finalmente su habitual color plateado. Tras ello, nos recogimos a nuestras piezas respectivas. Mis dos amigos durmieron en compañía, mientras que yo lo hice en solitario, en la habitación contigua.
Excursión mágica al cabo Ténaro (04/07/2023)

indescriptiblemente bello. […] El cielo era naranja intenso, y el agua tomaba tonos rosados.
Estaba sumido en un sueño profundo, cuando noté una mano zarandeando mis hombros: se trataba de mi amigo Julio, despertándome. «Santi, Santi, el amanecer», repetía. Entreabrí los ojos y vi un colorido indescriptiblemente bello ─ uno de los márgenes de mi cama estaba orientado hacia la puerta y ventanas que daban al balcón, por lo que pude ver el horizonte nada más los abrí─. El cielo era naranja intenso, y el agua tomaba tonos rosados; en general, los colores naranja y rosa dominaban la paleta que adornaba la visión. El Sol aún se ocultaba tras el horizonte y, aun así, el cielo era un espectáculo exuberante. Se recortaba contra las aguas una umbría embarcación que salía a faenar. Era el único atisbo de vida humana, en un paisaje en el que sólo parecía existir el más puro esplendor de la naturaleza. Tras largos minutos de contemplación. el sol hizo su aparición; lucía radiante, amarillento, y sus rayos caían sobre el agua creando una fina estela rojiza. Tras deleitarnos en aquel espectáculo, que parecía una ensoñación— y lo consideraría tal si no hubiera pruebas gráficas de ello—, volvimos a dormir.
Una vez despiertos, desayunamos tranquilamente viendo el golfo de Laconia; para ser justos, desayunaron Julio y Pablo, mientras que yo me limité a un café con leche y algo de gimnasia al sol. Tras ello, nos acercamos al centro de la aldea ─ estábamos en una zona alta, apartada del centro─. Allí, había una preciosa cala, encajonada entre un huerto al oeste, y edificios de piedra hacia norte y sur, con el golfo orientado hacia el este. La arena era de un color claro, muy blanquecino. Las aguas eran de color verde esmeralda en el rompeolas e iban degradándose hacia el turquesa a medida que uno se inmergía en las aguas. A partir de una cierta frontera, tomaban color cerceta y, a lo largo del golfo, había una serie de parches de diversos tonos verdeazulados. Dejamos todo en la arena. Me hice al agua con unas gafas de buceo y nadé hasta la boya más cercana. Alrededor de ella, el agua estaba más fría. Tomé aire y me sumergí hasta el fondo. Aprovechando mis conocimientos de apnea, hice maniobras dentro de mi cráneo para igualar las presiones del aire, y subí, tras lo que volví a la costa nadando. Nos secamos y recorrimos los edificios empedrados que había en las vecindades, bajo un sol que secaba nuestras pieles, húmedas de las aguas del golfo de Laconia. Volvimos a nuestro apartamento para un descanso, previo a nuestra excursión vespertina.
Por algún motivo, siento una conexión profunda con el medio acuático. Aparte de mi predilección por el mar, que me regala una serenidad supina siempre que estoy a su vera, me siento muy cómodo cuando me sumerjo en el agua: nadar, bucear o simplemente flotar en el agua son actividades placenteras, que estimulan alguna suerte de pulsión en mí. No se trata de la conexión espiritual que siento con el agua, sino algo puramente físico. Mi cuerpo se siente ligero en el agua y mis movimientos son gráciles y armoniosos. Qué privilegio tenemos los humanos al ser capaces de nadar y movernos en el medio acuático; a diferencia del aire, donde nos sentimos irremediablemente ajenos, el agua contiene un atisbo de familiaridad, siendo un medio en el que, pese a cambiar las reglas de física que rigen la locomoción corporal, el desempeño no se antoja artificial y forzado, sino grácil y espontáneo.
Aquella mañana, tomamos el coche y nos dirigimos a otra cala, esta vez en Mezapos, en la costera oeste de la península. En este caso, había que acceder a una cala adyacente y, a través de los cantiles, hacerse paso a la cala vecina. En estas aguas dominaba el color aguamarina uniformemente, sin degradados ni parches coloreados, aunque en la costa sí había una franja de color esmeralda. Los acantilados tomaban colores terrosos, ocres y beiges. Había algunos grupos de personas, entre ellos un grupo de jóvenes griegas, bronceadas por el sol. Una de ellas, especialmente atractiva, morena, delgada y esbelta permanecía acuclillada en la orilla, ataviada con un vestido negro veraniego y gafas de sol. Observaba a sus amigas, que jugaban en el agua; parecía esperar a que volvieran a tierra. Tal y como la vi, me pareció una diosa.
En dirección a las aguas, hacia la izquierda, accesible sólo mediante el nado, al menos tal y como estaban las mareas. Nadamos y buceamos hasta allá, por las aguas, tan diáfanas y prístinas, y permanecimos en la cueva durante un tiempo. Me senté a meditar, mientras mis amigos charlaban. Abrí los ojos y el mundo, filtrado al fondo de la cueva, lucía radiante y novedoso, como si acabase de nacer nuevamente. Nadamos de vuelta a la playa, para encontrarme con que las jóvenes griegas se iban. Algo dentro de mí se entristeció al ver que aquella belleza se había esfumado y no volvería a verla. Lo acepté, resignado. Tras reposar bajo el sol, volvimos una última vez al agua. Nadé hasta una roca que sobresalía entre los cantiles. Desde ella, había un escalón sobresaliente, desde el que me podía zambullir al agua, desde un par de metros. Ordené a un amigo que comprobase el fondo marino y, tras verificar que era seguro, me precipité al agua. Trepé de nuevo y lo repetí.
Una vez nos vimos saciados de aquella cala, volvimos al coche y emprendimos el rumbo hacia Gerolimenas, nuestra siguiente parada. El objetivo final de aquella tarde era el cabo de Ténaro ─ también conocido como Matapán─, el punto más meridional de la Grecia continental, que a su vez, era una especie de metapenínsula, separada de Maní por un estrecho istmo. Gerolimenas era un pueblo pesquero al borde de un acantilado, particularmente escarpado y alto, casi perpendicular al mar. Allí, nos sentamos en una terraza al borde de la ensenada que rodeaba el pueblo. Una joven camarera nos atendió. Merendamos unas tortitas americanas con helado y nuestros respectivos cafés. Nos aprovisionamos pertinentemente en una tienda de ultramarinos y emprendimos el rumbo al cabo.
