El decano James R. Gibson disfrutaba del aroma del té, regodeándose en el fantasioso mundo de las cifras. Versado en todas las ciencias, alumno aventajado de Al Juarismi, Euler y Pitágoras, había devorado libros de álgebra, algoritmia y geometría. Sus ensoñaciones ya no tomaban la forma de personas o entes, sino que lo que adornaba sus sueños era el danzar de los números, las proporciones, las figuras geométricas y los ángulos. Por las mañanas, se remozaba en la visión de los sólidos platónicos, uno a uno, mientras disfrutaba de su taza de té y unas tostadas con panceta y alubias, como cualquier inglés que se precie. Imaginaba los números mentalmente, aunque también los había hecho erigir una serie de púlpitos en su jardín, cobijados bajo unas cristaleras de las constantes lluvias. Los números y las letras surcaban su imaginación llenándola de escenarios hipotéticos que conducían ineluctablemente a teoremas y proposiciones. El mundo ya no era un mundo espontáneo y fenomenológico, sino que había tomado la forma de una marabunta de igualdades, fracciones, asíntotas, matrices y conjuntos.
Sin embargo, cada mañana, al ver a su mujer, Margaret, recién levantada, aún con la cara somnolienta y el pelo recogido, esa cuadrícula se desvanecía y dejaba su paso un sentimiento humano, intenso. «Tal vez sea esto aquello que llaman amor», se preguntaba. Aquel destello se desvanecía en el momento en que se volvía a abstraer en la profundidad de sus elucubraciones. La visión de sus vástagos, ya fueran sus mascotas caninas o sus revoltosos hijos, también lo reconectaban con esos resquicios de humanidad que afloraban entre axiomas y postulados.
El doctor Gibson ─ doctor en filosofía, no medicina─ gustaba de la lectura de las obras de Tolkien y, como éste, disfrutaba de pasear por los jardines, vericuetos y parterres de la universidad de Oxford, parándose a admirar durante largos minutos los entresijos y recovecos de los árboles, indagando en los ideales matemáticos y geométricos que daban forma a los patrones de cada corteza, a las ramificaciones y folículos de cada hoja bráctea y foliolo o las armónicas disposiciones de los pétalos en la corola. Toda protuberancia, corteza, fuste y ramaje obedecían a los designios de una realidad superior, platónica, pitagórica y sublime llena de entes idílicos e inmaculados que, en su progreso hacia los estratos más mundanos de la realidad iban entretejiéndose; sus formas abstractas tomaban progresivamente el cariz de objetos concretos, orgánicos, imperfectos y dinámicos, a diferencia de la realidad perpetua y perenne de las formas primigenias.
Aquella mañana, el paseo matutino, con su correspondiente avistamiento de árboles, se vio amenazado por el orballo, que golpeaba ventanales, tejas y el césped de los jardines. Margaret estaba ausente; había acudido a Londres con sus hijos para visitar a su hermana y disfrutar de una tarde de té con pastas en su coqueto adosado en Earls Court. El doctor Gibson, por tanto, tenía que cuidar de su fiel compañero canino, un grifón de Korthals mestizo, cuya cabeza y hocicos pardos así como los tonos grisáceos que cubrían su panza iban en armonía con el resto de sus congéneres; el pelaje negro azabache que cubría el resto de su cuerpo, salvo por los moteados pelos grisáceos y parduzcos de sus patas, correspondía a otra raza, desconocida para su dueño. Tal vez se tratara de un perro de aguas, improbable por ser el rizoso pelo que suelen presentar éstos últimos; acaso podría ser un braco alemán de pelo duro. El desenlace de este debate, recurrente en sus conversaciones con otros dueños de perros, le era francamente indiferente: si algo admiraba James Gibson por encima de las matemáticas ─ obviando a su mujer y sus hijas ─ era a Dom, su fiel compañero canino, al que rendiría pleitesía sin importar si perteneciera a un linaje mestizo o gozase de noble abolengo.
Cuando pareció amainar, tomó la madeja de llaves que reposaba sobre el velador. El eco de un movimiento en el piso bajo reverberó escaleras arriba. Se notaban el sonido de unas patas repicando contra el suelo, seguido de una sacudida. James Gibson bajó las escaleras y vio a su perro observándolo atentamente mientras agitaba vigorosamente la cola. Tomó correa y collar y lo embridó. Tanto el can como su amo atravesaron el zaguán, el porche y el jardín. Tras ellos sonó el portón cerrándose, anunciando así el comienzo del paseo.
Las calles, de pavimento grisáceo, aún lucían húmedas. Los charcos de agua emitían reflejos; otros, manchados con aceite de motor, lucían iridiscentes. La calle estaba desierta. Tan sólo irrumpían en el silencio los graznidos de los ánades, el sibilante sonido del viento que azuzaba las señales y el crepitar de las hojas otoñales. Los paseantes pasaron de largo por una casa custodiada por un doberman que, al detectarlos, se acercó a pasar revista. El debido peritaje, que realizó encaramado a una valla, consistía en una serie de ladridos, miradas y olisqueos; el acto provocó un rapto de violencia en el Grifón, y el encuentro acabó por saldarse con una escaramuza entre ambos canes ─ desde la debida distancia que suponía la valla ─. El doctor Gibson no vaciló en separarlos.
