El delirio

Prólogo

El germen de esta historia nació como la descripción de aquella rave delirante en la que se ve sumergido el narrador de esta historia. La inspiración original fue una sesión a la que acudí en Noviembre del año 2023, en la que el maestro de ceremonias era Óscar Mulero. Por supuesto, la escena que describo está exagerada e, incluso caricaturizada, pero tampoco está tan desatinada con respecto a lo que uno podría encontrar en esas catacumbas que se hacen llamar Techno-Klubs berlineses. Aquella noche, al subir Mulero a la tarima, la sala entró en silencio: comenzó la sesión con sonidos de frecuencia aguda, con los que fue jugando hasta que irrumpió el bombo, progresiva y suavemente. A partir de ahí, empezó a jugar con la arquitectura de sonidos sincopados, construyendo ese ambiente hipnótico que sólo él es capaz de crear. Los allí presentes estuvimos ensimismados con la música —quién sabe si por alguna causa aparte de la música— durante las tres horas que duró actuación. En lo alto de la cabina, parecía un sacerdote satánico dirigiendo los ánimos de sus feligreses, que movíamos el cuerpo a pie de pista; no hablaba, no interactuaba con nadie más que con el tablero de mandos y, sin embargo, era capaz de crear una verbalidad táctica, mediante el mero lenguaje del ritmo.

Ocurre que, a veces, los escritos tienen naturaleza premonitoria. Alguna vez me ha sucedido que, al imaginar alguna escena, alguna historia o algún personaje, parecen materializarse en la vida real. Quizá sea simplemente una muestra de que mi literatura no es original, ni mi imaginación especialmente bullente, prueba de que la realidad siempre supera a la ficción o de que realmente existe una conexión—para los que somos lo suficientemente místicos como para creer en ello— entre lo que uno imagina y lo que se le aparece frente a frente en la vida real. Sea como fuera, meses después de haber descrito la escena de la rave, tuve la ocasión de visitar uno de los lugares de peregrinaje de todo amante del techno: la discoteca Tresor, en el número 70 de Köpenicker Strasse. Allí, esta experiencia delirante que sufre el narrador, pareció materializarse. La descripción del sonido del techno retumbando en el pasillo que conduce a la sala Tresor, un pasillo de hormigón, cubierto con jeroglíficos egipcios, bien podría haber sido el que escucha el narrador mientras desciende a aquella caverna y, la sensación de estar en aquella sala de hormigón, oscura, llena de humo y personajes estraflarios, bien podría ser la  de estar en la caverna descrita en esta historia. Juro y perjuro que estas coincidencias son fruto de la imaginación y la casualidad, no de la intención y la inspiración.

Los personajes de la novela son imaginarios y, a priori, no hacen referencia a ningún personaje real. Bien es cierto que algunas frases y manierismos las he tomado de algunas personas que conozco en la vida real. Marcel Lafontan es un mosaico de varias personas, algunas conocidas por mi, y otras desconocidas. Entre otras inspiraciones, el motivo de la vuelta al mundo lo tomé como modelo de un conocido que la emprendió, aunque los destinos no son exactamente iguales y los pormenores de su viaje diferirán, pues muchos son imaginarios. Ignoro si este conocido sufrió los mismos «cólicos y diarreas» que Marcel, pues estos episodios son inspiración de otra fuente; su pasión por el opio la he tomado prestada del idilio de Antonio Escohotado con esta sustancia y su romance con una peruana originaria del Ucayali es un guiño a una anécdota que nos sucedió a unos amigos en relación a una ciudad llamada Requena, que con mucho gusto referiré en privado a quien me pregunte por ella. Recientemente, leyendo sobre la vida de William Burroughs —y de otros beats— me doy cuenta de que hay ciertos paralelismos con respecto a Marcel Lafontan, que tampoco han sido intencionados. El apellido de Marcel y el nombre de Mara los he tomado prestados de una modelo y empresaria francesa por cuya persona siento una profunda devoción: Mara Lafontan.

