Berliner Tagebuch: crónica de un viaje a la capital teutona.

19/4/24

Los días previos al vuelo, me notaba agitado. Se avecinaba mi primera visita a Alemania, ese país de mentes cuadrangulares y espíritus recios, cuya lengua había estudiado tan intensivamente, pero que no había tenido oportunidad de poner en práctica apenas. La tarde anterior, la pasé en el hospital, dedicándome a las tareas de la guardia. A la mañana siguiente, despaché todas mis obligaciones, di el pase al resto de farmacéuticos y tomé mi mochila, poniendo rumbo al aeropuerto.

El metro me dejó a sus puertas, donde hice una entrada que supo triunfal. El paso por el control fue ligero y sencillo; me hice a la puerta de embarqué y aguardé allí sentado. Disfrutaba de la música de Sufjan Stevens, entre otros. La música me emocionaba.

Volaba en la alemana EuroWings, y parecía que la mayoría de los pasajeros fueran teutones también. El embarque fue rápido y eficiente. El vuelo, con escala en Düsseldorf, se me hizo largo, tal vez por la avidez antes mencionada. En el aeropuerto de Düssi tuve mis primeros pinitos — no muy gráciles— con la lengua alemana y, recuerdo con cierto mimo, cómo una pareja de españoles, quizá suponiéndome italiano, se dirigieron a mi con un scussi. Por si acaso no hubieran visto que en mi documento de identidad—que llevaba en mano, a la vista de ellos—había una bandera rojigualda, les contesté amablemente en castellano.

Al cabo, aterrizamos en Berlín. En el vuelo a Düsseldorf, abundaban los alemanes estereotípicos; uno de ellos, rubio, de pelo liso, piel blanca opalina y gafas de culo de botella, me pareció la viva imagen de oficial nazi, pero disfrazado de hombre contemporáneo. Sin embargo, camino a Berlín, se comenzaban a apreciar otras estéticas. Los alemanes, por lo general, visten a lo demodé; su estética es utilitaria y funcional y no buscan una pompa excesiva al vestirse. Aún así hay quien viste con gusto, a pesar de la parquedad. En Berlín, por el contrario, impera una estética al margen de estos cánones: el negro domina la paleta de colores, aunque no por ello dejan de verse berlineses engalanados de colores vívidos. La estética tiene influencias de lo gótico, lo industrial, lo futurista y lo sádico. 

Fui en tren desde el aeropuerto a Alexanderplatz, donde me encontraría con Julio, que llevaba desde por la mañana en la ciudad. Las vías del tren surcaban bosquecillos (Haine). Al cabo, hicimos entrada en la ciudad. Las vías elevadas que hay por doquier, permiten al que viaja en tren o en metro — que allí llaman U-Bahn— disfrutar de las vistas de la ciudad mientras se viaja. Mientras viajaba, reconocí un pináculo distintivo: se trataba de la archiconocida torre de televisión, que se alza en Alexanderplatz y domina la ciudad, siendo visible desde cualquiera de sus puntos, como si de un Aleph se tratara. Desembarqué en Alexanderplatz y me dirigí ipsofacto a los pies de la imponente torre, para fotografiarla. Estaba embelesado. Julio vino a mi encuentro y paseamos por los alrededores. Vimos el ayuntamiento rojo (Rotes Rathaus), y una iglesia que había no muy lejos, y fuimos a tomar el metro en dirección al hostal donde dormiríamos.

El metro de Berlín me sorprendió por la facilidad con la que uno puede entrar: no hay puertas de acceso con tornos, a diferencia del metro valenciano o el madrileño. La entrada es libre, uno tiene que comprar el billete en las máquinas y validarlo antes de viajar. Se podría viajar gratuitamente sin mucho esfuerzo, bajo el riesgo de toparse con un revisor. Cierto es que no encontramos ningún revisor en este viaje, y también lo es que no nos aprovechamos de los puntos débiles del metro berlinés; es decir, que pagamos nuestros billetes en todo momento. La línea U8 nos sorprendió con personajes de lo más variopinto. Aquella misma tarde, nos impresionó un mendigo, de origen árabe, que tenía algún tipo de lesión en las piernas y renqueaba, ayudado con un bastón. Pedía limosna en alemán con acento oriental, aderezándolo con algún puntual Allah, lo cual lo hacía sonar más sórdido y grave si cabe. Tras dos paradas, que se hicieron de rogar, bajamos en Heinrich Heine. Conforme bajamos, encontramos a nuestro paso un local icónico: la discoteca Kit-Kat, en su característica esquina con Köpenickerstrasse. Nos sorprendió que el local tuviera pintados en las paredes anuncios de sus próximos eventos, y que una boca de metro surgiera del mismo edificio donde estaba la discoteca. 

Tomamos Köpenickerstrasse, en dirección este, y nos impresionó otro edificio: se trataba esta vez de una central energética. Por sus chimeneas salía humo. Allí enclavadas, estaban las puertas de Tresor, una de las legendarias discotecas de Techno de Berlín y que tendría un papel central en este viaje. Una serie de pósters en sus muros anunciaban el cartel de la noche del sábado, conocida en alemán como Klubnacht: Decka, Madalba, Wata Igarashi, Zara en su sala principal.

Proseguimos calle abajo, hasta nuestro hostal. Dejamos nuestros enseres y nos hicimos a la calle.  Era media tarde y tendríamos tiempo para aprovechar el día aún. Nuestra primera excursión fue por el barrio de Kreuzberg, nuestro vecindario. En la misma Köpenickerstrasse, encontramos una mítica casa okupa berlinesa: la Köpi. Habíamos oído hablar de ella, pero no imaginamos que estaría tan a mano. Una chica que caminaba delante de nosotros, repentinamente entró en un recinto, del que salían otros dos hombres. Nos aventuramos y encontramos un patio interior, lleno de bicicletas y esculturas pintorescas. Había algún cartel que rezaba: «No tourists». Las paredes de la Köpi estaban llenas de arte urbano: destacaba la cabeza de un tigre psicodélico, rugiente, con dos calaveras a su costado. La chica entró en la casa; intentamos seguirla, en vano, puesto que la puerta estaba bloqueada y había que introducir un pin. Había otras entradas a la casa, también cerradas. Tras una de ellas, sonaba un grupo de punk ensayando. De algún modo, sentía que estaba violando ese espacio y nos teníamos que ir.

Nuestro paseo por el barrio continuó cruzando Bethanien, donde había un parquecillo y caminamos por Wrangelstrasse. En esta calle nos encontramos una curiosa fuente, con la que se podía achicar agua. Nos entretuvimos con ella un rato, infantilmente, entre risas. Cruzamos bajo las vías de tren que iban paralelas a Skalitzerstrasse, en dirección al Spree y encontramos un bar en el que tomarnos nuestra primera cerveza. Era un sitio oscuro, iluminado apenas por velas, donde servían cervezas artesanales. Nos decantamos por la cerveza de trigo, Weissbier. Intenté dirigirme en alemán al camarero, que no parecía comprender. Más tarde, me di cuenta de que no era germanohablante, para consuelo de mí, que ya temía ser un completo inepto en este idioma.

Despachamos la birra y pusimos rumbo a la East Side Gallery, aquel famoso tramo del muro que se conserva en pie y donde una serie de artistas han plasmado su obra. Cruzamos el Spree a través del puente de Oberbaum. Este puente, modernista, está hecho de ladrillo por completo y uno de sus márgenes está descubierto, mientras que por el otro pasa el U-Bahn. Mediante una serie de arcos ojivales, se puede echar un vistazo al río. Sobre el cielo, se veía una Luna gibosa, a punto de culminar.