El paseo proseguía. Vislumbraron una figura umbría y difuminada a lo lejos. A medida que se iba acercando, tomaba una forma definida: se trataba de otra pareja de perro-amo. En este caso, el dueño era un hombre de rasgos orientales ─ arios o indoiranios para ser más exactos─, avanzado en edad, sus cabellos y barba plateados le daban una majestuosidad imponente y estoica. Caminaba con un paso sosegado sobremanera, característico e inconfundible. Le acompañaba Jerjes, su pastor belga. Al reconocer al doctor, el hombre levantó un brazo como señal de saludo; el otro correspondió. Se trataba de Ciro, vecino del barrio, originario de la exótica Samarcanda, hombre noble y pacífico, por el cual todo el vecindario sentía una especial predilección.
─ ¿Qué tal, James? ─ dijo al acercarse, con su particular deje oriental.
─ Todo bien, Ciro, vamos a pasear un poco a la fiera ─ repuso Gibson.
Los perros se avecinaron el uno al otro, no sin cierto frenesí y se dirigieron sus respectivos saludos, entre olisqueos.
─ Me alegro, me alegro ¿qué tal la familia?
─ Hoy están en Londres, por eso me quedo con el pequeño ─ levantó la correa con un gesto para aludir a Don.
─ Muy bien, muy bien. Hacía mucho que no te veía.
─ Sí, la verdad. He estado muy ocupado con el trabajo últimamente. Muchos proyectos, muchas conferencias y ha sido mi mujer quien paseaba al perro, por falta de tiempo.
─ Entiendo. A ella la he visto más veces últimamente, es verdad… Pues a ver si me paso pronto por vuestra casa, que he estado hace poco en mi país y os he traído un recuerdo ─ dijo Ciro, con una mirada ilusionada y gentil.
─ Hoy tengo toda la mañana libre. Acércate cuando quieras y te recibiré. Te invitaré a un té si quieres; he comprado uno exótico hace poco que está especialmente bueno.
─ Muy bien. ¿Te ha gustado el té que te traigo de mi país entonces? No tiene nada que ver con el que soléis tomar los británicos.
— Es diferente… las especias le dan un toque único, outstanding. Desde entonces, le echo menos azúcar, y mi figura lo ha agradecido.
Ciro se rió.
— ¡Pero si estás hecho un cachas, a ti no te hace falta recortar en azúcar! ¿Hasta cuando váis a estar paseando?
— Tal vez media hora, si no nos entretenemos, o este no se escapa a buscar presas.
— Bueno… nevermind. En una hora tocaré a tu timbre, sin compromiso alguno. Si todavía no has llegado, me vuelvo a casa.
— Malo será que no hayamos vuelto. Hasta entonces, have a nice one.
— You too, doc.
Los vecinos se despidieron y el doctor prosiguió. Adentrándose en un bosquecillo, vio caer de los árboles las hojas, desgastadas por el otoño. Los árboles decoraban la vista con miríadas de tonos, algunos verdosos, otros amarillentos y algunos rojizos. De uno de esos árboles, cayó una hoja: se trataba de una hoja de arce.
Al observar la forma de la hoja, le vino a la mente aquella vez que descubrió su pasión por las matemáticas. Siendo pequeño aún y, si bien destacaba en música, el álgebra y la aritmética no eran sus mejores amigas ─ pobre pronóstico para alguien que aspiraría a convertirse en decano─, pero hubo un acontecimiento que detonó una obsesión febril por los números. En su adolescencia, época en la que no se había despertado aún su tendencia académica, el doctor Gibson tocaba el bajo y cantaba en un grupo de música punk. La música se asemejaba a la de los Sex Pistols, pero con menor empaque y cargada de otras influencias. La idea de ser un bajista cantante la había tomado de dos de sus estrellas predilectas: Sting y Paul McCartney. Hasta entonces, la música había sido la gran pasión de su vida, hasta el punto que se había planteado abandonar la escuela para consagrarse a ella, tanto en el conservatorio como en su grupo de música. Una vez, entrando al despacho del director de su escuela —que había estudiado matemática exactas—, para ser regañado por mala conducta, algo captó su atención. Se trataba de una figura completamente negra, rodeada de un fondo colorido. La figura, tan extraña, podría parecerse a una hoja, si es que se parecía a algún objeto físico, con unas circunvoluciones, algunas romas y redondas y otras agudas e irregulares. Los patrones que conformaban la figura parecían repetirse una y otra vez, a menor escala, hasta el infinito. El director, mientras tanto, le reprochaba su actitud, una y otra vez, pero él no paraba de contemplar la imagen. El director salió unos instantes del despacho, dejándolo a solas con el cuadro. Se acercó y pudo leer «Conjunto de Mandelbrot».