Lo que comenzó como la descripción caricaturizada de una rave, pedía a gritos un contexto, una historia que condujese a ese momento y una consecuencia del mismo evento. Fue así que comencé a tejer una historia. Las personalidades de los personajes no estaban formadas, pero decidí incluir un motivo presente en tantos clásicos: Un Fausto y un Mefistófeles, o un Dorian Gray y un Lord Henry. En este caso, Marcel es el Mefistófeles y el narrador el Fausto. Un conflicto de personalidades: por un lado el provenzal, hombre de carácter sanguíneo, mediterráneo, desapegado y bravo. Por otro lado, un parisino con antepasados prusianos, cuyo carácter no se ha alejado del de su linaje: pragmático, meticuloso, analítico, ese tipo de personas que prefiere sentarse a analizar que tomar riesgos. La historia es una pugna constante entre un Mefisto que intenta seducir a su Fausto particular, mientras este se resiste una y otra vez. Hay pequeños momentos de cesión, pero el carácter testarudo del otro se abre paso una.y otra vez. Marcel, que es un hombre que ha viajado por el mundo y se ha sometido a experiencias extremas, como el consumo de Yagé/Ayahuasca, cree ser un chamán capaz de abrir los ojos a su amigo. Es un hombre dispuesto a asumir riesgos: sin embargo, lo que consigue es alejar a su amigo de él.

Siguiendo con la ambientación faustiana, Mara sería la Margarita particular de esta historia. En este caso, juega el papel de vínculo entre la amistad de Marcel y el narrador —que juro y perjuro que no se llama «mon ami» ni «chéri»—. El protagonista siente un amor especial por ella, que no quiere estropear con la mancha del sexo; para Marcel, es una amiga más, con la que no dudó en acostarse, y que utiliza a su favor, sabiendo la debilidad que su amigo siente por ella. Una vez establecido el cisma entre los dos, ella es el único vínculo que queda entre ellos. La escena que ocurre en su estudio, a la vuelta del viaje a la Provenza, es la materialización de la semilla que Marcel planta en su amigo: una vez vuelto en sí, rechaza todo aquello que había experimentado bajo la ebriedad de las sustancias pero, a nivel inconsciente, se había abierto una brecha en su personalidad, que se culmina en tal momento. En el borrador original, el relato acababa con esa escena, pero decidí alargarlo, para añadir profundidad, contexto y detalles; una buena historia requiere estar bien hilada. También me pareció entonces preciso definir el destino de Marcel, un personaje demasiado importante como para dejar su suerte como una incógnita no resuelta. 

Los prólogos son tediosos, quizá tanto para el que lo lee como para le que lo escribe. En cuanto el autor, es un horrible lector de prólogos —siempre va directo al primer capítulo— y sólo desea al que haya tenido la paciencia para abrirse paso a través de este ladrillo, que disfrute enormemente de esta lectura.

Valencia, a 27 de Agosto de 2024.

El delirio

No recuerdo en qué momento comencé a considerar a Marcel Lafontan mi amigo; el momento queda difuminado como para el que camina obnubilado y sólo se da cuenta de lo recorrido al mirar atrás. Recuerdo, sin embargo, cómo nos topamos por primera vez, fumando en la puerta de un bar parisino. Marcel, crecido en una estereotípica villa de la Provenza, a caballo entre las cumbres alpinas y las aguas del marenostrum, creció rodeado del purpúreo color de los campos de lavanda, del olor del aceite de oliva en lugar del de la mantequilla derritiéndose en una sartén, o de las violentas acometidas del mistral. Su carácter extrovertido era algo que destacaba desde la distancia: si uno observaba un grupo en el que él se econtrase, él llevaba la batuta, aunque fuera tácitamente. Los comentarios, las anécdotas y los chascarrillos pasaban por él. Con el cigarro en la mano, su barba incipiente — de tres o cuatro días generalmente, aunque, durante una temporada acompañada de un mostacho y, en otra, de patillas — su flequillo, y su metro con noventa, era una especie de faro que alumbraba algunos de los eventos de la bohème parisina. 

«Voy a contar un detalle sobre mi vida: mis padres tenían un bar» decía a veces, tras lo cual procedía a contar algún evento relacionado con aquel bar. Seguramente a la mayoría de sus contertulios les parecería una simple anécdota aislada, capaz de entretenerlos, arrancarles un par de carcajadas y que olvidarían irremediablemente, no sin haber reservado un hueco en sus corazones por la gracia natural de Marcel. Yo, por el contrario, guardaba en mi memoria todas y cada una de sus anécdotas y, con el tiempo, como si de un puzzle se tratara, iba reconstruyendo la personalidad de aquel personaje tan enigmático.