Paseamos entonces por la galería. Contemplamos el famoso mural del beso, y también otro de los murales, bastante típico, que representaba unas coloridas figuras antropomorfas que parecían sacadas de un viaje lisérgico. Desde allí, aprovechamos la cercanía de Berghain para hacer una corta visita. Nos guiamos por los mapas de nuestros móviles. Paseando por la calle, nos adelantaron unas chicas vestidas con un estilo bastante berlinés. Una de ellas iba vestida con una falda, una sudadera de adidas, un gorro tipo beanie y unas zapatillas gazelle, todo en negro. Nos llamó la atención por su estilo. En todo momento fuimos detrás de ellas, por coincidencia más que por voluntad. Caminábamos por una vereda con helechos, bajo unos tilos, cuando vimos esas características paredes de color crudo: pellizqué a Julio, no creyéndomelo aún. Ese icónico edificio era el corazón de la cultura rave europea. Estaba cerrado. Había algunos otros turistas alrededor. Paramos a tomar unas fotos y volvimos en dirección al Spree. Habíamos acordado que el domingo de madrugada intentaríamos entrar, si aún nos notábamos con gana; sin adelantar acontecimientos, quiso el destino que no fuera así.

El sol se ponía en la capital teutona, y nosotros queríamos cenar. Bajo las vías del tren, las mismas que cruzaban el Oberbaumbrücke, había un establecimiento de Döner Kebab, que daba a la calle de Varsovia, o Warschauerstrasse. Entramos y pedí dos kebab, una de patatas fritas —allí llamadas Pommes— y un par de cervezas; era abrumadora la variedad de cervezas que había allí, muchas alemanas y otras tantas checas o de otros países centroeuropeos, generalmente tipo Pilsner. Entraron dos chicas rubias al local, y pensé por un momento que eran alemanas. Una de ellas, ojos verdes, pelo recogido al estilo clean look, gabardina beige y blusa azul, se me dio un ligero aire a Bella Hadid. Le hice un comentario a Julio, creyéndome a salvo, entre gente de habla turca o alemana. Las chicas se situaron detrás de nosotros: eran españolas, por lo que oí de su conversación. Quiso el destino reírse de mi, parece, pero tuve la oportunidad de impresionarlas: el Dönnermann se dirigió a mi y yo me desenvolví en el alemán más fluido que había hablado hasta el momento; quizá por nuestra necesidad de impresionar al sexo opuesto, siempre que hay mujeres cerca las habilidades de los hombres se agudizan y esta no fue una excepción. 

Recogimos nuestra comida y nos sentamos en la terraza. El Döner tenía poco que ver con lo que acostumbrábamos a ver en España. De las patatas me sorprendió positivamente que llevasen ketchup aderezado con curry; descubrí posteriormente que era bastante típica por aquellos lares. Las españolas no se sentaron muy lejos de nosotros. Tras cenar, se levantaron y se fueron en sentido contrario el río, hacia Friederichshain. Nosotros, sin embargo, pusimos rumbo a Kreuzberg, al otro lado del Oberbaum. Nuestro objetivo era un pub de Kreuzberg, no muy lejos del cruce de Wranglerstrasse con las vías del metro. El local, por el que habíamos pasado a las siete de la tarde y encontrado cerrado, era un lugar inspirado en la filmografía de David Lynch, en específico la habitación roja de Twin Peaks. Antes de pasar por ahí, nos tomamos un helado. Julio sentía escepticismo ante la idea de un helado bajo el frío Berlinés, pero yo, que ya los había degustado en los inviernos italianos con deleitantes resultados, estaba empecinado. Él eligió Hasselnuss (avellana) y yo Stracciatella; quizá una de las más marcadas herencias de mi padre sea mi preferencia por este sabor de helado, aunque la avellana orbita en mi podio, no muy lejos. Al parecer, Julio acabó disfrutando el helado. De camino al pub, nos dimos cuenta de la cantidad de africanos que había; muchos se quedaban mirando agresivamente, o se acercaban y preguntaban «Was gut?». Dedujimos que eran traficantes y querían vendernos droga. No tenía la intención de comprarles nada y, aunque lo fuera, no sería prudente comprarla de noche con trescientos euros de efectivo en la cartera—ya que aún no lo había guardado en un lugar adecuado

Desistimos y continuamos.

Llegamos al fin al pub en cuestión. Cobraban la voluntad para entrar, bajo pretexto de ser destinada a los músicos, pues era un local de música en vivo. Dejamos diez euros, ya que el mínimo eran tres y el máximo doce. Bajamos unas escaleras oscuras y llegamos al local. Era una especie de sótano, con paredes de ladrillo. A mano izquierda había una salita de hormigón con una máquina recreativa y, recogidos en una esquina, unos asientos, donde la gente se reclinaba para echar humo; aquel rincón parecía la zona de fumadores. Al lado de la máquina recreativa había una puerta y, tras ella, unas escaleras, bajo un cartel de «No smoking», que conducían a la sal de conciertos, donde ensayaban los músicos. A mano derecha, se entraba en el salón principal del pub. El punto fuerte de la decoración consistía en que todo estaba boca abajo: había un televisor, con imágenes de películas en blanco y negro, boca a bajo; los cuadros también lo estaban; las lámparas, y cualquier otro elemento. La música que pinchaba el DJ variaba entre techno downtempo y música ambient, a ratos bastante psicodélica. En definitiva, una versión edulcorada en BPMs de ese sonido oscuro, repetitivo e hipnótico que envolvía de manera ubicua las calles de aquella ciudad, siempre pulsante y constante. Fuimos al baño y nos encontramos unos chavales haciendo algún tipo de negocio allí dentro, algo que pronto descubriríamos que era práctica común en los baños de esa ciudad.

Tomamos algunas birras en el mismo bar. Nos sorprendió que en la carta hubiera una sección destinada a cigarrillos y pensamos—erróneamente— que fuera un eufemismo para algún tipo de droga en principio, pero los compramos aún así. Fuimos a encenderlos a la «zona de fumadores». Volvimos a la barra y nos sentamos allí. Había un grupo de chicas jóvenes bastante atractivas; parecían italianas. Una de ellas, rubia, de sonrisa amplia y ojos achinados cuando ésta se dibujaba, me cautivó. Parecía emparejada con uno de los chavales que pululaban por ahí, no obstante. Me di cuenta de que las chicas se fijaron en nosotros, pero desaparecieron. Explorando, nos dimos cuenta la razón: la gente entraba en la sala de conciertos, y allí nos dirigimos: estaba completamente llena, cuando media hora antes estaba vacía y sólo había unos chavales ensayando. Estuvimos un rato, escuchando aquel grupo, que tenía un estilo bastante electrónico —me recordó al estilo que están adoptando últimamente los Parcels—, aunque sería breve nuestra escucha. Un grupo de alemanas entró y preguntó en inglés: «Is it full?» a lo que contesté tajantemente con un «Es ist ganz voll». No hicieron falta más explicaciones. Volvimos caminando por las calles en penumbra de Kreuzberg hasta nuestro hostal. Allí, conversamos un rato antes de caer dormidos.

20/4

A la mañana siguiente, nos levantamos bastante pronto, alrededor de las ocho de la mañana. Íbamos a explorar el centro de Berlín, esto es, Postadmer Platz, la puerta de Brandenburgo y algo de la zona occidental de Berlín. Por la noche, nuestro plan era visitar alguna de las discotecas de Techno de la ciudad, siendo la primera de nuestras opciones Tresor, la más cercana al Hostel.

Fuimos a la parada de metro de Kottbuser Tor, para tomarlo en dirección hacia la zona occidental de Berlín. Esta línea de metro —que curiosamente se llama también Untergrundbahn (Tren subterráneo)—discurría por unas vías elevadas, lo que permitía gozar del panorama de la ciudad, con aquella torre de televisión siempre presente. A medida que el U-Bahn avanzba, dejábamos fachadas y calles atrás. Tras un largo trayecto, bajamos en los alrededores de la iglesia rota. La visitamos. Por dentro, había una serie de mosaicos llenos de vetas doradas que me recordaron irremediablemente a la iconografía ortodoxa, tan aurífera. Me chocó ver que la iglesia no tuviera rosetón y, en lugar de vidrio, hubiera una vasta oquedad. A los costados del  mellado templo había dos construcciones: una, recuerda a una caja de maquillaje; la otra, a una barra de pintalabios.

Desde allí, fuimos en metro hasta Potsdamer Platz. En el trayecto, nos topamos con un berlinés que nos sorprendió por parecer sacado del imaginario colectivo: reclinado sobre el asiento y con la mirada perdida, llevaba el pelo rapado—o calvo—, era de piel blanquísima, estaba ataviado completamente de negro y llevaba unas botas de cuero que le llegaban por encima de las rodillas.