El camino al cabo de Ténaro era sinuoso y angosto, bordeando montes y colinas. Tan peligrosa se antojaba la carretera como espectacular la vista. Los rayos de sol se fundían en las olas del mar, emitiendo una miríada de reflejos blanquecinos. La intensa radiación formaba una bruma, difuminando el horizonte y opacando en cierto modo la visión del vecino cabo de Akritas, al lado opuesto del golfo de Mesenia, hacia el oeste. Estacionamos el coche en una ensenada, en las inmediaciones de otros vehículos. Las aguas de la ensenada parecían ser arrastradas por una corriente mar adentro, lo cual se hacía patente en el comportamiento de las ondas en su superficie. En el margen oeste de la ensenada, en el punto más al sur, se perfilaba un faro, de planta cuadrangular. Convencí a mis amigos para caminar hasta una cumbre cercana al faro, un punto elevado desde el que se podía gozar de las vistas de la ensenada, de la cadena de montes que se extendía al norte hacia el interior de la península de Mani y, finalmente, el Tálaso, inmenso, inabarcable e infinito, en dirección al sur. Tan abstraído estaba que acabé liderando el camino en completo silencio, adelantado con respecto mis amigos, que me seguían detrás. «Esto parece el camino del maestro Zen», afirmaba Julio y, ciertamente, parecía una especie de peregrinación; el faro, que se veía cada vez más cercano, parecía una especie de templo consagrado a Poseidón, el que agita la tierra, según decía Homero. En cierto momento, dimos la vuelta y subimos a lo alto del montículo. Allí, estábamos resguardados de incursiones de turistas y las vistas eran hipnóticas. El sol, que entraba en su hora dorada, creaba unos reflejos centelleantes y dinámicos en el agua. Unas nubes, cirros de naturaleza etérea pasaron suavemente por la cumbre de la montaña vecina, como acariciándola. La naturaleza parecía invitar a la contemplación y la introspección y, por tanto, a la experiencia visionaria.
Paseé en soledad hasta el montículo más cercano; me acuclillé para ver el sol aproximarse al horizonte, y volví al punto de origen, con mis amigos. Lo máximo que experimenté a nivel visionario, fue la visión de alguna forma en las estelas centelleantes que dibujaba el sol sobre las olas. Julio, a su vez, decía experimentar el suelo como si fuera una alfombra; se sentó en soledad frente al sol poniente. Reproduje entonces una canción: Innerbloom del grupo australiano Rüfüs du Sol. La atmósfera creada por el tema encajaba perfectamente con el momento, como si hubiera sido compuesta expresamente para ser la banda sonora de esa experiencia. Julio lucía completamente absorbido por el momento. El sol se puso, eventualmente, y volvimos al coche. Caminamos hacia la ensenada bajo la luz crepuscular, lienzo sobre el que el Hésperos, lucero de la tarde, brillaba en soledad; nos cruzamos con una familia que volvía de visitar el faro. En el aparcamiento, algunos rezagados se embarcaban en sus vehículos.
El viaje de vuelta fue convulso: apenas teníamos batería Pablo y yo en nuestros teléfonos, y no conocíamos el camino de vuelta a Kokkala. Con uno de ellos, tuve que estar atento a la ruta marcada; con el otro, escogiendo la música, sobre todo con el objetivo de hacer el viaje agradable para Julio. Escogí el disco Depression cherry de Beach House, uno de mis predilectos. Tuvimos que volver por carreteras tan estrechas y serpenteantes como las de la tarde, pero con el añadido de carecer de luz alguna, salvo los faros de nuestro coche. Un paso en falso, y las consecuencias serían desastrosas. Llegamos a cruzarnos con una vaca errante que, por fortuna, pasó de largo sin bloquear el camino. La travesía proseguía y me debatía entre una y otra tarea, en un estado de profunda concentración, con cautela de señalar a Pablo cada curva, cada desvío y cada intersección con la antelación que ordenaba la prudencia. La tensión de Pablo era evidente; el disfrute de Julio, también. El viaje duró alrededor de tres cuartos de hora, que se antojaron ostensiblemente más extensos.
Llegamos finalmente a Kokkala. Al bajar del coche, miramos al cielo estival, que nos sorprendió con sus mejores galas: Escorpio y Antares, la Osa mayor, Arturo y el boyero, el triángulo veraniego, formado por Vega, Deneb y Altair, Sagitario o Polaris, eran algunos de los astros que lo engalanaban. Llegamos al apartamento y, poco después, una luna roja volvía a alzarse por el horizonte, de un modo similar al que lo había hecho la noche anterior, esta vez, con una significación especial, quizá. La contemplamos y, una vez saciados, decidimos ir a por cena Pablo y yo. Fuimos al que ya era nuestro establecimiento de confianza, y pedimos tres souvlaki y tres cervezas de la marca Fix. Nos atendió de nuevo Nikos. En el bar parecían estar los que eran sus padres. La gente de la aldea nos miraba con extrañeza; tal vez no estuvieran acostumbrados a ver a turistas en aquellas zonas remotas del Peloponeso. Nikos me entregó la bolsa con nuestra cena, a lo que agradecí con un ευχαριστώ (Gracias) y él, llevándose la mano al pecho y con una inflexión particular, repuso con el correspondiente παρακαλώ (De nada). Arriba, con Julio ya recuperado, cenamos en tranquilidad, disfrutando del espectáculo que ofrecían las estrellas y la Luna llena iluminando, una noche más, con su brillo rojizo el golfo de Laconia. Libamos con la cerveza y los manjares, bajo aquel cielo, lienzo sobre el que los propios griegos grabaron mediante el martillo y cincel de la mitología sus historias. Como si se tratase de un fresco eclesiástico, la bóveda celeste contiene una serie de exquisitos motivos y escenas, para aquel que esté dispuesto a aprender el lenguaje de sus formas.
El Peloponeso occidental: Pilos y Methoni (5/7/2023)


La mañana siguiente, nos despedimos de Kokkala, que era el único lugar donde habíamos descansado dos noches. Dejamos atrás Laconia y avanzamos hacia Mesenia, la región más occidental del Peloponeso. Si el paisaje de Ática era seco y yermo, el de Esparta verde y frondoso y el de Mani, árido y montañoso, Mesenia me sorprendió por lo exuberante de su naturaleza. Había montañas, pero éstas estaban lo suficientemente alejadas de la costa como para permitir llanuras donde abundaban los cultivos de regadío: olivos, naranjos y viñedos eran algunos de los ejemplares que se veían en las inmediaciones de Kalamata. Abundaban también las alquerías y los cortijos. El lugar me pareció una especie de calco helenizado de la huerta valenciana. Pasamos la mañana en la playa de Stoupa —cuyo nombre dio pie a hacer juegos de palabras con el nombre de cierto grupo de rumba catalana—, donde tuve la oportunidad de nadar y bucear nuevamente. Comimos boquerones, calamares y berenjenas en un restaurante cercano a la playa y, a modo de postre, disfrutamos de un suntuoso yogur griego y café.
Hasta el momento, gran parte del viaje en coche lo pasé durmiendo o, para ser concreto, alternando microsiestas y periodos de vigilia intermitente. Cuando despertaba, me absorbía en la contemplación de los paisajes y la música, de la cual era responsable, irónicamente. El resto del tiempo, me dejaba llevar a los mundos de Morfeo.