El carácter dicharachero de Marcel contrastaba con mi natural introversión prusiana — aunque naciera en Francia, mi familia, tiempo atrás se vio obligada a huir de Danzig y refugiarse en Francia, ante el auge del régimen nacionalsocialista—. Solía guardar las distancias y no inmiscuirme en la vida del prójimo, aunque no me causara vergüenza o apocamiento alguno el hecho de socializar. Sencillamente, la mayoría de los seres humanos me resultaban insulsos, irracionales, imprácticos y, por tanto, sentía la más supina indiferencia ante ellos. Puntualmente, algunos de estos seres parecían llevar consigo una llama tan intensa que lo alumbraba todo a su alrededor y cada una de sus acciones resultaban igualmente ígneas. Éstos eran los que despertaban interés en mí y Marcel, y algunas de las personas que figuran en esta historia pertenecen a esa clase tan selecta dentro de lo que es la especie humana.

Marcel era un tipo bohemio: le gustaba la aventura y siempre estaba en la calle, de cafetería en cafetería o de bar en bar. Encontraba la excusa perfecta para hablar con cualquiera y acribillarlo con su verborrea. Formulaba las preguntas adecuadas y contaba las anécdotas que encajarían en cualquier situación. Era un experto en ello: sus historias eran hipnóticas; sus chistes y monólogos también. Alguna vez, en reuniones privadas, pudimos disfrutar de algunos de ellos. Por un milagro quizá, no escupí el vino por toda la habitación, pero ello no impidió que alguna otra persona lo hiciera con su trago.

En una ocasión, Marcel me había convocado a una terraza. Sentados sobre unas sillas de mimbre, engabardinados, con un café en una mano y el cigarrillo en la otra, habríamos sido el perfecto material para una postal. Estábamos hablando de los últimos vinilos que habíamos comprado, cuando me sorprendió con una pregunta.

— ¿Qué haces en Mayo? — dijo.

— No lo sé aún. ¿Por qué lo preguntas? — respondí, sorprendido.

— Porque quiero invitarte a que conozcas la Provenza

— Ya conozco la Provenza. Estuve dos veces al año pasado mismamente: en Marsella y Niza, y llegué a conocer Montecarlo y Cannes también. — repuse, crudamente.

Tal vez mi áspero rechazo habría resultado ofensivo en extremo para otra persona, pero Marcel estaba acostumbrado a mis exabruptos y prosiguió. 

— Sé que conoces la Provenza, pero en mi pueblo no has estado.

— En eso tienes razón — admití.

— Tendrá lugar el festival de la primavera. Los campos estarán preciosos y hará calor, al menos más que en París.

— Apasionante — dije, irónicamente.

— Habrá chicas, suelen venir de todos los pueblos de la comarca

— Eso me gusta más, pero no acaba de convencerme. 

— ¡Cómo eres!. No hay quien te convenza. Soyez pas aussi carré, mon ami— me dijo, entre risas. 

— Me plantearé la oferta, pero no te prometo nada.

— Tienes tiempo para decidirte. Mi oferta sigue en pie hasta la semana previa: cuando lo tengas claro, házmelo saber.

Suspiré y miré a otro lado, gesto que era imperceptible a través de mis gafas de sol. Tomé un cigarrillo y se lo ofrecí a Marcel. Rechazó amablemente, pero eso no me impidió llevármelo yo a los labios. Con un golpe de fuego, prendió en su primera calada y me llevé el humo al interior de los pulmones. Tras una exhalación sostenida, descargué la colilla en el cenicero y proseguí con esta meditativa actividad. El fumar permite al que lo practica una serie de movimientos con la mano fumadora, que serían artificiales y estrafalarios en alguien que no dispusiera de una colilla en la mano; una especie de ballet manual al que sólo se accede mediante la licencia del tabaquismo. Mi mano derecha mariposeaba por el aire en una infinidad de ademanes.

— Mira quien viene por ahí — dije, al cabo.