Esta visión generó un rapto de obsesión por el dicho conjunto, y James Gibson, una vez despachado por el director, decidió estudiar febrilmente las matemáticas hasta poder comprender las bases que sentaban aquellas extrañas formas. Pasó de suspender cada examen a obtener todas las matrículas de honor de la clase. Las tardes, que empleaba previamente en la música y la vida ociosa, pasaron a ser tiempo de estudio, ya fuera en la biblioteca o en los despachos de su casa. Sus buenas calificaciones y el desempeño brillante que tenía en deporte, le garantizaron una beca para cursar los estudios superiores en Oxford. El joven caótico y desenfrenado de antaño, dedicado al punk y la rebeldía, había cultivado un nuevo camino mediante la disciplina y la pasión, gracias a la revelación (insight) que le proporcionó la visión del primer fractal, el de Mandelbrot. Con el tiempo, se granjeó un puesto en el profesorado, una cátedra y, eventualmente el decanato, inédito y precoz por su juventud, pero respaldado por un vasto cuerpo de trabajos e investigaciones. Pudo dedicarse en cuerpo y alma al estudio de la geometría fractal y, en aquella época, conoció a su mujer Margaret jugando al tenis en las canchas del campus. La geometría fractal fue su primer campo de interés, aunque cada nuevo hito en su carrera abría las puertas a otros campos de la matemática, igualmente interesantes, como la teoría de campos o los mundos de enésimas dimensiones, ante las cuales las tres clásicas eran insuficientes.
Al llegar de vuelta al hogar, James Gibson desbridó a Dom y entró a su chalé para preparar su almuerzo. Se notaba excitado y nauseabundo, como si estuviera intoxicado por alguna sustancia. Sintió el deseo de reclinarse en un sillón, pero le pudo la responsabilidad sobre su fiel compañero canino. Alcanzó a entrar, preparar un par de sartenes y desmenuzar otro par de salchichas. Vertió aceite de colza sobre la sartén y, tras calentarlo, dejó caer entonces la carne. Al contacto con la superficie, comenzaron a liberarse efluvios olorosos. El hedor, que provocaba náuseas en el matemático, excitaba a su perro, que agitaba fervorosamente la cola, a la espera de su almuerzo. El estado del doctor empeoraba, su vista se nublaba a ratos y el olor de la carne que, si habitualmente despertaba angustias ─ aunque normalmente tolerables─ en él, se volvía abrumador. Al cabo, las sensaciones cesaron, y sirvió el plato a su perro. Pudo reclinarse en un sillón del zaguán mientras éste devoraba la comida.
El doctor se relajó un rato, inspirando profundamente y dejando que el aire fluyese tranquilamente durante unos segundos más. Sin embargo, aunque se repuso de la náusea, empezó a sentirse extraño. El zaguán de su casa fue convirtiéndose, progresivamente, en un lugar ajeno, poco familiar. Levantó las palmas de las manos, que parecían garras primitivas. Los árboles daban la impresión de estar vivos, de sentir; de hecho, el viento los sacudía y éstos parecían bailar y respirar a su son. Oyó el rugido de una fiera a lo lejos, a lo que respondió otra, que se encontraba en las inmediaciones. Sintió el terror, e intentó gritar, en vano. Una masa invadió su visión periférica. Era una masa amorfa y peluda, dinámica, que emitía rugidos por doquier. La primera impresión fue una de terror absoluto ante la situación, un terror tácito, imposible de expresar, más frustrante si cabe cuando se trata de un hombre acostumbrado a dirigir su vida a través del pensamiento y los axiomas lógicos más absolutos.
Tras la primera impresión, tan ominosa, fue irrumpiendo una absoluta serenidad. El doctor notó que la tensión inicial se disolvía, y su cuerpo iba volviéndose muelle y fluido, cómo su piel y sus carnes se fundían con la tapicería del sillón y su conciencia parecía flotar errabunda, cada vez más y más alejada de su cuerpo, ora concentrada en torno a él, ora dispersa a lo largo y ancho del jardín. Creyó verse en tercera persona, como en un sueño o un viaje astral. Al fin, en un exabrupto, la conciencia pareció verterse de nuevo en su cuerpo, como succionada por un vacío. Las ideas volvían, de una manera muy incipiente, como si hubiera vuelto a ser un niño. Las palabras aladas propias de un adulto eran ahora gruñidos, no muy diferentes al primer «papá» o «mamá» que entonan los infantes. Alcanzó a incorporarse y se arrastró a gatas a su teléfono , en un estado de semiinconsciencia. Los números ya no eran números, sino una serie de garabatos pixelados, irreconocibles, que se asemejaban a un alfabeto exótico, como el cirílico o el bengalí. Tras una serie de intentos fallidos, una voz respondió al otro lado de la línea, una voz animal, compuesta de sonidos sibilantes y guturales. Al doctor le impresionó que fuera capaz de responder a esos gruñidos, encadenando otros tantos de ellos. No alcanzaba a comprender una sola palabra en todo aquello, pero parecía haber surtido efecto la conversación. Tras unos intercambios, el teléfono comenzó a emitir pitidos intermitentes. Los armónicos del pitido, sobre todo los agudos, se habían vuelto inusualmente límpidos e intensos. Lo último que el doctor recordaba, fue cómo su cuerpo se hundía en el suelo, y