Cerca de Pilos, estacionamos en una playa preciosa: Voidokoilia. Por un lado estaba rodeada de una laguna interior, cercada por una restinga conectadacon un monte y, al otro lado de la restinga estaban la bahía de Pilos y una isla montañosa, verde y frondosa, llamada Esfacteria. Una de las cumbres del monte que conectaba con la restinga estaba coronada por una fortificación: el castillo de Navarino, nombre que los venecianos daban a Pilos. En la isla de Esfacteria, se refugiaron los Espartanos durante la guerra del Peloponeso; para fortuna de los atenienses, la isla se incendió y pudieron despachar los soldados lacedemonios sin mayores dificultades. Más de dos mil años más tarde, tendría lugar una feroz batalla naval en el culmen de la guerra de independencia griega. La playa, con forma de semicircunferencia, estaba delimitada a ambos lados por sendos montes, que trazaban un canal por donde entraba el mar, formando una pequeña ensenada; esta playa, tan curva, era lo único que separaba la ensenada de la laguna interior, que a su vez estaba separada de la bahía de Pilos por otra lengua de tierra. Nos encaramamos a uno de los montes para disfrutar de las vistas y tomar fotografías. Camino de Pilos, vimos el sol de ponente anaranjado, tras la montañosa isla de Esfacteria, y sus reflejos ardientes sobre las aguas de la laguna. Paramos a contemplarla, y proseguimos. Dejamos atrás Pilos y llegamos, a la hora aproximada de la puesta de sol a Methoni ─ castellanizado también como Medona o Modona─, donde dormiríamos. Methoni era uno de los puertos venecianos que había en la ruta hacia el oriente.
Cenamos en un restaurante cercano a nuestro alojamiento, que estaba a escasos metros del castillo. Como entrante, pedimos lo que era una especie de amalgama amarillenta de queso feta con guindilla y otros ingredientes. El segundo plato fue un souvlaki en plato de proporciones descomunales. Como acompañantes, fueron servidas una cerveza tras otra. No fue una empresa fácil acabar la comida, copiosa sobremanera, pero lo hicimos exitosamente, aunque la digestión fue también pesada sobremanera, por lo que dimos un paseo por la villa tras la cena. En un poste de la misma calle donde cenamos, había una cabra atada, por motivos que desconocíamos. Permaneció así durante la mayor parte de la cena pero, cuando nos levantamos, ya no estaba. Pablo se acercó a fotografiarla y hacerle carantoñas. En la misma calle había un Golden Retriever muy grande, que intentaba jugar ─ creo ─ con unas crías de gato; la madre, sin embargo, salió a protegerlas del perro varias veces. La calle, en general, estaba llena de gatos, que se paseaban por entre nuestras piernas. Llegué a tener tres gatos diferentes bajo mi asiento, a los que acabé dando algo de comida. Al final de la cena, conseguí que alguno de ellos se dejara acariciar, a cambio de un premio culinario.
Paseamos por la playa de Methoni, disfrutando del cielo veraniego que habíamos visto las noches anteriores en Kokkala. Fuimos a la vera del castillo, y nos sentamos al borde de un precipicio donde se escuchaban las olas romper, y donde las estrellas se veían límpidas, nítidas y diáfanas. Estuvimos contemplándolas y haciendo algunas fotografías. Al final, volvimos a dormir a nuestro apartamento.
Las estrellas me emocionaron aquella noche. Dos años atrás, durante nuestras vacaciones en el Algarve, vislumbramos un despejado cielo estival. La visión de aquellas estrellas me invitó a profundizar en el mundo de la astronomía/-logía. Mediante un planisferio y otras tantas fuentes de información, estudié minuciosamente el cielo, hasta que pocas estrellas tuvieron secretos para mi. Detallé prolijamente en un diario mis observaciones estelares más significativas; aprendí sobre los ciclos del Sol, de la Luna y los planetas más destacados: Júpiter, Saturno y Venus. Al cabo de unos meses, me sentía en unidad con la bóveda celeste y veía cómo esta reflejaba el paso del tiempo, de los meses y de las estaciones. Realmente, el cielo es una especie de reloj natural en el que los astros hacen de manecilla; un reloj con un número inabarcable de unidades de medida, donde el Sol, la Luna o los planetas pueden hacer de variable. Durante aquel paseo por Methoni, mirando al cielo, me sentí en poder de un tesoro valioso: el conocimiento de los astros, que tanto tiempo y dedicación me había exigido. Maravillado por las vistas, no podía apartar mi vista de aquel exuberante cielo, libre de la opaca nube que lo cubre en la ciudad.
Rumbo a Lepanto (06/07/2023)

La mañana comenzó en Methoni. Fuimos a desayunar. Sólo tome un café con leche, pero mis amigos disfrutaron de un yogur griego con miel y algún otro piscolabis más que ahora mismo no recuerdo. Fuimos hasta el castillo de Methoni para vistiarlo. El complejo donde se levantaba la fortaleza, ciertamente ruinosa, era imponente. El detalle más reseñable, era la torre octogonal que se alzaba sobre el islote de Bourtzi. El islote, al que se accedía por un puente, estaba formado por rocas puntiagudas, de utilidad, teniendo en cuenta que la torre llegó a servir como prisión. Desde allí, se veía la colindante isla de Sapienza. Las aguas vecinas, como de costumbre, eran aturquesadas y parcheadas.
A modo de anécdota, reseñaré una entrañable escena que tuvo lugar en el castillo. Plantada en medio de un descampado, había una capilla bizantina. En un costado de la capilla, colgaba una campana que, tal vez, sirviera en su día para llamar a misa a los feligreses. Una familia angloparlante estaba en sus inmediaciones. El padre de familia se acercó a la campana y tomó el cordel que pendía de su badajo. Entonces la mujer dijo amenazantemente: «Don’t ring the bell. Don’t ring it». Esto fue en vano, ya que el hombre la golpeó vigorosamente, extendiendo su grave sonido por doquier. La mujer emitió un desesperado suspiro, como si no fuera la primera vez que su compañero actuase así. Nosotros, mientras, nos reíamos por lo bajini. Esta escena no evitó que, al salir de conocer el interior de la capilla, sonásemos la campana por nuestra cuenta.
Tras la visita, tomamos rumbo a Naupacto ─ también conocida en la lengua castellana como Lepanto ─, donde dormiríamos aquella noche. La única parada reseñable fue en la playa de Zacharo, a la altura del lago Kaïafa, una especie de albufera. La playa era quilométrica, por lo que no era posible intuir dónde comenzaba y dónde finalizaba, recordándome inevitablemente a los interminables kilómetros de playa que se extienden en Las Landas francesas. Tomamos el sol y nos bañamos en el mar. El mediterráneo, en aquella playa, menos resguardada de las corrientes, se volvía agreste y revuelto. Una vez dada por finalizada nuestra estancia, tomamos un café en el bar de la zona y nos dirigimos a Lepanto. Conduciríamos hacia el norte, hacia la provincia de Acaya, de donde eran originarios los aqueos, los guerreros legendarios que sitiaron Troya.