Se trataba de Mara, amiga nuestra. Mara se dedicaba a las bellas artes y, por tanto, sus estilo de vida y sus horarios eran un tanto flexibles. Mientras otros dedicaban la mañana a la labor, ella se dedicaba a los recados: paseaba, acudía al mercado, a las galerías de arte o a las tiendas. Generalmente dormía una siesta de madrugada y otra después de comer, y se dedicaba a sus faenas artísticas por la tarde y la noche, hasta bien entrada la madrugada.

— No vendrá por ahí la chica más guapa de París — exclamó Marcel. 

Mara sonrió. Era una chica coqueta, de pelo moreno y rizado, corto. Su cabeza la coronaba una boina e iba ataviada con un abrigo de paño y un atuendo en tonos terrosos y grisáceos. De su bolso sobresalía una lámina plegada, un par de pinceles y un libro. Le di dos besos. Su perfume olía a vainilla y flores y, por un momento, me vi transportado por los aromas que desprendía. 

—¿Qué haces por aquí? — inquirió Marcel.

— Hay un mercadillo a dos calles. He aprovechado para comprar — contestó, mientras tomaba asiento en una silla de mimbre— ¡Mirad!

Sacó la lámina y la desplegó. Era un cuadro de Hopper, o acaso una mímica casi perfecta elaborada por algún admirador —o detractor, quién sabe—, que  mostraba la terraza de una cafetería, iluminada por una tenue luz cetrina y rodeada por un fundido oscuro, tintado ligeramente de azul. Tres mesas de la cafetería estaban ocupadas: en la primera; se reunían un grupo de amigos, mixto; en la segunda un hombre solitario que leía el periódico con una mano y sujetaba la correa de su perro con la otra; en última, una pareja de jóvenes sentadas una enfrente de la otra, una de las cuales estaba ligeramente inclinada hacia la mesa y la otra reclinada en contra. Cada mesa estaba separada de la otra por una mesa vacía y, tras un vidrio, se vislumbraba el perfil del camarero, de perfil, observando al espectador inquisitivamente mientras fregaba una copa con un paño.

— Me gusta. ¿Es un Hopper?

— No lo sé, creo que es una imitación pero je m’en fous. Lo importante es a lo que me recuerda, ¿sabes?

Mara dibujó una media sonrisa con los ojos. Sonreí como señal de haber captado su referencia. Semanas atrás, una fría tarde, coincidimos con su amiga Alice y su pareja, Alain, en una cafetería tan taciturna como la de aquella estampa. Mara repetía insaciablemente que la escena le recordaba a un cuadro de Hopper; de hecho, afirmaba sentir como si estuviera dentro de un cuadro de Hopper, es decir, encarnándolo. Esa inocencia creativa y esa dulzura parecían acompañarla en todo lo que hacía: Mara era un alma cándida y tal vez por ello sentía predilección por ella, ya que la misma inocencia que yo había perdido tiempo atrás, rebosaba por cada uno de sus poros; me veía reflejado. Pasar una tarde con ella era volver a la infancia y su estudio, era una oda a la espontaneidad y el laisser être. Allí, no existían los corsés o los fueros, tampoco los tabúes. Pasé tardes enteras allí trabajando en un ensayo periodístico, mientras ella se dedicaba a la brocha fina. De fondo sonaba Elis & Tom. Mientras tecleaba, repentinamente, se oía una voz de soprano que surgía de la nada entonando:

Triste é viver na solidão 

Na dor cruel de uma paixão 

Triste é saber que ninguém 

Pode viver de ilusão 

Su voz me rescataba de las abstracciones del escritor. A veces, lo que lo hacía eran unas manos que  me cubrían súbitamente los ojos. Maldecía para mis adentros, sabiendo que era ella y, tras un instante de tensión inicial, rompía a reír, libre de ataduras. Si hubiera sido otra persona, hubiera reaccionado malamente, pero la pureza de Mara me impedía sentir ira hacia ella: cuando estaba con ella, aceptaba su esencia de una manera tan profunda como ella aceptaba la esencia de toda cosa. Sin embargo, eran de otra índole las interrupciones que a veces me sobrevenían: su gato, Akenatón, decidía que el teclado de mi máquina de escribir era un bulevar maravilloso por el que pasearse. Por fortuna, Akenatón era manso y entendía las razones por las que lo apartaba, o bien esperaba que lo premiara con una chuchería y por ello era tan indulgente. 