parecía volver a disociarse. La fiera que había aparecido antes ─ su perro─, había vuelto para zarandearlo con su pata y lamerlo, pero a él ya no le importaba, porque su conciencia se encontraba fuera de su cuerpo ya y comenzaba a vagar por la sala, desligada y libre de su vehículo somático. Ésta comenzó a viajar por escenarios de lo más variopintos, donde no existía ninguna ley subyacente, al menos regida por la matemática. Mundos caóticos e inestables, donde surgían formas que daban forma a otras, que se anexionaban a otras, o se cancelaban respectivamente, dando lugar a nuevas formas, inimaginables en un principio. Al cabo, sintió una sensación de unidad con todo aquello que vislumbraba, la sensación cálida y acogedora de sentirse salvaguardado por aquel mundo que experimentaba. Aparecieron entonces una serie de ángeles, muy diferentes a aquellos que ilustraban las imágenes eclesiásticas. No se trataba de jóvenes apolíneos con alas cígneas, sino de unos seres con naturaleza fractal y geométrica, armónicos y simétricos, compuestos por patrones dinámicos que se desarrollaban y culminaban dándose luz a sí mismos nuevamente. Los cuadrantes que los conformaban estaban en continua evolución, mutando en color y proporción, pero la figura implícita se mantenía constante. Llegó a conversar con alguna de estas entidades, que se expresaban en un idioma conformado por sonidos imposibles de articular por los humanos, o acaso imposibles de percibir con sus limitados sentidos. Los susodichos ángeles le mostraron habilidades asombrosas; eran seres capaces de crear mediante el pensamiento objetos materiales , si es que aquella realidad estaba compuesta de materia. Sus creaciones estaban llenas de vida y sus miradas transmitían una sensación cálida que el doctor reconoció. Su mujer le vino a la mente, y la relacionó instantáneamente con aquella sensación. Fue un instante de revelación y, pudo notar cómo una idea había surgido intuitivamente en él, una conexión, demasiado incipiente aún para ser verbalizada.
Repentinamente, tras ese momento de abstracción, uno de los «ángeles» le mostró el camino a lo que parecía una puerta, similar al portón de una iglesia, entre pilares dóricos ornamentados y resplandecientes. Al acercarse a la puerta, se vio succionado por una fuerza que lo envió a un túnel. El túnel estaba lleno de números, no de una manera escrita, tal y como uno lo podría observar en un papel, sino que los números que se le presentaban trascendían todo idioma. No se trataba de grafías, de representaciones, sino de números-en-sí-mismos, números en su manifestación más pura y cruda, más allá del lenguaje y la representación. Los números aparecían y desaparecían, interaccionando los unos con los otros. Estaban involucionando, es decir, yendo de un estadio complejo y sofisticado hacia un estadio primigenio y fundamental. Al cabo de esa progresión, los números tomaron la forma de las fracciones más básicas, para dar lugar a un número básico: la unidad. Fue entonces que tuvo lugar la segunda gran revelación. Esta revelación duró un instante, tras lo cual hubo un largo fundido, de duración indeterminada. Tal vez durara unos instantes, o tal vez eones. Al no haber un atisbo de existencia, todo se ralentizó, hasta tal punto que el tiempo se volvió irrisorio. Cualquier tipo de medida se volvió irrisoria también. Sólo había un eterno fundido, como si uno se encontrase en las inmensidades del océano, donde no alcanzan los rayos del sol.
Tras un tiempo indeterminado bajo ese océano, su conciencia emergió a la superficie, surgiendo en un entorno ajeno. Curiosamente, inició el viaje astral flotando sobre su cuerpo, pero esta vez pareció emerger de las profundidades de éste. Confuso, hizo un amago de mirar a su alrededor, pero no era capaz de mover su musculatura, como si se encontrase en un estado de terror nocturno. La visión, pasó de borrosa a diplópica, y de diplópica a definida, ante lo cual se dibujaron unas figuras embozadas en trajes verdes, gorros y mascarillas. Una de ellas le dirigió una serie de gruñidos, e infundió un líquido en su brazo, a través de un catéter. De algún modo, el doctor era consciente de lo que suponía esa escena, aunque su mente fuese aún incapaz de verbalizar ningún sentimiento. Le invadió una sensación de pánico, que duró poco, porque su conciencia fue catapultada de nuevo al interior del mismo foso del que había salido.
El doctor despertó en una sala de hospital, amnésico y desorientado, ignorante de aquella aventura que le sobrevino tras su rutinario paseo matutino. A pesar de todo, en los días siguientes, sufriría episodios analépticos (que los anglosajones denominan flashbacks), en los que reviviría ese periplo, tanto en la vigilia como en el sueño. Su mujer estaba sentada en una silla, asiéndolo por la mano. Al fondo, había una figura ataviada con una bata blanca y un objeto serpenteante. El ofidio en cuestión resultó ser un fonendoscopio.
─ Parece que está recobrando la consciencia ─ dijo el hombre de la bata, que sacó una linterna e hizo una serie de ademanes con ella, para evaluar sus reflejos pupilares y oculares ─ Hola, soy el doctor Jenner, ¿cómo se llama?