Teníamos ganas de conocer la Deutsche Kinemathek, museo de cinematografía alemán, y hacer una rápida visita a Hansa Studios, el lugar donde Bowie grabó la trilogía berlinesa y Parcels su live vol. 1. La primera parada fue en el museo. En los aledaños de la plaza, hay unos edificios modernos que dan forma a otra plaza, cubierta por una enorme carpa que se sustenta en sus alturas. Uno de esos edificios albergaba el museo. Llegamos y pregunté en una mezcla de inglés y alemán cómo podíamos acceder a la Ausstellung (Exposición). Compramos dos entradas. La exposición era larga y compleja, pero destacaré dos detalles que me fascinaron a nivel estético: una sala futurista, a la que se accedía a través de un marco, donde había dos pantallas reproduciendo fotogramas de distintas películas; la sala había que recorrerla mediante un pasillo sinuoso. En otra sección, había unas escaleras de caracol metálicas enmarcadas en una sala de un blanco quirúrgico. Las paredes de la sala estaban llenas de espejos, lo que acentuaba la blancura, y los espejos permitían hacer fotografías con efectos visuales de lo más curiosos. Abajo, en la tienda de recuerdos, compré una postal con un pedazo del muro de Berlín. 

Después de nuestra visita al museo, nos acercamos a los estudios. La entrada estaba vedada a los visitantes, aunque se permitían visitas organizadas. No era nuestro caso. En una ventana había un cartel luminoso que mostraba imágenes de Bowie.

Emprendimos entonces el camino hacia la puerta de Brandenburgo, haciendo una parada antes en el monumento a los Judíos. Tras la puerta de Brandenburgo, nos avecinamos al Reichstag. Tal vez sean estos monumentos algunos de los más característicos de la ciudad y, sin embargo, me resultaron anodinos, como si fueran una parada necesaria pero no por ello cautivadora. Siento que el encanto de Berlín está más en su cultura underground. Me resultó mucho más atractiva la East Side Gallery, las casas okupas, esa ubicua torre de televisión o Teufelsberg, que visitaríamos el domingo. El encanto de Berlín está en su aura, en ese ambiente de contracultura que se respira en la ciudad, ese halo de libertinaje y decadencia, de crisol cultural.

Tomamos de nuevo el metro y bajamos en Alexandeplatz. Allí, fuimos a por Currywurst en un conocido local. En Berlín abundaban los establecimientos de Döner y Currywurst, grasientos y con una estética Kitsch. La comida allí parece pertenecer más a culturas exóticas que a la propia alemana. 

De Alexanderplatz volvimos al hostal. Descansamos y fuimos de nuevo a recorrer Kreuzberg, de camino a Friederichshain. Nuestro objetivo era un espacio en la rivera oriental del Spree llamado RAW. Sin embargo, de la que íbamos hacia allá, nos encontramos un desvío en el camino: entramos a por cerveza a una tienda y nos dimos cuenta de que había mucho ambiente en la calle. Nos acercamos al ambiente y vimos gente que entraba y salía de un edificio: era el Markthall, mercado local. Entramos y paseamos por el mercado, que me recordó en cierto modo al mercado central de Valencia, con un tamaño y arquitectura más modestos y sobrios. De la que salimos, fuimos a la rivera del Spree a acabarnos la cerveza, cruzamos Oberbaum y nos compramos otro par en el Döner Kebab de la noche anterior; el Dönermann se acordaba de nosotros y afirmaba: «Die Frauen in Spanien sind schön». Nos adentramos Warschauerstrasse arriba, e hicimos una incursión por Friederichshain. Allí había baños portátiles que aprovechamos para aliviar nuestras necesidades, agudizadas por la cerveza; los baños, por desgracia, no eran especialmente higiénicos y, de hecho, en uno de ellos nos esperaba una sorpresa algo escatológica. De vuelta en el río, encontramos el espacio RAW. Paseamos por lo que parecían una serie de tinglados y edificios portuarios de ladrillos habilitados con locales. Había multitud de pintadas y graffitis también. En uno de los espacios, sonaba house, aunque nos negaron la entrada por ser una fiesta privada. Al cabo, volvimos al hostal, donde nos preparamos escuchando techno de cara a la aventura nocturna. Julio estaba demasiado eufórico.

Al salir del hostal recordé que en Berlín hay mucha selección en las puertas de los locales, y que no habría que perder de vista la posibilidad de que no entrásemos en Tresor, lo que nos obligaría a buscar alguna otra opción, probablemente RSO, que estaba en un punto lejano de la rivera del Spree e implicaba tomar un taxi a la fuerza. De todos modos, buscamos el punto más débil para entrar:  a primera hora, siguiendo además todos los cánones del queueing berlinés. Julio no se tomó a bien esta conversación y su estado de ánimo cambió a taciturno e inquieto.

El camino hacia «nuestra» zona de Kreuzberg —las inmediaciones de Wranglerstrasse que hay entre Oberbaum y el parque de Görlitzer— fue silencioso y procesional, favorecido por la tenue iluminación de aquellas calles. En Wranglerstrasse apenas había gente, y muchos locales estaban cerrados; al final encontramos un restaurante libanés donde pedimos un Shawarma, palabra con la que los árabes levantinos llaman al Döner, aunque estos platos sean, en esencia, idénticos. Íbamos a tomarlo afuera, en los bancos corridos de madera, pero Julio me sorprendió entrando. Pensé que tendría frío, pero me dijo que había visto gente rara —más rara si cabe de los que habíamos visto hasta entonces—, en los alrededores, como «…un hombre que estaba con su presunta novia, había aparcado la bicicleta allí y había comenzado a hacer flexiones, equilibrios y otras virguerías en la barra de una de las señales de la calle». De Berlín poco me sorprendía tal estampa, pero comimos dentro aún así. El libanés estaba reproduciendo música de Julio Iglesias, lo que nos pareció, cuanto menos, cómico; el momento era variopinto, sin lugar a dudas. En silencio y al son de «Soy un truhán, soy un señor», tomamos el shawarma, con una Fritz-kola, ya que no vendían alcohol en ese establecimiento. Me había costado hacerle entender al libanés que quería un shawarma con picante y otro sin: «ein scharfes und das andere nicht scharfes»; habría sido más fácil pedir los dos con algo de picante. En medio de nuestra cena, entró un tipo vestido con un mono de trabajo, mientras el libanés estaba en la trastienda. Entró al baño y, al salir, se encontraron. Pidió disculpas y alegó un Notfall (Emergencia) como pretexto.

Tras salir de ahí, compramos un par de birras y un vapeador en un Späti (abreviatura de Spätkauf, que es como llaman en Berlín a esas tiendas callejeras que abren hasta altas horas). Mantuvimos durante todo el viaje la costumbre de comprar cerveza y beberla en la calle, mientras fumábamos cigarillos, aprovechando esa libertad que se nos niega en España; realmente, me sentí afortunado de poder gozar de ese laisser être que hay en Berlín y poder hacer lo que quisiera sin que a nadie le importase. Allí, everybody’s minding their own damn business. En España, según en qué lugares también es así, aunque en Valencia y otras ciudades grandes esto depende mucho del ambiente. En las provincias es al contrario, y el carácter provinciano de la gente, los alienta a señalar al diferente y al que hace algo que rompa con la norma social imperante. No hay mayor placer que poder ser como uno quiera sin temor a que a uno lo señalen, o el poder hacer lo que uno quiera sin temor a que lo reprendan, y en Berlín eso es posible.

Libertad es prosperidad, definitivamente.