Acaya, sobre todo en la cercanía de Patrás, me recordaba, irremediablemente, a la provincia de Valencia, del mismo modo que lo hacía la región circundante a Kalamata. Cruzamos el golfo de Patrás por un puente, y llegamos a Naupacto (Lepanto), fundada por los antiguos atenienses como un puesto naval mediante el que mantener bajo su control el tránsito naval hacia el Mar Jónico. Naupacto era un pueblo marinero, algo militarizado. Desde su ubicación, se dominaba el golfo de Corinto y, en el margen opuesto, las costas aqueas de la península del Peloponeso. Había una especie de ensenada fortificada, en la cual había una estatua de Miguel de Cervantes, quien perdió un brazo en la batalla allí sucedida. La ensenada estaba llena de bares y restaurantes, donde se concentraba el ambiente. Cenamos en uno de ellos, donde nos atendió una camarera de lo más amable. Degustamos unas selección de setas, unos hojaldres de queso feta, pulpo y una mousse de caviar. Tras ello, nos acercamos a una azotea donde tomar unos combinados. Allí, la gente iba arreglada y vestida elegantemente. Las chicas griegas lucían muy bonitas. La luna, ya gibosa menguante, se alzaba rojiza sobre el golfo de Corinto. Al acabar, estuvimos un rato en otro bar de copas, donde vi a un grupo de jóvenes griegas, muy atractivas. Me armé de coraje y me acerqué a cortejarlas. Descubrí que una de ellas tenía pareja, que se acercó a marcar su debido territorio, y con la otra no hubo mayor suerte. Volviendo a nuestro apartamento, conocimos a un grupo de jóvenes locales, con los que charlamos, en estado de ebriedad. La madre de uno de ellos se apareció y estuvimos hablando con ella ─ aún nos mantenemos en contacto—. En el camino de vuelta, cogí en brazos a Julio y nos caímos; caída que es referida por Pablo y que no recuerdo.
Delfos: el santuario de la providencia (7/7/2023)

Nuestro antepenúltimo día en Grecia comenzaba bajo los efectos de la abstinencia alcohólica. Yo, por mi parte, no experimenté. Julio ─ ¡pobret meu!─ tenía la cara inflamada y hablaba con lentitud e incoherencia. Pablo y yo parecíamos estar en mejor estado. Empaquetamos nuestras pertenencias y nos hicimos a la carretera. No recuerdo con detalle el viaje de aquella mañana. Julio no tardó en recuperarse de su profunda resaca.
Hicimos una parada en Galaxidi, un pueblo de la costa norte del golfo de Corinto, muy cercano a Delfos. En aquel pueblo vimos unas casas muy vistosas, revestidas de tonos azules. La puerta de una de ellas estaba adornada con las estatuas de dos sirenas con sus turgentes pechos al aire. Abundaban las buganvillas en sus calles, algunas rosadas y otras purpúreas. Tomamos un café en un lugar coqueto, sentados en hamacas. He de decir que hasta entonces ─ y en adelante─, el café griego había sido impecable. Aficionado como soy al café, soy exigente y quisquilloso, pero la cultura barista de Grecia hizo las delicias de mi delicado paladar. Al acabar nuestros cafés proseguimos la excursión. En el punto más alto del pueblo, destacaba una iglesia bizantina, alta y con sus bóvedas características. Tras subir hasta ella, bajamos a pie de mar, donde encontramos un restaurante donde comer. Parecía un negocio familiar, donde atendían un joven y una joven. Supuse que eran hermanos. El joven, que fue quien nos atendió, era amable y educado, y charlamos un rato con él. Su atención fue impoluta. La joven, pese a que no entablamos conversación, me pareció preciosa: era morena, pero sus ojos, penetrantes, eran tan aturquesados como el agua de las calas que habíamos visitado los pasados días. Me quedé obnubilado repetidas veces, mirándola a través de mis gafas de sol; ella también se fijó en mí repetidas veces, acaso por mera curiosidad. Disfrutamos de una moussaka y una ensalada, entre otros platos que no recuerdo. Los gatos, nuevamente, orbitaban en torno a nosotros, afanándose en su mendicidad; caí rendido a sus encantos y les regalé algo de alimentos, aunque uno de ellos, por cachorro e inconsciente, me hirió con sus garras. Pagamos, dimos las gracias al camarero, dejamos una reseña positiva y nos fuimos, paseando por el puerto. Me llamó la atención un barco llamado Altair, en cuyo casco figuraba un dibujo de las constelaciones del triángulo estival.
El siguiente destino fue Delfos, el asiento del oráculo. En las faldas del monte Parnaso, se encuentra este santuario, tan mítico como místico, que había encendido la llama de la imaginación tantas veces durante mi infancia. Llegamos en coche. El entorno natural que rodea Delfos es, de por sí, majestuoso. Las montañas son altas e imponentes; el santuario se encuentra a medio camino entre el valle de Pleisto y las cumbres del Parnaso y alrededores. Primero, visitamos el templo del oráculo, consagrado al dios Apolo, del que restan algunas características columnas dóricas. El calor era sofocante y apenas podría respirar, estaba sediento pero, a la sombra de los árboles, pudimos contemplar en calma y al abrigo del azuzante sol las ruinas del templo de las pitonisas. Proseguimos hasta el teatro, para lo cual había que caminar cuesta arriba. El camino ascendente estaba colmado de otras maravillas: los tesauros, entre los cuales destacaba el maravillosamente conservado tesoro de los atenienses; nos llamó la atención también la columna serpentina o una columna jónica de particular belleza, que estaban plantadas en el camino ascendente. Las vistas desde el teatro, visualizando el templo de Apolo, abajo en la lejanía, eran espectaculares. En Delfos se notaba la afluencia de turistas internacionales, y se oían en el ambiente las lenguas española e inglesa, a diferencia de las jornadas anteriores, en las que rara vez ─ por no decir que ninguna─ oímos a alguien que no fuera helenófono. Pablo nos relató la historia completa del oráculo; nos pareció significativo el hecho de que el oráculo se celebraba el día séptimo de cada mes, es decir, tal día como aquel en el que pisábamos el santuario.