James Gibson, aunque consciente de sus alrededores, había retrocedido a un estado de mutismo y averbalidad, aunque las palabras iban reconstruyéndose en su imaginación, del mismo modo que un puzzle se vuelve a organizar tras ser desordenado.
─ ¿Sabe dónde está? ─ insistió el doctor ─ a lo cual Gibson hizo un ademán negativo ─ ¿Qué día es hoy?
La respuesta fue la misma.
Pese a su mutismo, Gibson era capaz de organizar las piezas ─ los sonidos ─ que organizaban el lenguaje en su imaginación. Los monosílabos ─ y el idioma anglosajón estaba lleno de ellos─, dada su simpleza, aparecían sin problema Las palabras de dos sílabas se antojaban algo más complicadas de idear y, a partir de las tres o cuatro sílabas, la palabra se perdía; es decir, que al formular las últimas sílabas, las primeras se habían dispersado en la inmensidad. Lo mismo sucedía con las frases. Era imposible encadenar el mínimo conjunto de unidades semánticas capaz de formar un conjunto coherente. Más allá de eso, la ejecución motora era más complicada, si cabe. El resultado fue una serie de murmullos y gruñidos incoherentes. Sin embargo, era capaz de comprender todo aquello que a lo que el doctor se refería, como si la comprensión fuera un acto reflejo, aunque la expresión se hubiera vuelto robótica, torpe y farragosa.
El doctor abandonó la sala tras la exploración rutinaria y pudo disfrutar de unos momentos a solas con su mujer. Al observarla, le invadía una sensación sublime, como si se encontrara ante una maravilla de la vida. Su mujer, pese a encontrarse remodelada por el paso de los años, seguía luciendo hermosa, y era capaz de intuir en sus facciones actuales los rasgos que caracterizaban su atractivo en la juventud. Ella le agarraba la mano y él, extasiado, la contemplaba, sin necesidad de articular palabra. El mero hecho de contemplarla se había vuelto placentero.
─ Los niños y Don están con mi madre ─ decía ─ te acuerdas de ellos, ¿no?
El doctor asentía.
─ ¡Qué susto me has dado! Sólo espero que vuelvas a la normalidad─ decía, sollozando, casi entre lágrimas.
A ratos la señora Gibson se encogía y lloraba, siempre con las manos de su marido agarradas. Las horas transcurrían y, mientras, ese lento proceso de reorganización foneticosemántica que tenía lugar en la mente de James Gibson progresaba. Sentía como si hubiesen trasladado todos los libros de su «biblioteca lingüística» a una nueva sede y una serie de bibliotecarios estuvieran reorganizando cada estante y anaquel, de modo que volvieran a encontrar una configuración óptima. El catálogo estaba en proceso de desarrollo y, el armazón que sentaría las bases de su nueva conformación era aún incipiente.
Al cabo, fue capaz de verbalizar unos primeros sentimientos primitivos.
─ Aaaa….─ gruñía, apretando la mano de su mujer ─ …ua.
─ ¿Quieres algo, cariño?
─Agua─ expresó, al fin.
La emoción invadía el rostro de su mujer, que se giró para alcanzar una botella de agua con gas. Se la ofreció, y este bebió.
─«Acias»─ dijo, mientras se la devolvía.
Acto seguido, el doctor cayó rendido.
Con el paso de los días, comenzó a formar frases. La visita médica diaria iba tomando un nuevo cariz. Al comienzo, antes siquiera de que el doctor Gibson recobrara la conciencia, se limitaban a la auscultación, el examen pupilar y la palpación corporal. Con el tiempo, el doctor Jenner comenzó a realizar exploraciones neurológicas y, sobre todo, neurolingüísticas. James Gibson comenzó a recuperar el habla, paulatinamente. Las ideas surgían y desaparecían de su mente torrencialmente, y verter una a su garganta para que tomase forma parecía una labor harto difícil, por lo que seleccionaba las ideas con mimo, y ponía toda su atención en la ejecución correcta. Comenzó a levantarse del lecho y a deambular por los pasillos del pabellón neuropsiquiátrico; incluso se aventuró a bajar al patio central para disfrutar de la mañana bajo las copas de los árboles. Al cabo, el doctor Jenner pudo escribir en la historia clínica: «Consciente y orientado en las tres esferas. Correcta articulación y prosodia. Buena evolución, con alta próxima y rehabilitación subsiguiente».
─ James, ¿qué tal estás hoy? ─ dijo el médico el día del alta, entrando a la habitación. James Gibson estaba reclinado en una butaca. ─ ¿Has desayunado algo? ¿Sí? Incorpórate y te ausculto.
El doctor tomó el fonedoscopio y recorrió el pecho y la espalda del paciente. Le indicó que levantase las piernas, que moviese los brazos en varios planos; posteriormente, hizo lo propio con la musculatura facial. Lengua, ojos, mejillas. James Gibson le enseñó al doctor Jenner, incluso, a modo de chanza, la habilidad que tenía para mover las orejas, que había conservado intacta.