— Y ahora, aunque no un Hopper, parecéis una postal los dos, con los periódicos los cafés y las gabardinas. Dejadme que os fotografíe.

Sacó su Canon y nos inmortalizó en treinta y cinco milímetros a Marcel y a mi. Al acabar, sonreía:  yo me perdía en cada sonrisa y cada mirada de Mara y, sin embargo, ante lo que pudiera pensar el lector ahora mismo, no era más que mi amiga y no mi amante. Quizá, en el fondo, hubiera sentimientos dentro de mi que anhelasen llevar a término mis pasiones con ella, sentimientos que yacían profundamente reprimidos. Algo dentro de mi sentía que yacer con ella sería poco menos que mancillar un alma tan pura, por lo que siempre me abstuve, buscando el abrigo del sexo femenino en otros cuerpos. No obstante, siempre pensé que Marcel quería vernos juntos y estuvo buscando pretextos para consumar tal hecho; todo esto no impidió que se acostasen repetidas veces, como descubrí a posteriori.

— Mara, ¿te apetecería venir a la Provenza en mayo? — propuso repentinamente Marcel, mirándome socarronamente de soslayo.

Mara reaccionó como un resorte, sin pensar.

— Me encantaría, Marcel. Quiero ver esos campos de lavanda, les bouganvilles, sentir el viento moviendo mi melena, beber vino. Siempre que voy siento estar en una película. Es más, siento ser la protagonista de una película: de mi película.

— Pues estáis invitados los dos. En Mayo hay un festival exquisito en mi pueblo, que honra al mes de las flores. ¿Vendréis?

— No me lo digas dos veces — dijo Mara, y me agarró de la manga de mi gabardina — Ven tú también, chéri.

Esto último me lo dijo mirándome a los ojos. Por mucho que intentemos los hombres creernos estoicos, impasibles y dueños de nosotros mismos, a veces basta una mirada femenina para derruir ese castillo de naipes que edificamos en torno a esa «masculinidad». En este caso, esa mirada de Mara; esos ojos dulces, inocentes y juguetones, bastaron para que cediera todas mis resistencias al plan de Marcel; parece que hubiera querido utilizarla como cebo, y mordí, a gusto.

— De acuerdo — dije, entre suspiros— me parece bien. Pero me vas a pagar tú los antihistamínicos.

— ¡Voilà! Eso es un mal menor: trato hecho, mon ami— exclamó Marcel.

— Chicos, me tengo que ausentar un momento —interrumpió Mara— Voy al servicio.

Marcel y yo nos quedamos a solas. El sol se ocultó tras un edificio y nos dejó en la sombra. Marcel decidió entonces quitarse sus gafas de sol, muy elegantemente y no sin antes limpiarlas con una gamuza. Conforme las enfundó, clavó sus ojos en mi, unos ojos azules, cuyas pupilas eran prácticamente inexistentes. Por un momento me perdí en los ojos de Marcel —que añadidos a su personalidad, eran otro de los elementos magnéticos de éste—, que no lucían tan irisados de una manera casual. Marcel era un opiómano consumado. Descubrí más adelante los motivos que lo llevaron a iniciar esta costumbre, que otros verían como una mera adicción. Él, sin embargo, era un conoisseur del opio y sus derivados. Portaba con él un vial de láudano, mediante el que se administraba unas gotas sublinguales periódicamente, con la correspondiente pipeta. Algunos días decidía no consumir una sola dosis. Su relación con este elixir era aleatoria, pero mantenía una constante: sus pupilas parecían existir en un estado semipermanente de miosis, y su ánimo en un estado de profunda serenidad, pese a lo eléctrico de su carácter social

— ¡Qué bonita es! ¿Qué tal con ella, por cierto?— añadió Marcel.

— ¿Cómo que tal con ella?

— Tengo entendido que pasáis mucho tiempo juntos últimamente. A diario.

— Es mi amiga, por supuesto que paso tiempo con ella. Disfruto de su compañía y ella de la mía…¿Qué estás pensando?

— Nada, nada. No estoy pensando en nada.

— Pues ha parecido que insinuaras otra cosa.

— Simplemente pienso que haríais una maravillosa pareja vosotros dos. 

—Una maravillosa pareja de amigos— recalqué.

Marcel se rió.