Antes de partir definitivamente a Tresor, nos refugiamos en el hostal. Emprendimos el vuelo finalmente alrededor de las once y media. Llegamos a los aledaños de aquella imponente central eléctrica. Desde la entrada al recinto, se veía la cola del vecino Kit-Kat, y había algunos demacrados que se acercaban, al son de la misma canción: «Koka, Ekstase, Keta», tal y como si fuese el mismo que ofrece Coca-Cola, Fanta y cerveza en la playa. Nos pusimos a la cola y yo, que estaba profundamente sereno hasta el momento, comenzaba a notar una inquietud; los nervios comenzaban a invadir mis piernas y mi vientre, pero me mantuve tranquilo. Julio estaba muy nervioso; le indiqué que se mantuviera junto a mí, callado en todo momento, y que se quitase el abrigo para mostrar la sudadera negra que llevaba debajo, más acorde con el código de vestimenta local. Tanto detrás como delante teníamos grupos de españoles, lo cual era un arma de doble filo. Si conseguíamos desmarcarnos de ellos, podríamos ser elegidos por contraste. Delante de nosotros había una pareja de jóvenes alemanes y, ante ellos, un grupo de cuatro o cinco españoles: uno de ellos se dio la vuelta y le preguntó a uno de los alemanes quién pinchaba aquella noche. El alemán, consciente de la jugada del español, lo desarmó con mucha elegancia y corrección, diciendo que había muchos DJs pinchando aquella noche. Agradecí aquellas palabras del alemán. Mientras avanzaba la cola, veíamos cómo rechazaban a algunos, y cómo dejaban pasar a otros; un español, andaluz para más inri, volvía diciendo a sus amigos que lo habían rechazado, y la noche acababa para él. A medida que nos acercábamos a la cabeza de la cola, había una persona que destacaba entre los seguratas: una mujer de mediana edad, muy seria, vigilaba la cola con una mirada muy inquisitiva. Había leído en internet que ella era la persona que decidía quién entraba en el local. Hacía preguntas a los que estaban delante, y en función de la respuesta les daba la bienvenida o los mandaba a hacer puñetas lejos de allí. Los españoles sufrieron la segunda de las suertes, mientras que los alemanes la primera. Era nuestro turno: la mujer nos miró de arriba a abajo y preguntó cuántos éramos. Le dije, tranquilamente, zwei. Hubo un corto silencio que se nos hizo eterno, hasta  que ella repuso: wilkommen.

Estábamos dentro. Me di la vuelta, miré a Julio y le choqué la mano. Toda nuestra tensión interna se había disuelto. Nos pusieron pegatinas en las cámaras del móvil, el sello y dejamos nuestros abrigos en el guardarropa, que era gratuito. Una vez establecidos, fuimos a explorar el local. Los alrededores de la entrada eran algo laberínticos. Al dejar atrás el guardarropa, y la salida, había una salita con música house, bastante tranquila y recogida —fue socorrido a medida que la noche avanzó— y, siguiendo, había unas escaleras que bajaban hasta un rellano. A la derecha, unas escaleras subían, aunque en aquel momento no nos dimos cuenta de este detalle. Seguimos escaleras abajo y llegamos al que es una de las estampas más conocidas del local: un pasillo de hormigón, recto y largo, inmerso en humo y una luz muy tenue, irregularmente parpadeante, es decir, que a veces lo hacía más tenue y otras más intensamente, como la luz que está a punto de fundirse. El pasillo se prolongaba y parecía eterno. Hacia el final, había una serie de jeroglíficos egipcios y, según uno se adentraba en él, se notaba más y más fuertemente el latido del bombo. Finalmente, el pasillo giraba en un ángulo agudo a mano izquierda, donde estaba la sala principal. Un arco de rejas delimitaba la entrada. Una vez dentro, había otro pasillo perpendicular; a mano derecha, se accedía a los baños y, a mano izquierda, a la sala, a través de otras rejas. Había unos bancos, donde la gente se sentaba. Al principio, me dio la impresión de que la música estaba baja y el sonido no era muy claro, pero esta percepción cambió a lo largo de la noche. La sala tenía unos techos muy bajos, estaba llena de humo y era muy oscura. Apenas se distinguía a la marabunta de ravers que estaban bailando allí abajo. De hecho, apenas si se veía al que estuviera al lado. Al fondo, el DJ pinchaba al otro lado de unas rejas. Otro pasillo, a la altura de la cabina del DJ, conducía a la barra, que estaba paralela a la sala. Desde la sala, había una especie de aperturas o celosías que mostraban la barra, pero la oscuridad lo difuminaba todo, y esto más adelante me proporcionó una serie de efectos visuales casi alucinatorios. 

El ambiente al comienzo de la noche, era muy diferente al que encontraríamos después. Había mucho turista, algunos incluso vestidos con camisa, gente borracha y otros tipos de personas que uno no esperaría encontrar en una rave berlinesa. Por fortuna, los que desentonaban con el ambiente no duraron mucho dentro, e irían siendo sustituidos por berlineses genuinos. 

Volvimos sobre nuestros pasos y, subiendo las escaleras que habíamos encontrado, nos topamos con Globus, la segunda sala de la discoteca. Aunque presuntamente pinchaban house allí, la música me pareció suficientemente oscura e hipnótica, una especie de house minimalista y ácido, y no ese house con tendencia al funk que se puede encontrar en algunas sesiones. El sonido arriba era limpio e inmaculado, a diferencia de la sala inferior, donde había más reverberación y el sonido se volvía envolvente y etéreo. A veces, la música oscilaba entre el tech-house y el techno, En la sala de espera de la entrada sí pinchaban house, aunque coloreado por momentos con marcados matices psicodélicos.

Bajamos de nuevo a la sala principal. Me senté en el banco de la entrada, sitio que convenimos Julio y yo como lugar de encuentro en caso de perdernos, a las medias horas y las puntas. Julio fue sala adentro. Estaba preocupado, porque ya deberíamos estar volando y no era así. Alrededor de media hora después, Julio volvió con las gafas de sol puestas y contento. Vino y me dio un abrazo. Me dio las gracias: estaba volando, y se veía en la calidez de sus emociones. Me alegraba por él. Tenía ganas de volar, pero aún me sentía con los pies demasiado en la tierra, lo cual me frustraba. Fuimos a por una cerveza, y le pedí al camarero, en alemán, cambio para la máquina de tabaco (Wechsel für Zigarreten). Nos lo dio. Acabamos por volver a la sala principal. Allí, harto de la situación, pedí papel de liar a un chaval que estaba fumando marihuana. Me dio papel y cartón. Me senté en una especie de banco-cajón a la entrada de las rejas y me armé un canuto con un cogollo de CBD que nos había obsequiado un chaval antes en los baños. Estaba oscuro, y tuve que guiarme por mi tacto y mi propiocepción, ya que la vista, el olfato y el oído eran inservibles allí. A duras penas lo lié. Lo prendí, me acerqué a Julio y lo fumamos entre los dos. Poco después de tirarlo, noté que la cualidad de la música cambiaba y me relajé: por fin mis pies comenzaban a flotar sobre el suelo. Se lo confesé a Julio. Hubo un derroche de euforia por parte de ambos, al saber que habíamos emprendido el vuelo. De repente, noté cómo mi cuerpo se dejaba llevar por la música.

El techno— esto se puede extrapolar a los géneros de la electrónica y, generalizando aún más, a toda la música—suena muy diferente para el que vuela. La música oscura, repetitiva e hipnótica pasa a ser cálida y abrazar a uno, que nota una mayor riqueza en matices de todo lo que escucha. Aparece sinestesia entre lo táctil y lo auditivo: se deja de notar la diferencia entre oír y sentir, y la piel parece convertirse entonces en un segundo órgano auditivo, que recibe el ritmo vibrante del ambiente; todo el cuerpo parece reverberar en consonancia con los ritmos sincopados de la música. Se pueden percibir las diferentes líneas melódicas y rítmicas que conforman la música y los efectos que producen. Las frases musicales comienzan a tener un significado y una verbalidad: la música se percibe como un lenguaje intuitivo, que uno parece haber conocido desde siempre, un lenguaje íntimamente relacionado con la corporalidad. Entonces, el cuerpo se rinde a las órdenes de la música y comienza a reflejar la verbalidad de ésta con sus movimientos. Mover el cuerpo se convierte en una actividad meditativa, abstrayendo al usuario, que se siente en intima unidad con la música. Sucede entonces que se cierran los ojos, y uno es transportado a otra dimensión. Al abrirlos y observar los alrededores, uno se da cuenta de que hay otra serie de personas experimentando la misma sensación. Se siente la energía muy profundamente. La empatía que experimenta el volante (aquel que vuela) le permite sentir la «vibración» de cada cual como una impresión sensorial: el borracho transmite una sensación, el cocainómano—o el usuario de estimulantes—producen otra y el volante, que en ese momento se hacen muy patentes. Los volantes, a diferencia de lo que piensan los ajenos a la escena rave, suelen estar abstraídos en sí mismos y en la música, con actitud relajada y pacífica —si no cálidos y amorosos— y esta energía se nota al estar en la pista de baile. Esa comunión retroalimenta la propia sensación y lo lleva a uno a un estado más eufórico si cabe.