─ Tengo buenas noticias, James. Estás perfecto y te puedes ir a casa ya. Escribiré un informe y cuando lo tenga listo podrás marcharte. Te daré una cita dentro de unas semanas para ver qué tal estás, y consultaré a los compañeros de rehabilitación para que te hagan un seguimiento, ¿de acuerdo?─ explicó el neurólogo, lo cual culminó con un toque en la espalda del doctor Gibson.
─ Muy bien, doctor. Muchas gracias ─ repuso James Gibson.
— Te has recuperado muy rápido, James, el tuyo es un caso excepcional. Puedes sentirte afortunado — dijo sonriendo—, y da gracias a tu mujer, que ha estado aquí velándote todo este tiempo.
— Y a tu vecino Ciro —añadió ella—, que te encontró en el zaguán de casa medio inconsciente.
A lo largo de la mañana, Gibson recorrió los pasillos del hospital, parándose cada poco a contemplar los cuadros e imágenes que adornaban las paredes. Todo a su alrededor le parecía bello. Se quedaba absorto contemplando los árboles y las nubes. Los ángulos de los edificios habían perdido su geometricidad y ahora la arquitectura se antojaba espontánea, orgánica y redonda.
En su mente, un nuevo teorema iba tomando forma: la unidad. No existía otro número que no fuera el uno, y el resto de números no eran más que divisiones de la unidad. Esto tenía implicaciones matemáticas y filosóficas. Si uno lo pensaba, el hecho de suponer una silla, implicaría que hubiera una no-silla, es decir, todo el resto del universo. Esa abstracción, la de la dualidad, implicaría la división de la unidad en dos mitades, que se anularían la una a la otra. A su vez, la clase «silla» se podría subdividir, si hubiera una cantidad de sillas mayores que la unidad, dando a fracciones de la fracción original. Habría, también, diversas clases de silla con su recuento correspondiente de individuos. En definitiva, todo se podía dividir y, con cada división, obtener números cada vez más delicados, complejos y sutiles, pero todas aquellas divisiones estaban basadas en la división original, de la unidad. Era algo así como el proceso por el cual la luz de un haz blanco se dividía en los colores del arcoíris que, mezclados en diferentes proporciones, crearían todo el abanico de colores existente. Cuando llegó a su casa, se sentó en el escritorio y comenzó a plasmar todos esos pensamientos, elaborando una teoría que unificara todas las revelaciones que experimentó, con la idea básica de la unidad haciendo de puente entre todas sus hipótesis. El proceso fue duro, al principio no hallaba el lenguaje, verbal o matemático, para desarrollar sus ideas pero, tras un rato, todo comenzó a fluir, y los hitos se sucedían. En un estado de completa abstracción, llenaba de garabatos papel tras papel; algunos de ellos acababan en la papelera, mientras que otros sobrevivían al filtro de su juicio. Apenas si acudió al baño a por agua. Sentía como si las ideas burbujearan desde lo profundo de su mente y, a través del papel y el lápiz, se materializasen. Al final, consiguió unificar en una serie de ecuaciones su teorema. Suspiró. Dejó que la tensión de su cuerpo se disolviera. Su mente estaba en blanco, su cuerpo ruborizado y sudoroso como el de un atleta. Sentía como si fuese una parturienta que acabase de dar a luz. Su «hija» estaba frente a él en el papel. Se reclinó en un sillón cercano, respirando fuertemente. Se sentía hueco tras haber liberado todas sus tensiones y pretensiones intelectuales. Respiró más y más pofundamente. Al cabo, cayó dormido.
A la mañana siguiente, su mente había vuelto al estado basal. El frenético del día anterior había restablecido gran parte de sus facultades. A nivel psicomotriz notaba una tranquilidad parsimoniosa, tanto en el movimiento como e habla, pero su capacidad de pensar y calcular habían recuperado la velocidad. Ahora sentía como si tuviera un espacio mayor entre palabra y palabra, por donde se abría un abanico de posibilidades discursivas, de decisiones, de destinos.
Intentó trasladarle a su mujer el teorema. Ella lo tomó por loco, pensando que había sufrido algún tipo de secuela del accidente. Le dio una de las píldoras que le habían facilitado en caso de que sufriera delirios. Se tranquilizó, pero seguía pensando en su teorema.
Los meses que prosiguieron a su recuperación, que oficialmente debían dedicarse a la rehabilitación, los empleó realmente en trabajar sobre la base de aquel teorema: el objetivo era pulir los detalles de sus retazos originales y esbozar versiones de otros teoremas integradas con su nuevo hallazgo. Le poseían ataques febriles de inspiración. El trabajo mental que supuso facilitó la rehabilitación. En sus tiempos libres paseaba con Don por los alrededores de su hogar, sumido en la más profunda contemplación de su entorno: los árboles y el césped eran más verdes que nunca; las flores gozaban de un colorido sin igual; los cantos de los pájaros parecían sinfonías de la naturaleza en consonancia con el soplido del viento. Un sentimiento de unidad subyacía todo lo que experimentaba; su mente, antaño hiperactiva, se había ralentizado y los pensamientos no surgían ya del intelecto, sino que parecían brotar de un modo espontáneo e intuitivo, sin mediación alguna de la razón o el intelecto. El doctor Gibson vivía en un estado continuo de iluminación.