— ¡Tú siempre tan irónico e ingenioso! Nunca cambiarás. Eres prusiano hasta los tuétanos. A veces me pregunto si tienes algo de francés.

— Algo se me habrá pegado, digo yo.

— De francés sólo tienes los andares, el vestir y el comportarte. Pero tu mente es como un engranaje germano. Te vendría bien una temporada en mi tierra y vivir el estilo de vida que se lleva ahí abajo.

En ese momento volvió Mara. Llego por detrás de mi y apoyo su mano en mi nuca. Me sorprendió, como siempre hace, pero esta vez sutilmente.

Se acercó a mi y, abrazándome con sus manos, espetó:

— ¡Nos vamos a la Provenza, alegra esa cara, corazón!

Tiempo después de esta escena, recorríamos en coche la distancia que separaba París de la Provenza. Por desgracia, Mara no pudo acompañarnos. Dos días antes del viaje, la asaltaron calenturas y escalofríos y, postrada como estaba en la cama entre paroxismos y achaques, no pudo acudir. Era por Mara que había aceptado este compromiso y, sin ella, parecía haber perdido el sentido. No obstante, soy hombre de palabra y no iba a faltar a mis promesas, mucho menos tratándose de Marcel. 

El viaje, sin embargo, fue inmaculado: dos jóvenes almas libres atravesando la campiña. Un día, bajo la luz de la hora dorada, sonaba de fondo A Horse with no name; mientras, los hitos de la carretera desaparecían tras nuestro vehículo. Nos deslizábamos entre camiones y turismos, adelantando mientras fluíamos con el tráfico. Repiqueteábamos al ritmo de la música y tarareábamos la melodía.

Entonces, reproduje una canción, con la esperanza de que Marcel la reconociera. En la portada de LP, aparecía un joven de melena rubia y rasgos andróginos, posando serio frente a la cámara, los brazos apoyados en una superficie, cigarrillo en mano. 

— Si adivinas de quién es este tema, estás invitado a una botella de Bordeaux — le dije.

— Dale.

Sonaron los primeros compases de Somebody up there likes me.

— No reconozco la canción, y por el estilo no sabría decir— dijo Marcel.

— Espérate a que cante.

Sonó entonces la voz del cantante:

He’s everybody’s token, on everybody’s wall
Blessing all the papers, thanking one and all
Hugging all the babies, kissing all the ladies
Knowing all that you think about from writing on the wall
He’s so divine, his soul shines
Breaks the night, sleep tight
His ever loving face smiles on the whole human race
He says, I’m somebody
He’s got his eye on your soul, his hand on your heart

— ¡Me suena mucho la voz! — exclamó— Pero no sé quién es. ¿Mick Jagger?

— ¡No! ¿Quieres una pista?

— Venga.

— Esta canción es del último disco que grabó antes de mudarse a Berlín.

— Creo que lo tengo entonces. ¿Cuantas oportunidades me das?

— Debería darte una, porque con esta pista no puedes fallar, pero te concederé dos — dije, entre risas.

— Venga: Iggy Pop.

— Negativo. Te queda una.

— Entonces tiene que ser su inseparable amigo David.

— En efecto— dije, disimulando mi sorpresa— Te debo una botella, aunque te lo he puesto demasiado fácil.

— ¡Bueno! Me negarás que he estado agudo.

— Meh

— Lo que haces por no invitarme a una botella

— ¡Pero si te he dicho que te la debo! — dije, falsamente ofendido..

Las millas iban quedando atrás conforme navegábamos por los paisajes de este maravilloso país que es Francia. Los pueblos variaban en cuanto a estilo; también lo hacía el cielo y el clima. 

— Estás sonriendo — señaló Marcel —, quizá no era tan mala idea venir.

— Bueno… dale tiempo. El viaje me está gustando, pero todavía queda mucho trayecto por recorrer.

Al cabo, llegamos a un coqueto pueblo, lleno de casas empedradas y calles pavimentadas, donde las flore abundaban por doquier. En la cumbre de un monte, dominaba el paisaje de un valle fluvial que se extendía hacia la llanura. Abundaban los bosques en sus alrededores. Las montañas se alzaban, imponentes, a un lado y, hacia el contrario, el relieve parecía suavizarse hacia la llanura. Las calles, empedradas e inmaculadas, se sucedían como los vericuetos de un laberinto. Cargábamos cada uno con nuestras valijas, que inundaban de ruido los alrededores. En medio de ese murmullo, llegaban a mí entre el perfume de un saúco los aromas de un guiso haciéndose al fuego: laurel, tomillo, perejil, naranja y vino acompañaban al olor de la carne; me sentí embriagado por momentos. Algo hervía dentro de mí también: no lo quería reconocer, pero estaba emocionado ante lo que deparara el provenir. 