Por desgracia, este vuelo fue un poco particular, hasta el punto que aún me planteo si aquel CBD estaba realmente adulterado con otra sustancia, sospecho que PCP. En lugar de obliterar mis pensamientos y abstraerme en el momento, mi mente se llenó de pensamientos ansiosos. Notaba mucha pesadez en el cuerpo y me sentía en todo momento a punto de desfallecer. Me abstraje mucho en mis pensamientos, que se desarrollaban a una velocidad vertiginosa. Un pensamiento llevaba a otro irremediablemente, a una velocidad tal que no los podía aprehender; otros pensamientos surgían de la nada, como un pez que salta en un estanque. Llegué incluso a oír voces. De fondo, sonaba aquella música repetitiva y oscura de la que no me podía librar. Las siguientes cuatro horas que duró el vuelo, las recuerdo muy vagamente. Recuerdo que llegué a pensar que moría, pero una fuerza dentro de mi me levantaba y me animaba a no desfallecer y aguantar. Me sentí indefenso y buscaba ávidamente a Julio, que estaba en un estado más sereno y eufórico que yo. Estando en la pista inferior, me disocié de mi cuerpo y me abstraje en mis pensamientos;  tras un turbulento viaje por mi dimensión interior, ajena a la exterior, volví a mi cuerpo, abrí los ojos, y me vi en la pista. Apenas veía un palmo delante de mí. Por un momento me imaginé estar en el infierno, y me lo imaginé como algo parecido a lo que estaba viviendo: una rave eterna, llena de gente drogada, con esa estética sadomaso, paramilitar o gótica y bailando aquella música oscura, repetitiva e hipnótica en bucle hasta el fin de los tiempos. ¡Sería una maravilla estar en ese infierno de no ser por el tan intenso vuelo que estaba experimentando!

Pasamos la noche entre viajes a una planta y a otra. Me sentía disociado. Hice numerosas visitas al baño para rellenar la botella con agua. Bebía incansablemente, pero no iba al baño, hasta el punto que tenía miedo de sufrir hiponatremia. Nos sentamos durante largos ratos en la sala de house de la entrada. Allí, veíamos a la gente pasar. El ambiente de la discoteca estaba sufriendo un shift, hacia el auténtico ambiente berlinés. Comenzaban a verse las estéticas ravers: gente de negro, estilos góticos, sadomaso, paramilitares, infernales. Había hombres y mujeres semidesnudos, tatuados, maquillados.  Peinados estrambóticos, cueros cabelludos rapados. Arneses, correas, mallas y cadenas eran parte del atrezzo que adornaba los cuerpos de la gente. Mientras, anhelaba estar sentado y beber agua y levantarme y caminar era complicado y no mantenía bien el equilibrio. Los viajes entre sala y sala se me antojaban una odisea, y el maldito pasillo interminable lo parecía más aún, como si fuera uno de los escenarios repetitivos de un videojuego arcade. Pese a todo ello, la música era increíble. Mi estado corporal era un fastidio, pero la música sonaba prístina e impecable, y me llenaba de sensaciones e imágenes. Durante un momento, al abrir los ojos, no era llegaba a distinguir el entorno a mi alrededor, ni discernir cuánto ocupaba la sala, que tan difuminada parecía infinita y llena de una infinita cantidad de ravers. Las aperturas de la pared parecían espejos pero, al permanecer mirándolas, me daba cuenta de que eran oquedades, de que la sala era finita y la cabina del DJ estaba al fondo, entre barrotes de metal. Era preciso que me recordara cada cierto tiempo que estaba en Berlín y en qué sala del Tresor me hallaba, para reorientarme y no perder el norte. Los pensamientos frenéticos seguían intentando arrollarme, pero navegaba por aquella situación con vigor. No desfallecí, pese a lo mucho que deseara mi cuerpo hacerlo, y tampoco me rendí a las desinhibiciones. En aquel lugar y aquella situación, algo dentro de mí repetía incansablemente que había que actuar con prudencia, y tal vez esa voz me reprimió e hizo más consciente de mi mismo (self-aware). Fue un continuo viaje por mi mente, llena de pensamientos ansiosos, mi cuerpo, en el que notaba incomodidades en la zona baja de mi espalda, y un sumergirme en mi mundo interior para emerger eventualmente en medio de aquel espectáculo del averno. Tuvimos un momento de respiro en los bancos «de encuentro». Allí sentados, veíamos pasar a toda la fauna local. De vez en cuando se veía a algún raver normativo, pero la tónica general era la de lo estrafalario y grotesco. Recuerdo levantarme una vez más al baño a reponer mi botella de agua, y se me hizo eterno, del mismo modo que se me hacían eternos los trayectos por aquel pasillo psicodélico.

Estando en la sala principal, hubo un momento en el que la música se cortó, repentinamente, con un estallido de luz. Parece que había terminado la sesión de Zara (o Madalba, no sé), y tomaba el relevo Wata Igarashi. El techno de Wata Igarashi es oscuro e hipnótico, semejante al de Óscar Mulero, pero con una nota características: algunos de sus temas están llenos de arpegios frenéticos, dibujados por sintetizadores algo distorsionados, que le dan un matiz futurista y espacial —si no es algo presente ya de por sí en el techno—, aunque en sus sesiones hay espacio para sonidos más industriales, tan comunes en Berlín, y ácidos, con el característico sonido de los 303. Durante la mayor parte de la noche, había estado completamente ajeno a los «maestros de ceremonia», pero en aquel momento  de lucidez reconocí la mano del DJ. 

Me permitiré aquí hablar sobre la cultura rave. A diferencia del concepto tan social y gregario que tenemos de la fiesta en España, en Berlín ésta se ha edificado sobre una visión diferente. Tras la caída del muro, surgieron estas fiestas clandestinas en lugares abandonados, como fábricas, naves y discotecas, donde los ravers se reunían en torno a una mesa y unos altavoces que reproducían música electrónica. La música que se asentó en Berlín, sin embargo, era un tipo de música concreto: el techno. Originado en el ambiente de Detroit, el techno fusionaba sonidos industriales y mecánicos con ese groove característico de la música afroamericana. Si alguien con la sensibilidad musical suficiente escucha atentamente, percibirá en el techno esa mezcla de ritmos sincopados, diferentes frases que se amalgaman en un continuo, en el que se suceden acentos rítmicos dispuestos de una manera irregular pero ordenada con precisión, invitando al cuerpo al baile. Las disposiciones de estos patrones rítmicos varían de un modo paulatino; nuevos sonidos se suman a la mezcla o se restan; a veces se atenúan las voces más agudas y otras veces las graves, pero casi siempre con un mismo telón de fondo: un golpe de bombo casi constante, en cuatro por cuatro que, muchas veces, se desdobla en otros golpes que cabalgan sobre los golpes principales, creando ese patrón sincopado. Este bombo hace de hilo conductor durante toda la ceremonia, dando lugar a un efecto hipnótico, que induce al trance.

En las raves, es extraño encontrar grupos de amigos formando corros. Esta estampa, que es común en las discotecas españolas, se mira con desdén en Berlín, donde los ravers suelen disgregarse y moverse en soledad o grupos muy pequeños,  y se desmarcan de sus compañeros para dejarse llevar por la música. Hay quien se aproxima a los altavoces y a la cabina del DJ, hay quien simplemente se refugia en su soledad para cerrar los ojos y no sentir más que la música. Este aislamiento en uno mismo está potenciado, acaso, por las sustancias que se consumen en este tipo de fiesta, que crean un anhelo, no tanto de aislamiento, como de independencia. El raver, aunque se recluya en sí mismo, está generalmente abierto a la interacción social, es amigable y apacible salvo, quizá algunos usuarios de cocaína, que suelen sentirse agresivos y sobreestimulados.