Tras abandonar el sitio arqueológico de Delfos, no sin antes avituallarnos con provisiones suficientes de agua, emprendimos el camino hacia la región de Tesalia: nuestro objetivo era Kalambaka, población aledaña a las cumbres de Meteora. La ruta, hasta entonces por carreteras, no siempre fácilmente transitables salvo excepciones, se convirtió en un viaje por autovía, fugaz y raudo. Nuestro objetivo se situaba en una zona muy al norte del país, y el viaje hasta allí era una carrera a contrarreloj contra la puesta de sol: queríamos presenciarla en Kalambaka, y poder ver el sol desaparecer tras aquellas rocas tan estrambóticas. A lo largo de ese viaje, entré y salí intermitentemente del sueño. Realmente, este dormir intermitente fue la tónica general a lo largo de cada día. Me notaba sensible y la belleza de lo vivido me emocionaba, llegando a derramar lágrimas varias veces, aunque las disimulara tras mis gafas de sol. La luz dorada del sol teñía las nubes y, tras las montañas, el cielo se volvía naranja. Al llegar a Kalambaka, las vistas eran mucho mejor de lo que jamás habríamos esperado. Nos asentamos en nuestro alojamiento, con un invitado inesperado: un felino que parecía pertenecer a los dueños del bloque. Lo bautizamos como »Rufus» o «Rufo». Era un gato manso y cariñoso, que se acercaba mucho a mí, se rozaba y se dejaba acariciar, aunque, como todo gato, era independiente y desapegado. No llegamos a oírlo maullar, pero nos permitió oírlo ronronear un par de veces.
En relación a nuestro estimado felino, destacaré como inciso la abundancia de gatos callejeros en Grecia. Los felinos abundan en este país, de una manera que rara vez he visto en España. Las colonias son ubicuas y, durante este viaje, raro es el día que no nos hemos topado con uno —o varios— de ellos, a los que hemos acariciado y alimentado, con el correspondiente lavado de manos posterior. El gato es un animal especialmente grácil. Sus movimientos son sigilosos, acompasados y elegantes, y sus aires nobles y elitistas. La mayoría de los gatos eran mansos y se dejaban acariciar, aunque aquel de Galaxidi dejó una marca en mi mano, más por inconsciencia que por inquina.
Poco después de habernos instalado, salimos al balcón, desde donde se veía el cielo, ya evolucionado a un cielo rosado, salmón y violeta y, sobre tal lienzo arrebolado, brillaba el lucero vespertino.
Por la noche, recorrimos Kalambaka. Cenamos un gyros en un restaurante local y paseamos bajo las estrellas, que se veían diáfanas y límpidas. Llamamos a nuestro amigo Marcos, que estaba en España, y charlamos con él alrededor de una media hora, en la que le actualizamos sobre nuestras últimas vivencias. Tras colgar, volvimos a nuestro apartamento a descansar, para prepararnos de cara a visitar los monasterios de Meteora. Mi objetivo era llegar a la hora del amanecer, pero se vio frustrado por el porvenir.
Meteora. Vuelta a Atenas (8/7/2023)

La jornada siguiente nos despertamos con calma. Hacía tiempo que había irrumpido el día. Nos preparamos con la misma calma y nos despedimos de Rufo, nuestro felino compañero, hacia el que sentíamos todo el cariño que se puede desarrollar por un animal en menos de un día. Todos sentíamos que lo echaríamos de menos. Tomamos el coche y subimos montaña arriba, camino a los miradores desde los que se veían los monasterios. Las formaciones rocosas trazaban un valle junto con las montañas vecinas, donde se encontraban los miradores.
En Meteora hay varios monasterios; siete, para ser más exactos. Algunos son masculinos, otros son femeninos. Los monasterios son de varios tamaños; el más grande y antiguo es conocido como Megalos Meteora (Piedra Grande). Nos acercamos a un mirador, desde el que se podían tomar fotos con el paisaje. Desde allí, las fotos mostraban los Meteora y se podía vislumbrar el valle que formaban las rocas. Por desgracia, los monasterios, al estar lejanos, se veían empequeñecidos y quedaban en segundo plano. Tras las fotos, nos abrimos paso hasta uno de los monasterios más grandes. Cruzamos un puente de piedra, que separaba la roca donde estaba erigido y el monte vecino, y subimos unas escaleras hasta la entrada del monasterio. Desde el puente se veían el cable y poleas mediante los que se subían los víveres y provisiones hasta el monasterio. Por dentro, el monasterio estaba lleno de vegetación. Había un patio, con una especie de quiosco cercado por una celosía, y unos miradores desde los cuales se podía disfrutar de la visión del valle. El estilo me recordó vagamente a los patios de la Alhambra. A través de un arco, se hacía entrada en un patio elevado y, desde allí, por otro arco se subía de nuevo a la altura de la entrada al monasterio. Cruzamos adentro, donde había una serie de iconos ortodoxos y unas monjas que captaron nuestra atención. Recorrimos las salas abiertas al público; visitamos la trampa de las poleas, donde estaba el mecanismo mediante el cual se accionaban, vimos una barrica de proporciones enormes y volvimos al patio. Hicimos entrada en un sótano, donde se exponían, a modo de museo, más iconografía, códices y trajes ceremoniales de la iglesia ortodoxa, entre otros enseres monásticos. Volvimos al patio-mirador, donde nos sentamos en el quiosco para relajarnos y, tras un par de minutos, nos planteamos marcharnos. Antes de irnos definitivamente, hicimos una parada en la tienda de recuerdos, donde adquirí una cruz, que ahora luzco en mi cuello con especial cariño y significación. Vimos un característico monje, barbiluengo y ataviado con una sotana negra, el cual parecía absorto en sus plegarias y cánticos, a la entrada de la tienda. Este monje entró en una pequeña y ornamentada capilla adyacente a la tienda.
Cruzamos las lindes del monasterio y, una vez en terreno profano, fuimos a por algo de almuerzo. Nos sorprendió la afluencia de turistas rusos, y de origen eslavo en general. Después, pensándolo fríamente, nos percatamos de que eslavos y griegos comparten dogma, y no era casualidad que visitaran un lugar tan significativo para la iglesia ortodoxa, a la que deben de paso el alfabeto de Cirilo y Metodio, además de la fe.
Nos sentamos a almorzar al abrigo del sol, gracias a un puesto de comida que había a la salida. El almuerzo consistió en un hojaldre de queso feta y un capuccino. Volvimos finalmente al coche y emprendimos el camino de vuelta a Atenas en el que, naturalmente, me dormí.
Hicimos una parada para comer en un pueblo costero para disfrutar de una comida tardía, que podría considerase merienda, consistente en un café y un cruasán relleno. No recuerdo el nombre del pueblo pero, por su entorno, deduje que se encontraba en la costa del golfo de Corinto. En aquel punto del viaje, mi sensibilidad estética se había saturado. No era capaz de procesar las maravillas que estaba viendo, por lo que acabé por desencantarme y sentirme exangüe, abúlico y apagado. Me costaba escoger música para que escuchasen mis amigos; la euforia que me invadía los días anteriores había desaparecido. No estaba triste, ni este desencanto se debía al próximo fin del viaje, sino que creo firmemente que la visión de tal belleza y exuberancia natural, provocó una reacción contraria, provocándome una disforia esperable.