— Te debo una botella, recuerda— recordé a mi amigo.

— Descuida, amigo, todo en su debido momento. De momento dejemos nuestras cosas en casa.

Cruzamos una esquina y nos vimos en una cuesta franqueada por una fina acequia, ventanales colmados de flores y coquetos portones de madera ante nosotros: una de esas era la puerta de la casa de Marcel. Hicimos entrada en un salón de luz tenue; olía a incienso y humedad. Marcel me enseñó el lugar: tres habitaciones, una de las cuales era de matrimonio, una cocina coqueta, una bodega bajo el suelo y una azotea engalanada con hiedras, buganvillas y un falso jazmín. 

— Vamos arriba, ven.

Tomó una botella de vino de la bodega y subimos a la azotea. La descorchamos y nos servimos una copa. El sol se acercaba al ocaso y los cielos se teñían de arrebol. La vida en aquel momento parecía respirar. Había olvidado París, a Mara y a mis preocupaciones. Allí, esa paz omnipresente del medio rural invitaba a la serenidad, al reposo, a reducir aquella frenética marcha del urbanista y sustituirla por un caminar grácil y desenfadado; los suspiros, por una exhalación tan lenta que se antojaba eterna. Miré a mi amigo, reclinado en su silla mientras observaba atentamente su cáliz carmesí.

— Aún te debo una.

— Ya habrá tiempo de pagar la deuda— vamos a cenar y a descansar. Mañana quiero enseñarte un sitio.

— Como quieras. No tengo demasiada hambre.

— Pues bebe, entonces. No hay nada como la bebida para abrir el estómago.

La velada prosiguió, entre copas de vino y risas. A mitad de la botella, apareció repentinamente el apetito. Cenamos una mescolanza de pan, embutido, queso, conservas de pescado y encurtidos. Las guindillas encendían mi paladar, que apagaba con la tierna textura del queso. Seguimos comiendo y bebiendo. La noche había entrado de lleno y la tranquilidad del atardecer iba menguando: se oían grupos de caminantes por aquí y por allá, entre gritos, risas y parloteos.  

— Hay bastante gente, ¿no? — señalé.

— La villa se llena de gente estos días, para celebrar la primavera. ¿No es maravilloso? Habrá ferias y fiestas. Mañana te voy a llevar a una.

— ¿Es algún tipo de romería o algo similar?

— Habrá romerías, pero esto es algo especial: es una fiesta privada, secreta, de hecho. Han reunido a gente de muchos lugares de Francia: habrá chicas preciosas.

— Ajá — asentí— ¿lo organizas tú?

— Un conocido mío de la zona, pero lo he promocionado por París y otros lo han difundido por aquí, aunque no a cualquiera. Ya verás, habrá un ambiente selecto. Ponemos mimo en escoger cada invitado para que la fiesta de lo mejor de sí.

— Interesante.

— ¿No estás emocionado? — dijo Marcel, clavándome sus ojos golosos de alcohol.

— Lo estoy, no te voy a mentir. 

A Marcel lo llamaron repentinamente por teléfono y fue adentro a hablar. Oía el eco de su voz que se filtraba a través de la puerta corredera. Mientras, me deleité en mi mera presencia allí. El aroma de un jazmín flotaba por el aire. Al cabo, Marcel volvió.

— Vamos a la calle, unos amigos nos están esperando.

Nos abrimos paso por las cuestas empedradas, entre portones de madera, acequias para recoger el agua pluvial, fachadas empedradas y algunas hiedras verdosas, moteadas de hojas pardas, que camuflaban parcialmente algunas de ellas, trepando por sus recovecos.