La rave es, de algún modo, una recreación moderna de un concepto primitivo: es difícil no relacionarlas con esas imágenes de esos rituales de las sociedades tribales, en los que se baila repetitivamente en busca de una catarsis a través de los estados alterados de consciencia. La rave, pese a su ambientación generalmente posindustrial y futurística, genera una sensación de arcaicismo. Allí, muchos se dejan llevar por sus pulsiones primarias, dejando atrás las represiones del día a día, las máscaras, prejuicios y complejos, mostrándose en su estado más primigenio y desnudo, olvidando, aunque sea temporalmente, la vida que se lleva a cabo en la sociedad, moderna y normativa. Los ravers aprovechan la música y, frecuentemente, el uso de drogas para inducir un trance hipnótico que hace las veces de catártico. 

Este ambiente, sin embargo, no es apto para todos los públicos. Aquellas personas con demasiados tabúes,  aprensiones y prejuicios, se notarán incómodos, e incomodarán al resto. Pese a que en la puerta de las discotecas se invita a muchos de estos turistas ingenuos a irse, alguno que otro se cuela en lugares como Tresor —en locales como Berghain, la política es más estricta aún—. Sin embargo, estos polizontes dan la impresión de estar fuera de lugar y no demoran mucho su partida. Quien ha sido sometido desde joven al duro juicio de la sociedad hasta que éste ha dado forma a su carácter, sentirá reparo hacia este tipo de ambientes, pero quien lo aborde con una mente abierta o buscando liberación, encontrará respuestas a lo que busca.

La cultura del techno berlinesa es purista y elitista y los Berlineses quieren mantenerlo así. La diligente selección que llevan a cabo en las puertas de los locales permite mantener el ambiente dentro de ellos. Esto es algo que los ajenos a la cultura no entienden y se niegan a aceptar. Si uno navega por las reseñas de las discotecas berlinesas, encontrará comentarios dispares: éstos  afortunados alabando el ambiente y la música dentro, y aquellos recreándose en la frustración de no haber sido escogidos, volcando su ira contra cualquier chivo expiatorio, sin aceptar que tal vez ese no fuera el momento, o tal vez nunca lo fuera y no sea lo que ninguna de las dos partes busca.

En algunos locales de Berlín—como Kit-Kat o Sysyphos, incluso Berghain—, además de esto, tienen lugar fiestas kinky o fetichistas, donde los asistentes dan rienda suelta a algunas de sus fantasías más oscuras. No era este el caso de Tresor donde, si bien imperaba la libertad sexual, en ningún momento vi a nadie practicando el acto públicamente.

Alrededor de las cinco y media de la mañana, los efectos menguaron y decidimos irnos. Poco antes de que declinase el vuelo, recorríamos el infinito pasillo de hormigón. En sentido opuesto al nuestro, se dibujaba una única figura: era un negro gorilesco, vestido enteramente de blanco y con gafas de sol; su envergadura ocupaba todo el pasillo y daba la impresión de arrollarnos, como si fuera un elefante en estampida. Ambos comentamos justo después la pavorosa impresión que nos había causado. Cenamos un currywurst no muy lejos de allí y fuimos a dormir. Julio acababa de bautizarse en la cultura rave y yo había sido su padrino. Mi compañero de desventuras había interaccionado con algunos de los personajes noctámbulos berlineses, como me contó más tarde, aunque no me permitiré aquí la licencia de reseñar anécdotas ajenas.

21/4/24

El día fue anodino. Estábamos cansados de la noche anterior, aunque no resacosos. Lo primero que recuerdo de aquel día fue la hora de comer. Fuimos a la hamburguesería Bürgermeister, a los pies de las vías en Skelitzerstrasse, no muy lejos del puente de Oberbaum. Allí, tomamos una hamburguesa al sol y, al acabar, cedimos la mesa a una familia de españoles. Fuimos a tomar un helado de postre a donde la primera noche y nos encontramos al Schawarmamann libanés de la noche anterior, a las puertas de su establecimiento; lo saludamos desde la lejanía.

Emprendimos el camino hacia la rivera opuesta del Spree y, desde donde debíamos tomar el tren para llegar a Teufelsberg, el objetivo de la tarde. Aprovechando la cercanía del club Berghain, nos acercamos a cotillear qué ocurría en sus aledaños. La cola era minúscula y le propuse a Julio probar suerte, aunque él rechazo la oportunidad. En los alrededores, había algunos ravers y, como de costumbre, los personajes demacrados que pululan susurrando aquello de «Koka, ekstase, keta». Al cabo, levantamos en vuelo en dirección a la estación oriental, Ostbanhof. Me hacía mucha gracia cómo pronunciaba Julio estación en alemán, utilizando jotas en lugar de haches. Por ejemplo, Hauptbahnhof la pronunciaba Jaupt-ban-jof, haciéndola aguda, mientras que la pronunciación alemana original sería con haches, alargando ligeramente la a de «Bahn». En alemán las palabras compuestas mantienen la acentuación de cada una de las palabras que las componen, por lo que  la acentuación no es aguda, en este caso, pero al haber una «a» larga en Bahn, esta sílaba pasa a hacer las veces de sílaba tónica.

Tomamos el tren en la estación del este en dirección a Grünewald. Teufelsberg era nuestro objetivo. Para ello, había que adentrarse en un bosque espeso. Nos hicimos paso a través del bosque, cruzamos una carretera y fuimos colina arriba. El recinto estaba cercado y había que rodearlo. La entrada estaba en el punto opuesto de la circunferencia, por lo que caminamos largos minutos hasta encontrarlo, asomándonos a ver las torres que se alzaban sobre la estructura. Caminado por el bosquecillo, impresionaba un camino que descendía empinado hacia abajo. Al fondo, se dibujaba un bosque, enriquecido con una abrumante diversidad de verdes: unos suaves y amarillentos; otros vívidos y aquellos demás tirando al pardo incluso. Las copas dibujaban una sucesión de claroscuros sublime y unos arces cercanos se movían al sol del viento, con numerosos reflejos centelleantes. La cuesta abajo, flanqueada por un camino, parecía eterna e inabarcable: la naturaleza se presentaba misteriosa, extensa y eterna.

Tras el largo rodeo, llegamos al fin a la entrada. Diez euros por persona era la tasa. Dentro, había un espacio con puestos de hostelería. Tomamos dos cafés. Julio hizo el primer intento de pedir algo en alemán, con la ayuda de mis indicaciones. Llegó al son de «Zwei Capuccino, bitte», a lo que el barista repuso con una pregunta bastante simple, algo así como «Mit normalem Milch oder Pflanzenmilch?», es decir, leche de vaca o leche vegetal. Titubeó y yo, desde detrás, le pedí al barista «Normales Milch, bitte». No estuvo mal por su parte el intento. Me recordó a una escena que viví en Bulgaria, en Mayo del dieciocho. En una plaza del centro de Plovdiv, había un establecimiento de Döner. Debo señalar que el Döner búlgaro poco tiene que ver con el que hay en Berlín. En aquel viaje, intenté interiorizar en la medida de lo posible aquel ignoto y misterioso idioma búlgaro, escrito en un alfabeto exótico como el cirílico y lleno de fonemas eslavos, robustos y palatales, tan alejados del melifluo arsenal de sonidos del que gozamos los hablantes de lenguas romances. Aprendí de nuestra amiga búlgara, a decir lo que se pronunciaría «Edín mini, mola» —la d se pronuncia palatalizada y la l es una l líquida, parecida a la que pronuncian los catalanes— y lo empleé con la Dönerfrau que nos atendía. Siguió a ello una frase en Búlgaro de la que no aprehendí palabra alguna, por lo que llamé a mi amiga para que hiciese de intérprete una vez más. Ahora me resultaba gracioso vivirlo desde el otro lado.