Tras las horas de viaje que sucedieron a la «merienda», llegamos a Atenas. Debíamos ir hasta Markopoulos, la población más cercana al aeropuerto, donde entregaríamos el coche en el que nos habíamos movido aquellos días. Repostamos en una gasolinera, adecentamos el coche y lo entregamos. Un chófer nos condujo al metro y, allí, nos subimos. Viajamos en él hasta el centro de Atenas, concretamente al barrio de Neos Kosmos, donde dormiríamos. Llegamos al apartamento, dejamos allí nuestras maletas y nos preparamos para salir por Atenas. Nos tomó alrededor de un cuarto de hora largo llegar hasta la acrópolis. Cenamos, como de costumbre en un local de Gyros cercano a sus faldas. Paseamos después por el barrio de Plaka. Desde aquel barrio las vistas de la Acrópolis, iluminada de noche, eran impresionantes. Paseamos por Plaka, en busca de un lugar donde sentarnos a tomar una copa. El chófer de aquella tarde nos había recomendado cierto bar, el cual sólo había cerrado en dos ocasiones desde su apertura: Durante la segunda Guerra Mundial y durante la pandemia. Cruzamos las puertas del local, que nos llamó la atención, pero ignorando que se trataba del mismo que nos había recomendado. Al final, entre calleja y calleja, encontramos un lugar que captó nuestro interés: se trataba de una calle en cuesta, con una pendiente pronunciada, hasta tal punto que estaba escalonada, facilitando así el paso entre un nivel y otro. La calle estaba llena de terrazas, acaso tan coquetas como las damas sentadas en sus sillas. Al final, tomamos asiento en un bar, donde pedí un gin-tonic. Los precios eran altos, en relación con la cantidad y la calidad de las bebidas, pero el encanto del sitio bien los compensaba. En la mesa de nuestro costado había una chica rubia y coqueta que robó mi atención ─ y corazón ─ por instantes.
Tras beber en paz el gin-tonic, caminamos a la vera del foro romano, camino a Monasteraki. Aquella zona estaba llena de azoteas chillout donde sonaba música electrónica, que reverberaba en todo el área. Cerca de Monasteraki, intentamos hallar algún tipo de bar o discoteca. En la plaza en sí había ambiente, pero no encontramos ningún local abierto. Pensamos en caminar hasta la plaza Syntagma incluso. Sin embargo, el sonido del bombo y el platillo de la música tech-house llamó mi atención irremediablemente. Puse todos mis sentidos en rastrear aquel sonido y llegar hasta el lugar de donde provenía. Me sentía, de algún modo, como un animal que rastreaba a su presa, siguiendo sus pulsiones y sus sentidos. Caminamos por las calles, de vuelta a Monasteraki. Había varias azoteas, pero encontré aquella de la que provenía la música. En la fachada del edificio donde se situaba, había carteles que indicaban hacia el lugar ─ era la azotea de un hotel─, pero no había una entrada definida. Rodeamos el edificio, hasta encontrar una entrada, hacia unas escaleras. No había ningún indicio de que se tratara del camino, pero decidí lanzarme. Mientras subíamos, alguna persona bajaba. Fueron cuatro pisos de escaleras los que subimos y, arriba, alcanzamos el objetivo. Se trataba de un chillout, que no distaba mucho de aquel en el que habíamos estado en Lepanto. Era un local de alto nivel, la gente vestía con elegancia y las bebidas eran caras. Pedimos unas bebidas en la barra y disfrutamos de las exclusivas vistas de la acrópolis de las que gozaba el local. El ambiente, que era inmaculado en un principio, decayó alrededor de una hora después. Empezó a sonar música tranquila e, incluso alguna canción griega. El bar se vaciaba. Acabamos por marchar, ante el anticlimático desenlace. Intentamos, a la desesperada, buscar algún local donde entrar, en vano. El camino a casa fue silencioso y tenso. Una vez allí, me tumbé rendido en la cama, con afán de dormirme. Julio, que se iba ya al aeropuerto, se despidió de mí.
Disfrutando de Atenas (9/7/2023)

La noche había acabado con cierta tensión entre Pablo y yo, por nuestros intereses dispares. Yo quería continuar la fiesta; él, volver al apartamento. Acabó triunfando su parecer, y volvimos a casa bajo un telón de frío silencio. A la mañana siguiente, tras asearnos, dispusimos de nuestras maletas y nos lanzamos a explorar la ciudad. Aunque no tenía fe en aquel día, acabó resultando ser recreativo y apacible.
La mañana comenzó con un capuccino en una cafetería de Neos Kosmos. La camarera que nos despachó era una chica rubia, muy guapa y amable. Disfrutamos de una charla en paz, que trató sobre el mundo laboral y, nuestros trabajos en específico. Bajamos al metro y nos dirigimos a la cercanía de la acrópolis. Guardamos nuestras maletas en un locker, y comenzamos a caminar hacia el monte Licabeto. En el camino, pasamos por un parque, en el que nos sorprendió encontrar tortugas y cabras, entre otros animales típicos como los patos. Cruzamos el parque y nos plantamos en las faldas del monte. El sol espoleaba y el camino era duro, pero llegamos a un mirador en el que había una cafetería donde sentarnos a disfrutar de las vistas. La Acrópolis se veía lejana pero, aun así, las vistas eran privilegiadas. Tras pagar nuestros cafés, fuimos monte abajo en dirección al antiguo estadio olímpico. Lo visitamos y cruzamos otro parque. Allí, encontramos una nevera con botellas de agua. En una silla a su costado, había una colecta de dinero. Un cartel rezaba: «Water 0,50. Self-service. Thank you». Dejamos cincuenta céntimos, recogimos una botella y oímos unos gritos en la lejanía. En un principio, no se veía a nadie que pudiera estar emitiéndolos pero, más tarde, apareció un hombrecillo que se acercaba con paso apresurado. El hombre, que tenía aires de indigente, comenzó a reprendernos por mantener abierta la puerta de la nevera. Nos disculpamos. Dijo, en broma, que comenzaría a cobrar por las fotos, ya que todo el mundo abría la nevera y perdía el frío. Le ofrecí una moneda por las molestias, que rechazó, ofendiéndose. El hombre nos dijo después que se gastaría todo el dinero en mujeres, bebida y marihuana. Le dije irónicamente, pero sin intención burlesca, que los griegos sabían vivir como nadie. Desconozco si el hombre se ofendió o reconoció lo jocoso de mi tono. Finalmente nos despedimos de él entre risas mutuas. A la salida del parque, nos encontramos el arco de Adriano, que enmarcaba perfectamente una esquina de la acrópolis. Era complicado hacer una foto libre de turistas, pero lo conseguimos. Allí, junto al arco, llegué a emocionarme, dado que me encontraba muy sensible e inspirado aquella mañana. Alguna lágrima, disimulada tras mis gafas de sol, cayó. Volvimos, caminando por el centro, hasta la acrópolis, no sin antes cruzarnos con varios músicos callejeros. Me llamó especialmente la atención un dúo que estaba tocando Blue Bossa, uno de mis estándares de jazz (bossa nova) preferidos. Los grabé y deposité cincuenta céntimos, ya que me parece de mal gusto tomarme la licencia de grabar a los músicos callejeros sin agradecer económicamente su servicio. Caminamos a la vera de la Acrópolis, hasta el monte Filopapo; lo escalamos hasta la cumbre, parando a medio camino para tomar fotos. El sol era intenso, y el sudor brotaba frenéticamente de nuestras pieles, pero aguantábamos el calor sofocante. En lo alto del Filopapo había un monumento con un cartel informativo. Descubrimos a través de él que, en la Atenas clásica, era un monte consagrado a las musas.