Su teorema recibió duras críticas: la comunidad científica se negaba a aceptar sus ideas. Muchos de sus colegas consideraban sus ideas peripatéticas y delirantes, si bien es cierto que una minoría silenciosa, aunque no se atreviera a expresar su apoyo en público, lo alentaron en privado y se sentían fascinados por ellas. El doctor se sentía indiferente a las críticas, pues se sabía conocedor de una verdad profunda e inaccesible a muchos, que vivían condicionados por sus prejuicios. Sin embargo, sus detractores comenzaron a extender sus sentimientos negativos y a hacer del doctor y sus ideas un chivo expiatorio. Las elecciones decanales se adelantaron, bajo pretextos absurdos y forzados y, misteriosamente, el doctor Gibson fue depuesto, ganando su rival ─ que criticaba duramente su teoría─ por una amplia mayoría. En sus apariciones públicas, el nuevo decano dejaba caer ciertas referencias hirientes a su predecesor, que muchos se negaban a aplaudir; unos pocos fieles del nuevo decano, estallaban en risas estentóreas. El doctor Gibson volvió a ocupar su despacho en el departamento de geometría, donde recuperó sus viejas líneas de trabajo apaciblemente, ajeno por completo a la ignominia. Se embarcó en un nuevo proyecto: la publicación de un libro en el que detallara sus vivencias y su particular accidente. Éste fue un éxito entre el público general, haciéndole ganar numerosos adeptos, aunque también generó un aluvión de críticas por parte de sus rivales, que lo acusaban de haberse erigido en un «adalid de la pseudociencia» y un «escritor de autoayuda camuflada con letras griegas e igualdades». A partir de entonces, se ganó la vida como escritor y divulgador, participando en numerosas conferencias y programas televisivos. Abandonó su cátedra y se trasladó junto con su esposa e hijos a la mallorquina localidad de Andratx, donde lleva una vida apacible, dedicada a sus seres queridos, la navegación y el cuidado de su coqueto huerto ecológico.
Hay quien podría pensar que el accidente le permitió la oportunidad de culminar su carrera con un gran hallazgo, aunque la comunidad científica no estuviera preparada para ello. Sin embargo, en su chalé en Andratx a la sombra de un magnolio floreciente, me confesó lo siguiente: «Las matemáticas poco importan ya. Las he amado con todo mi corazón durante muchos años, porque ellas le dieron sentido a mi vida, una vida de caos que necesitaba el orden puro de las cifras, pero eso ya ha quedado muy atrás. ¿Sabes cuál fue la mayor revelación de mi experiencia? Ver a mi mujer tras viajar por cielo e infierno, verla como nunca antes la había visto. Por sus ojos relucía el mismo fulgor que lo hacía el día que nos conocimos y, pese a que ahora somos viejos y estamos llenos de arrugas, la sigo viendo preciosa. Veo a mis hijos crecer y me emociono. Había vivido tanto tiempo entre números —ya sabes que los números son entes abstractos, insensibles, desconocen lo que es la emoción de los seres orgánicos—, que se me había olvidado que los seres humanos éramos capaces de amar. Desde entonces, lo único que me importa es amar: amo todo lo que me rodea. Amo esa palmera que ves a lo lejos; amo a mi familia; te amo a ti; amo mi casa, con su frondoso huerto; amo la oportunidad que me ha dado la vida de seguir aquí y disfrutar cada respiración; amo incluso a aquellos que me alejaron de lo académico, porque gracias a ellos aquí estoy, y gracias a ellos descubrí la vida que me hace feliz, y mediante la que hago feliz a otros tantos. Espero que ellos encuentren esa verdad que están buscando: la mía, le he encontrado y la compartiré con quién este dispuesto a escucharla. Al resto, les deseo desde el fondo de mi corazón que encuentren la suya propia»
Nota del autor: La primera inspiración de esta historia vino de una conferencia Ted con la que me topé en YouTube. En ella, una neurocientífica, Jill Bolle Taylor, narra con una expresividad y elocuencia elogiables, la experiencia de su infarto cerebral. El ictus en cuestión afectó a su hemisferio izquierdo, silenciando esa «mente analítica», poniendo de manifiesto otra realidad, una de presencia, de unidad, una realidad en la que sólo existía el momento presente. Recomiendo al que esté interesado que visualice su ponencia completa, lo cual no será una pérdida de tiempo en absoluto.
En este sentido, me parecía interesante hacer una reinterpretación de esta historia desde mi propio prisma: el protagonista, un profesor de universidad que vive absorto en el mundo de lo abstracto; alguien para cuya vida es su trabajo, y cuyas amistades y seres queridos han sido sustituidos por letras, cifras y signos. Sin embargo, este personaje tiene momentos de lucidez humana, aunque ese velo de intelectualidad lo opaque la mayoría del tiempo. Una experiencia similar a la de la neurocientífica antes mencionada, oblitera ese velo, poniendo manifiesto una realidad que desconocía o, acaso, había olvidado.