Tras disfrutar de nuestros cafés, recorrimos las instalaciones. Teufelsberg (Colina del diablo) sirvió a modo de centro de escucha del ejército americano. Tras el abandono de las instalaciones, se planearon diferentes proyectos para aprovechar la construcción, que se vieron frustrados por el activismo de los ecologistas y el fracaso de los inversores. El lugar entró en decadencia, pero se procedió a su custodia. A día de hoy, el lugar está colmado de arte urbano, murales y graffitis. En lo alto del edificio, hay tres esferas geodésicas dominando la construcción; una de ellas corona una torre, alzándose como un imponente pináculo. La visión de estas esferas se intuye desde lejos, y sorprende al que camina por las cercanías, alrededor de la colina. 

Teníamos las esperanzas puestas en ver el atardecer desde allí pero, por desgracia, el clima de Berlín se parece más al de mi Asturias natal que al de mi Valencia adoptiva. El gris cubrió el cielo y no lo abandonó desde entonces. Arriba, los vientos eran intensos y, al pasar el aire por los andamios que sustentaban las esferas y los pequeños desgarros que había en las lonas, provocaba silbidos y ruido de aleteos.

El mal tiempo invitaba a volver a nuestra guarida, y así lo hicimos. Deshicimos el camino por aquel bosque de Grünewald y tomamos el tren de vuelta a Berlín. Descansamos en el hostal. Decidimos ir a cenar en Mustafas Gemüse Kebap, el establecimiento de Döner más celebre de la capital, cuya sede era un modesto food-truck en la zona más occidental de Kreuzberg, no muy lejos de la frontera con el distrito de Schöneberg. Salimos, camino a Kottbuser Tor. Paramos momentáneamente a comprar un paquete de Marlboro Gold. Nos sorprendía que allí los paquetes de tabaco contenían veinticinco cigarrillos, a diferencia de los veinte que suele haber en España. Fumamos un par de cigarrillos de camino a la estación. Tomamos la U1 e hicimos transbordo en la U6. El puesto estaba justo adyacente a la boca de metro. Había una cola monumental, que poco tenía que envidiar a la del Berghain. De hecho, la cola que vimos aquella tarde en Berghain, irónicamente, era más corta y discurría más rápidamente que la de aquel Kebap. Bromeábamos sobre la posibilidad de llegar al puesto y que nos dijesen «Hallo, not today». Para aligerar la espera, fui a por cervezas al Späti más cercano. Los cigarrillos y las cervezas ayudaban a matar el tiempo. Hacía frío y Julio temblaba. Una de mis manos se refugiaba en el bolsillo de mi abrigo, mientras que la otra, gélida y entumecida, sujetaba la cerveza. Tras una larga espera, pedimos nuestros «Zwei Döner, bitte». Cenamos sentados no muy lejos de allí, cerveza en mano. El kebap en cuestión tenía verduras asadas, como pimiento y berenjena, que le daban un toque carnoso y dulce que agradecí; también añadían—como en la mayoría de kebabs de Berlín—una especie de queso agrio desmigajado, parecido al feta, cosa que no se acostumbra a ver en España. La carne era sólo de pollo y no servían patatas fritas. Era un menú escueto el de aquel establecimiento, pero parece ser que no necesitaban ampliarlo para servir de reclamo a los turistas.

Volvimos al hotel congelados. Nos dimos cuenta de que no hacía falta volver a Kottbuser Tor, sino que con otros dos transbordos, podríamos llegar a Heinrich Heine—la parada de metro situada bajo Kit-Kat— más cercana a nuestro hostal. Reducir el tiempo a la intemperie bajo ese frío gélido se agradecería. Rozábamos los cero grados, estando en plena primavera; asusta imaginar cómo debe ser un mes de enero o febrero en aquella ciudad. 

En el trayecto en metro, nos sorprendieron una serie de personajes, éstos indigentes o yonkis, aquellos criminales y, a veces, ambas cosas. Berlín está lleno de este tipo de chusma, y no utilizo esta palabra por su condición de indigentes o mendigos, sino porque los personajes que vimos aquella noche eran maleducados y agresivos. Cuando hicimos transbordo en una de las estaciones, llegaron dos de estos personajes, que hablaban con una tercera mujer mediante un walkie-talkie; hablaban a gritos y eran intimidantes y agresivos. Intenté no prestarles mucha atención o, al menos, hacerlo con la suficiente discreción. La mujer con la que hablaban llegó al final. Cuando llegó el tren, se subieron a él. En nuestro vagón sólo estaba uno de los dos hombres, que mutó repentinamente, poniéndose un máscara de cordero cuando minutos antes había un lobo rabioso. Comenzó a apelar a la compasión y la buena voluntad de los viajantes. Que cada uno saque sus propias conclusiones. 

Berlín, por desgracia, es una ciudad insegura y abunda la decadencia. Quizá esté malacostumbrado a la seguridad que se respira en España. Jamás he sentido inseguridad caminando por las calles de Valencia, aunque haya vuelto multitud de veces caminando de madrugada a mi casa; en Salamanca, aún menos. Sin embargo, sería imprudente recorrer las calles de Berlín a solas por la noche, sobre todo en ciertos vecindarios. Aún recuerdo las calles de Kreuzberg aquella noche anterior, cuando volvíamos del restaurante libanés: estaban desiertas, la iluminación era especialmente tenue y, en los alrededores de Wrangelstrasse había personas bastante inquietantes, así como los camellos que nos abordaban la primera noche. Por la tarde habíamos estado leyendo sobre Görlitzer Park, que estaba no muy lejos de aquella zona de Kreuzberg. Las reseñas hablaban de camellos que abordan a los visitantes agresivamente, buscando tanto la venta de drogas como el robo y que aquellos que iban a comprar drogas, no estaban libres del peligro de salir esquilmados. Una reseña, que me hizo especial gracia, rezaba algo así: «Si no vas en busca de droga, sobre todo si vas con niños: pasa de largo y no prestes atención a los camellos. Si vas en busca de droga: pasa de largo y busca otra opción, porque es probable que te estafen o te roben, y la calidad de lo que venden los camellos es ínfima.». En otra reseña, un berlinés aseguraba no haber visto mayor cantidad de «basura humana» como la que se veía en ese parque y, en general, a lo largo del trayecto de la línea U8, que discurre por allí paralela al Spree y acaba adentrándose en el barrio de Neukölln.

La decadencia es parte del espíritu de Berlín. A Julio y a mi nos intrigaba saber cómo debe ser la labor de psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales en aquella ciudad. Ciertamente, ha de ser peculiar. Si bien es triste el panorama, es parte de lo que encierra el espíritu de la ciudad. Berlín es una especie de infierno en la tierra, una ciudad posindustrial, llena de luces y sombras. La herencia soviética me recordaba inevitablemente a Rumanía. Berlín tiene algo de esos aires de la Europa oriental, esa cultura fría, decadente y agreste. 

Tras dos transbordos y una paseo a la intemperie, llegamos finalmente a nuestro hostal.

22/04/24

Nuestra última mañana en Berlín. Teníamos tres visitas pendientes: queríamos visitar la Isla de los Museos, Checkpoint Charlie y la antigua casa de David Bowie, en el distrito de Schöneberg. Recogimos todas nuestras pertenencias y emprendimos el rumbo a Kottbuser Tor. De camino a la estación hicimos una necesaria parada en una tienda turca de Baklavas. La había visto anteriormente de camino a la estación y me había prometido a mí mismo comprar un surtido antes de irnos. La caja costó cuarenta euros, pero había una cantidad generosa de baklavas, y la calidad estaba a la altura del precio. La mayoría eran de frutos secos, empapadas en sirope —juraría que de manzana—, aunque había un par rellenas de coco deshilachado, especialmente sabrosas. Nos sentamos en una cafetería de especialidad cercana a probarlas junto con un café. 