Aquel día, me sentía inspirado. Las ideas brotaban por doquier, y encadenaba un pensamiento tras otro con elocuencia. Las conversaciones que mantuvimos Pablo y yo eran las propias de dos hombres con elevada cultura, intelectualidad y raciocinio y, sin embargo, las vivíamos como si se tratase de un suceso cotidiano. Me sentí agradecido, en ese momento, por mi inteligencia y mi sensibilidad, por la capacidad de reflexionar tan profundamente sobre el mundo y gozar de una sensibilidad tal que detalles finos sobre este mundo, que para otros pasan desapercibidos, para mí son obvios, claros y diáfanos. ¡Cuántas maravillas se pierden en el fragor de la vida rutinaria y cotidiana! La vida está llena de estas maravillas para quien es capaz de abrir su corazón y sus sentidos a los estratos más profundos de la realidad.
Finalmente, comimos una ensalada griega y un gyros, respectivamente, en el mismo local donde habíamos cenado la noche previa. A nuestro lado había un grupo de chicas francesas, alguna de las cuales era muy guapa, con ojos verdeazulados, que observaba disimuladamente a través de mis gafas de sol. Me recreaba, por momentos, en esa musicalidad tan sensual intrínseca a la lengua francesa. Después de comer, tomamos un café de especialidad en una cafetería cercana. Tras deleitarnos en las fragancias del exquisito café recién hecho a la vera de un necesario ventilador, recogimos las maletas y tomamos el metro en dirección al aeropuerto. Me sentía tocado por la divinidad, realmente. Los últimos días parecían haberse sucedido de una manera perfecta; todo estaba en su lugar, y cada suceso ocurría en el momento y situación ideales, era afortunado por estar vivo y respirando. Por primera vez, sentía euforia al volver de un viaje, en lugar de melancolía. Llegando al aeropuerto, nos sentamos a la salida del metro, frente a una tienda. Compramos dos botellas de agua y las bebimos. Sacamos nuestros libros y los leímos en compañía. Parecíamos una pareja en ese momento.
Al final, entramos en el aeropuerto, dejé mi maleta y cruzamos a través del control. Recargamos nuestros móviles y nos dirigimos a la puerta de embarque del vuelo a Madrid, suponiendo que la de Valencia estaría cercana. Antes de ello, compramos algo para cenar en un puesto. Pablo se bebió su última cerveza griega. Nos despedimos y me acerqué a la puerta de embarque a Valencia. Hice cola y embarqué. El vuelo fue más tedioso de lo que esperaba. Sólo conseguí dormir poco después del despegue; el resto del tiempo permanecí despierto. Afortunadamente, servían comida y bebida. La comida, por desgracia, la sirvieron mientras dormía, pero pude disfrutar de un vaso de agua. Miraba al mapa que mostraba nuestro trayecto. Vi cómo sobrevolábamos Apulia, Calabria, Campania y Cerdeña, de camino a Valencia. El aterrizaje fue convulso, pero no me alteré un ápice, como de costumbre. Por suerte, volar produce en mí emociones positivas y raramente miedo, por no decir que nunca. Una vez abajo, tomé mi maleta e hice la cola para subirme a un taxi. Allí, me atendió un hombre delgado y de tez morena, con el pelo rizado y recogido en una coleta. Por su acento exótico supuse que era de origen latinoamericano en un principio, pero un ligero deje extranjero me sorprendió. Conversé con él, como suelo hacer con todos los taxistas, y me pareció ser un hombre de lo más inteligente e interesante, aunque luego me confesó ser analfabeto, y llevar trabajando diecisiete años en el taxi. Al llegar a mi destino, me reveló sus orígenes marroquíes, a lo que respondí hablándole de algunos de los sitios que quería visitar de su país, como Chaouen, por ejemplo. Me dio un par de consejos para visitar su país. Nos despedimos con un apretón de manos y volví a mi casa. Llevaba poco más de una semana fuera, pero me pareció haber estado una vida entera en el extranjero. Me sentía vivaz, pero conseguí conciliar el sueño sin problemas. El viaje había llegado a su fin pero, a falta de procesarlo, parecía seguir siendo un sueño maravilloso e irreal, difícil de integrar en la concepción de lo real. Sin embargo, esa vida onírica y dulce había sido mi realidad durante una semana.
Epílogo y apreciaciones finales

Hay un par de aspectos que marcan el significado tan especial que tuvo para mí este viaje: soy un helenófilo—y romántico— empedernido y explorar la cuna de la civilización occidental, que tan numerosas y vívidas fantasías ha inspirado en mí, era una asignatura pendiente que no se podía demorar indefinidamente; una Grecia cuyos propileos y templos yacerán ruinosos, pero de la cual otros pilares, metafóricos, sientan con vigor el fundamento de la civilización occidental.
Del mismo modo que Wilde, Byron o Goethe exploraron las tierras de helenos y latinos, ahora era mi turno, con una diferencia: los románticos decimonónicos provenían de esa mitad norte de Europa, tierra de germanos y celtas y, aunque naciese y creciese en los prados verdes de Asturias, que más tienen que ver con el aspecto y cultura del norte de Europa, siento que mi espíritu está irremediablemente vinculado al mediterráneo. Como hispano, los países bañados por este mar me resultan familiares, más de lo que resultaría a un Stendhal o un Dumas y, aún así, si uno permanece atento, encuentra un cierto exotismo que satisface el anhelo de novedad y el paladar estético del que viaja. Al margen de estos viajeros históricos, mis padres habían escogido Grecia como el destino de su luna de miel allá por al año 95, un año antes de que naciera yo, y poder compartirlo con ellos me parecía conmovedor.
He de decir que los últimos viajes que he realizado con Pablo y Julio han sido maravillosos. Son dos compañeros de viaje sin par. Pablo es un hombre racional y con un sentido recto del deber y la responsabilidad. Julio es un chico extremadamente puro y bondadoso, que ama y cuida incondicionalmente a sus amistades. Yo, a mi vez, soy un alma independiente y liberal, hedonista y dionisíaca, pero la conjunción con mis amigos modera mis tendencias naturales. Del mismo modo, creo que mi personalidad brinda ciertos insights a ellos. Se trata de un perfecto triunvirato, donde nuestras diferencias, más que disparidad, provocan una unión sinérgica.