Durante su accidente, para cuya descripción me he servido de varias fuentes, a saber: la propia descripción de Jill B. Taylor de su experiencia, testimonios de algunas experiencias cercanas a la muerte y testimonios de usuarios de algunos tipos de drogas, como las disociativas —ketamina, salvia— y las psicodélicas —varias de ellas, aunque el que conozca las referencias adecuadas, reconocerá escenas características de las descripciones del estereotípico viaje de DMT, tan popularizado y extendido.
Tiempo atrás, me topé con un artículo de un autor (Donald DeGracia) que trataba de las relaciones de la cosmovisión del yoga y las matemáticas. En ese artículo, referenciaba una teoría que aseguraba que el único número existente fuera el uno, y el resto de números, una división de este mismo. Tal y como entendí este concepto —y mi compresión de este tal vez sea muy diferente de la teoría que enunció el autor de esta teoría—, podríamos entender que el número dos no es más que una abstracción, derivada del número uno, porque multiplicidad implica división. Si se pretende describir el conjunto «persona», podríamos describirlo como una unidad, un conjunto en sí mismo. Sin embargo, uno puede dividir el conjunto en las unidades que lo conforman, pero ese número de personas —supongamos que tres, por ejemplo—, existen en relación al conjunto original. Es decir, serían cada una una fracción del número original. Si este razonamiento se lleva a cabo indefinidamente, podría entenderse que hay un origen de unidad absoluta, a partir del cual se origina toda multiplicidad, y esta multiplicidad parte de una simple abstracción: en el momento en que se delimita un objeto, es indivisible de su no-objeto, por lo que la unidad sigue implícita, incluso en la división.
Al margen de estas disquisiciones filosóficas: nuestro protagonista sufre un accidente cerebrovascular que lo mantiene en un velo entre la vida y la muerte. Allí, descubre esas verdades tan repetidas en el mundo de la espiritualidad: todo es uno, todo es amor, y no es posible separar a uno mismo de su prójimo. De un modo simbólico, esta revelación viene a él a través de la contemplación de los números-en-sí-mismos y en la visión de cómo estos involucionan hasta la propia unidad. Pese a ello, es la segunda revelación aquella que tiene mayor peso en el cambio que provoca la experiencia: al contemplar a su mujer, se da cuenta del amor que siente por ella, algo que experimenta de una manera corporal, no conceptual. El protagonista no sólo abandona su cuerpo y sufre un viaje astral, sino que abandona su intelecto y su mente conceptual y empieza a a experimentar desde la intuición, desde la sensibilidad pura, desde la emoción, sin contaminación de la parte analítica de la mente. Ve a su mujer desde un nuevo prisma: la ve tal y como es, la ve hermosa y vuelve a enamorarse de ella. El sentimiento de amor lo invade; siempre había estado presente, pero oculto bajo el velo que suponía el intelecto. Una vez saldada su deuda con las matemáticas, lo cual se materializó a través de su teorema, volcando su vida hacia el cuidado de su familia y la vida contemplativa. Las matemáticas, como dice en el último párrafo, recondujeron la vida de un joven caótico y confuso, pero quedaron obsoletas ante el descubrimiento de un orden aún superior de la realidad.
A modo de broche, quería añadir que Dom, el perro del doctor Gibson, no se trata más que de mi querido perro Benji. Quería inmortalizarlo de algún modo en el papel, y algunos de sus manierismos quedan reflejados en la descripción que hago de Dom. Earls Court, vecindario de Londres, fue el lugar donde me alojé junto con mi madre en mi primera visita a la capital inglesa, cuando contaba con la corta edad de ocho años, edad que no me impedía hablar inglés fluidamente con los locales. Recuerdo vagamente la estampa de la calle donde nos alojábamos, repleta de chalés adosados, el típico que uno imaginaría en el Reino Unido, de color blanco. Otras dos estampas que llevo grabadas en mi memoria son el auditorio y la parada de metro (Tube). Posteriormente, en mi adolescencia, descubrí que Syd Barrett, miembro fundador de Pink Floyd, no había vivido muy lejos de allí; bonita casualidad que ésta fuera uno de los grupos favoritos de mi padre — y mío— en su juventud. De hecho, en mi segunda visita a Londres, esta vez con mi padre y hermana, que habían permanecido en Asturias durante la primera, fue éste el que señaló, a la vera del Támesis, un edificio de ladrillo, tremendista y antiestético, pero no por ello menos imponente. Aquella mole enladrillada y cuadrangular estaba coronada por cuatro pináculos: unas chimeneas blanquecinas. Pese a estar acostumbrado a los altos hornos siderúrgicos que rondaban Avilés, o las instalaciones que se podían hallar en tan numerosos valles de Asturias, la visión de aquella mole me impactó. Luego, mi padre añadió: «Aquello que ves, Santiago, era una estación eléctrica. Se llama Battersea Power Station, y hay un disco de un grupo británico —Pink Floyd—, en el que aparece en la portada». A día de hoy, he escuchado Animals, y prácticamente toda la discografía del grupo, al menos aquella que merece la pena escuchar; sin embargo, esa imagen la tengo grabada en mi cabeza. Esta última anécdota no tiene nada que ver con el relato pero, ¿acaso no se entiende mejor la obra cuando el autor revela pequeños insight sobre su mundo interior?