Allí sentados, recibimos una noticia funesta: el vuelo de Julio hacia Múnich había sido cancelado y él estaba notoriamente preocupado e inquieto. Estuvo mirando las alternativas que le ofrecía la empresa; la mayoría de ellas eran al mediodía, lo que suponía que iba a quedarme solo en la ciudad la mayor parte del día, y todos con escala en otra ciudad. Los vuelos en las escalas salían todos el martes por la mañana. Julio quería estar el lunes en San Sebastián, para ir a trabajar al día siguiente. Le hice ver que eso era imposible, que hablase con su jefa y le explicase la situación. Esos inconvenientes pueden ocurrir, ella lo entendería y podría devolverle aquella mañana en otro momento. Así fue: su nuevo vuelo, que saldría a las siete y media, le llevaría a Frankfurt. La empresa le ofrecía un hotel en la ciudad y transporte para llegar a éste y volver de él. Tras el choque inicial y gestionar la situación, fue volviendo progresivamente a la tranquilidad. Tomamos el metro hasta la isla de los museos. Allí, visitamos la catedral, con su imponente cúpula. Los museos, por desgracia, cerraban los lunes; excusa perfecta para hacer una segunda visita a la ciudad. Caminamos hasta Checkpoint Charlie y, de allí, tomamos el metro hacia Schöneberg. Por desgracia, nos saltamos la parada de la casa e Bowie y tuvimos que ir caminando. Aquel barrio nos sorprendió positivamente: se notaba más lustroso y moderno que Kreuzberg o Friederichshain. Decía Julio que le parecía más «globalizado». Quizá tenga esto que ver con la división occidente-oriente de la ciudad. La casa de Bowie no era especialmente reseñable, no había más que una placa conmemorativa, pero el viaje fue una buena excusa para explorar otro distrito diferente y conocer el barrio que frecuentaba la estrella del glam rock

Comimos, para variar, en un Döner. En este caso, era una tienda que nos había llamado la atención de camino a la antigua casa del cantante. Había bastante gente en la cola, por lo que intuimos que el local era conocido y acertamos, porque el kebap era bastante bueno. Tomamos un café en la cafetería cercana y fuimos a por el metro, camino a Hauptbanhof.  Bajamos en Potsdamer Platz y fuimos a pie hasta la estación, pasando junto a la puerta de Brandenburgo y el Reichstag una vez más. En la estación me despedí de Julio. Decidí dar un paseo por la rivera del Spree. Me senté en unas escaleras entre en Bundestag y el Reichstag. Por delante de mí pasaron un grupo de activistas. Uno de ellos iba disfrazado de esqueleto y llevaba colgando de su hombro derecho un altavoz que reproducía una versión en alemán del Bella ciao. Berlín en todo su esplendor, una vez más.

Repentinamente, noté unas fina gotas de agua cayendo. En un principio, pensaba que se trataría simplemente del orballo, pero me pareció suficiente motivo para ir a refugiarme a la estación central. Sin embargo, la lluvia evolucionó a una velocidad vertiginosa y, sin ser consciente de cómo ni cuándo, estaba caminando bajo una intensa granizada. Los parterres del paseo fluvial se habían cubierto de una capa de guijarros blancos, así como mi plumífero negro. Miré dentro de la bolsa donde guardaba las baklavas y también había piedrecitas de granizo. Dificultosamente, caminé hacia la estación, notando el repiqueteo del granizo sobre mi cuerpo y con el viento en contra, que me ralentizaba. Mis ojos estaban fijos en el edificio de la estación, y con cada paso parecía estar más cerca. Crucé el puente que me separaba de la otra rivera, procurando no resbalar y fui a través de la explanada que hay frente a sus puertas. Al fin, me vi bajo techo. Sacudí el granizo de mi mochila, mi abrigo y de la bolsa de las baklavas. Una vez dentro, compré el periódico local, para pasar el tiempo leyendo algo en alemán. El artículo con el que me entretuve trataba sobre una vecina jubilada de Berlín, que dedicaba su tiempo libre al activismo: Con pintura en spray y materiales de limpieza, se dedicaba a borrar las pintadas antisemitas y nazis que había en su barrio. La valiente mujer había recibido amenazas, e incluso tentativas de soborno si cesaba su actividad, pero ella se mantenía, impasible, en su labor. Al parecer, había sido activista desde su juventud, y continuaba con la actividad en su etapa senil. No pude evitar que su tesón, perseverancia y valentía me conmovieran.

Me subí al tren, en dirección al aeropuerto. Una pareja de italianos, sentada detrás de mí, hablaba sobre microbiota y trastornos digestivos. No pude evitar sumirme en su conversación a ratos. Llegado al aeropuerto, me hice a la terminal dos y crucé el control. Compré unas chocolatinas en el dutifrí para poder esconder en su bolsa las preciadas baklavas. Fui a por mi última birra y la tomé, sentado frente a un ventanal que mostraba la pista de aterrizaje. A mi lado, había un grupo de tres italianas, florentinas para ser más exacto —lo deduje de la partícular manera en que pronuncian la letra «c»—, que estaban charlando con un sienés que vivía y trabajaba en la capital alemana, por lo que entendí de su conversación. Acabé mi cerveza y fui a mi puerta de embarque. Allí, me entretuve cargando el móvil mientras leía. Una vez cargado, fui escaleras abajo, a la puerta propiamente dicha. Allí, esperé a que llegase un médico de mi hospital que había pasado ese finde en Berlín también. Estuvimos hablando en la cola de embarque y, gracias a él, me colé en el grupo de prioridad. Poco había tardado en volver a mí la picaresca española. Una vez en el avión, nos separamos, cada un en su asiento. Emprendimos el vuelo. Como de costumbre, caí rendido y dormí durante al menos dos horas del viaje. Al despertar, estábamos llegando a España, y el avión estaba sufriendo unas violentas turbulencias. Nos acercábamos a Valencia a una velocidad pavorosa, y el avión daba bandazos violentos. Por fortuna, como siempre digo, rara vez siento miedo al volar, aunque este es quizá el aterrizaje más violento que recuerdo, al menos en mucho tiempo. Mi madre siempre me recuerda en mi niñez, aquella vez que viajé con ella a Londres en la que, entre otras cosas, hice de intérprete para un grupo de adultos a mis escasos e inocentes ocho años. En la vuelta desde la capital inglesa, hubo unas turbulencias muy violentas y mi madre, que sintió pavor, siempre recuerda cómo yo iba dormido apaciblemente e, incluso al levantarme, me mantenía impasible, pese a la agitación del avión. Por algún motivo, hay algo de flemático en mí que me mantiene profundamente sereno en algunas situaciones, como por ejemplo vuelos turbulentos —acaso el del sábado noche lo fue— y, sin embargo, para otros aspectos de la vida me siento profundamente pasional.

Al margen de esto: me reencontré con el médico una vez abajo. Tuvo la amabilidad de acercarme hasta la avenida de Aragón en su coche, lo cual agradecí enormemente a aquellas horas. Desde allí, caminé apaciblemente hasta mi apartamento, bajo el cálido manto que es el clima mediterráneo. El ambiente era más fresco que el día de mi partida, pero considerablemente más cálido que el berlinés. Caminando a las dos de la madrugada por Valencia, me sentía seguro, afortunado de vivir en una ciudad así. Berlín había cautivado mis sentidos, pero la capital teutona es como esas amantes con las que no se ha de tener más que una aventura pasajera, esas que están llenas de energía y marcan a uno para siempre, pero con las que, como el fuego, uno se arriesga a ser chamuscado si pasa demasiado tiempo cerca. Sin embargo, Valencia es cálida y acogedora, como una novia fiel, noble y cariñosa; una ciudad que se siente como un refugio, una especie de locus amoenus fértil y exuberante, con sus aires mediterráneos.

Berlín ha cambiado para siempre mi visión. Visitarla ha sido un choque cultural y estético, e intuyo que influenciará mi carácter en el tiempo que está por venir. Al margen de todo lo reseñado aquí, hay un detalle que recuerdo con especial cariño de esta ciudad: pese a lo brutalista de su arquitectura, lo siniestro y/o alternativo de sus habitantes, lo gris de sus cielos y lo decadente de sus aires, en Berlín abundan las floristerías, llenando sus esquinas de oasis de colores llamativos y olores dulces. Se veían por doquier a berlineses y berlinesas con ramos de flores en sus manos, quizá regalados, quizá por regalar o, acaso, autorregalados. Sea como fuere, quiero pensar que tras ese velo y ese aura que han echado sobre sí mismos los habitantes de la capital hay, como en los corazones de todos, un profundo romanticismo reprimido que anhela ser expresado libremente y la ubicuidad de las flores no son más que el atisbo de ello. 

Valencia, a 5 de mayo de 2024.