A priori, no había tenido en cuenta como factor, la importancia de mi idilio con el mediterráneo. Antes de vivir en Valencia, anhelaba el mediterráneo. Algo dentro de mi ansiaba la cercanía de este mar ─ de la que había disfrutado en parte durante el año que viví en Pisa ─, y es que siento una conexión espiritual con este lugar. El mar mediterráneo, el mar de los griegos y los romanos, pero también de sus descendientes españoles, franceses, venecianos, napolitanos, genoveses o helenos, es el crisol por excelencia de la raza humana. Una masa de agua que tiende puentes entre tres continentes, delimitada por sus dos ápices: el Bósforo, que separa Asia de Europa y Gibraltar, que separa Europa de África. Al estar delimitado de este modo, se vuelve una especie de piscina, un cul-de-sac del océano atlántico que desemboca a su ve en una serie de mares, hasta el cul-de-sac ulterior, que sería el mar de Azov, en Crimea. El mediterráneo, el mar de Mármara, el mar Negro y este último conforman una matrioshka de mares, fenómeno inédito en la geografía terrestre. El mediterráneo es manso, cálido y acogedor. Sus olas, discretas, rompen suavemente contra sus playas, y las corrientes atlánticas penetran difícilmente a través de sus lindes. Las costas de este mar son frondosas y exuberantes, llenas de pinares y lentiscales. El clima cálido y húmedo permite el desarrollo de cultivos como la vid, el olivo y los cítricos, ejes centrales de la dieta mediterránea. Las aguas pacíficas permiten la navegación a mar abierto, por lo que, además, es un maravilloso terreno de pruebas, dado que en el océano Atlántico, hasta que Colón se aventuró hacia América, la navegación oceánica era, fundamentalmente de cabotaje, es decir, adyacente a la costa; de hecho, fue así que Vasco da Gama alcanzó las costas indias, rodeando el continente africano, o los vikingos Norteamérica.
Todos estos elementos se fundieron en un viaje lleno de misticismo, de conexión de la naturaleza, de fantaseo con la Grecia antigua. Los sitios de la Acrópolis y Delfos estimularon vívidamente mi imaginación. Cada suceso que tuvo lugar durante el viaje parecía necesario, irremediable; no podría haber existido otro cauce por el cual discurriera la realidad. La aparición fortuita de la Luna de sangre sobre las aguas del golfo de Laconia parecía un acto divino. La revelación de las estrellas en Kokkala y Methoni lo pareció también. Cada atardecer, cada amanecer, cada visión de un paisaje, de una nube, o de las playas griegas, parecían actos llenos de significado, momentos a los que todo acontecimiento anterior parecía conducir sin otro desenlace posible. Me dejé llevar por las tendencias del viaje, sin resistirme a ninguno de los sucesos que acaecían. Todo era bienvenido, fuera favorable o adverso.
Quiero subrayar la importancia de saber viajar, que implica una rendición total a la experiencia del viaje. En otras épocas de mi vida vivía inmerso en las ansiedades de la mente, en lugar de fiarme del cuerpo y la intuición. Hay quien vive el viajar de una manera encorsetada, con una planificación rígida e inamovible, de cara a visitar la mayor cantidad de lugares turísticos posibles en un día, sin renunciar a ningún aspecto de la planificación original. Esta cantidad de fechas y horas límite condiciona los momentos de disfrute. Es importante la organización, y saber cuál es el objetivo en cada momento, pero los momentos de recreo y disfrute espontáneos son parte de la experiencia también.
En el momento que se aprende a fluir, uno puede dejarse llevar por la espontaneidad, y permitir que surjan nuevos acontecimientos inesperados, que adornen la experiencia del viaje. A veces pueden ser positivos, a veces pueden no serlo, pero la capacidad de adaptarse a ello y superarlo hace a uno más fuerte y flexible.
Si uno sigue las señales de la intuición y el cuerpo, el camino se allana y todo parece invitar a moverse como si uno se deslizara, sin esfuerzo, sin frustración, sin hostilidad por parte del medio. Las ideas a priori son una condena, y pocas muestras de inteligencia hay más patentes que la de aquel que es capaz de renunciar en cada momento a sus ideas prefijadas y dejar que la experiencia directa actualice y reconstruya su concepción de la realidad. Es preciso viajar con los sentidos abiertos de par en par.
La cantidad de belleza que experimentamos fue tal que llegué a saturarme. Fue un viaje tan redondo, que a la vuelta me sentía eufórico, y esa euforia persiste dos semanas después. Esa energía que me ha regalado la vida la he podido invertir en mi trabajo y en mis amistades, y la gente en torno a mí lo siente. Es importante mantener siempre una actitud positiva y proactiva, pese a los reveses que puedan ocurrir.
Echaré de menos los paisajes y las maravillosas calas helenas. Por fortuna, abandono Grecia para volver a Valencia, donde puedo disfrutar del mismo mode de vie mediteráneo aquel que, irremediablemente, se adapta más a mi persona. Vivir relajado, disfrutando del momento, desenfadado y en conexión con el mar y la flora local. Aquí la vida es lenta y apacible, las mujeres morenas, atractivas y femeninas. El vino, dulce y abundante, y la gastronomía diversa y palatable. En lo mediterráneo hay un irremediable culto a la estética y el hedonismo. Se pueden ver los primeros atisbos en egipcios, griegos y romanos, pero hoy en día perdura. Hay algo intrínsecamente mediterráneo en este culto a la belleza que no se puede separar de su carácter y pervive hoy en españoles, franceses, italianos o griegos modernos.
Siento de alguna manera que el mediterráneo es el paraíso que se me negó de niño, y que tanto he anhelado. De joven, se me relegó involuntariamente a una tierra yerma y triste, como es Castilla. En la meseta abunda la tosquedad y la falta de gracia. La gente allí es cerril y obstinada, y su carácter está moldeado por la planicie de su geografía y la dureza de los inviernos. Los castellanoleoneses son espíritus germánicos, a diferencia de los espíritus latinos que abundan en el levante. Yo, sin embargo, me siento latino en el fondo de mi corazón, y un espíritu latino no puede prosperar más que en el lugar que le corresponde, del mismo modo que un naranjo o un olivo no medrarían en las llanuras de Europa del norte. Al final, tras mucho anhelar he encontrado mi lugar, y aquí siento que broto y florezco. Mi estética ha cambiado, y me noto más gallardo y llamativo que nunca; mi personalidad, a su vez, también lo ha hecho. Vivo relajado y desenfadado, disfrutando del momento sin culparme. Cuando decidí hacer de Valencia mi sede, había una fuerza dentro de mí que me empujaba ─ o atraía ─ hacia aquí. A veces, esas fuerzas intuitivas lo mueven a uno porque son actos reflejos que conocen la conveniencia de cada acción. Esos reflejos permanecen tácitos, no verbalizados, pero es preciso aprender a escucharlos, porque contienen el germen del futuro que está por materializarse. En el momento que seguí aquel impulso, algo intuía todo aquello en lo que me iba a transformar, y aquí me hallo.