Llegamos, al cabo, a una abarrotada plaza, llena de terrazas donde éstos bebían vino, aquellos bebían cerveza y los otros, cócteles. Algunos lo hacían desde la comodidad de una terraza, mientras que el resto les bastaba con charlar de pie, vaso en mano. En una de estas terrazas había un grupo de jóvenes. Marcel se acercó a ellos y me los presentó después: eran dos hombres y dos mujeres. Uno de los hombres, el más extrovertido, era eminentemente afeminado, de pelo crespo, rubio, y silueta delgada y esbelta sobremanera, delicada como las formas del David de Miguel Ángel. Le acompañaba un hombre, masculino, con barba y pelo largo, porte relajado y sereno, ojos enrojecidos—quiero pensar que por la alergia—. Les di la mano amablemente, aunque no llegue a percibir sus nombres. Las mujeres eran, por un lado una joven rubia —teñida—, hermosa, de ojos verdes, nariz respingona y labios carnosos, que fumaba sensualmente un cigarro mientras me miraba, tácita y juzgante.. La otra, morena, era también hermosa, pero de una belleza más oscura y decrépita, delgada, pero con un cuerpo esbelto sobremanera, de caderas amplias, cintura estrecha y senos marcados, que se insinuaban a través del escote, vestida de negro, con labios rojos de carmín, pestañas largas y raya impecable, se me antojó una diosa. Sus brazos y pecho estaban cubiertos de tatuajes, y en su ruda y áspera mirada había un atisbo de dulzura que acaso sólo yo atisbaba a ver. 

Nos presentó, pero sólo recuerdo el nombre de la morena. El afeminado, que era el más extrovertido del grupo y, aparte de ser un onicófago consumado, no paraba de hacer gestos nerviosos y otear a sus alrededores. Sospeche que fuera consumidor de cocaína en un principio, pero el hecho de que no visitase el baño en toda la velada, su mandíbula se tensara o sus ojos fueran pláticos, renuncié a mis sospechas: se trataba, sencillamente, de un tipo nervioso.. 

— Mi amigo viene mañana, pero no reveléis nada, que va a ser una sorpresa— dijo Marcel, refiriéndose a mi.

Todos sonrieron pícaramente, menos el enmelando, cuya seriedad me resultaba llamativa incluso a mi.

— ¿Algo le habrás contado, no?— dijo el afeminado.

— Sólo sabe que hay una fiesta— repuso Marcel.

— Te lo vas a pasar genial— resaltó el primero, mientras llevaba su mano a mi antebrazo.

Charlamos entre bebidas y cigarrillos. Descubrí que algunos de ellos eran de aquella zona, pero vivían en París desde hacía tiempo. Me extrañaba que, siendo amigos de Marcel, no los hubiera conocido antes, lo cual no es más que una muestra de lo inabarcables que eran los círculos de este hombre, al que no me extrañaría  incluso ver tomándose un café con el presidente. El afeminado se dedicaba al diseño de moda, de las chicas, la rubia era modelo y la morena actriz, el otro chaval se dedicaba al séptimo arte, como cineasta. Con este último hablé, de hecho, de cine: era un apasionado de Godard, en cuanto a lo francés, y de Kubrick, en cuanto a lo extranjero. 

Marcel habría tenido fuelle para alargar la velada hasta entrada la madrugada, pero no todos estamos hechos del mismo material: me vio bostezar seguidas veces y se dio cuenta de que tal vez era una buena alternativa retirarse y descansar para el día siguiente. Nos despedimos del grupo y nos retiramos a casa, caminando por las calles del pueblo en serenidad.

— La morena era preciosa— le dije.

— ¿Giorgia? Su familia es italiana, de Génova. Viene mañana, por cierto.

Marcel me miró.

— ¿Insinúas algo?

— Nada que no hayas pensado tú, zorro.

Llegamos a su casa y nos hicimos rápidamente a las camas.

A la mañana siguiente, desayunamos tranquilamente en la azotea de la casa: unas tostadas con mantequilla, huevos revueltos, queso, fruta y café. Los pájaros piaban y la luz dorada del sol se filtraba por todos lados. La vida era bella y me habría congelado en aquel momento, a falta quizá de la tal Giorgia para no echar de menos al sexo femenino en aquella estampa.

Nos vestimos de campo para ir a visitar los alrededores del pueblo: Marcel quería que conociese la naturaleza que rodeaba su villa natal. Dimos un paseo por los aledaños del bosque. Se oía solamente el piar de los pájaros, las pisadas y el soplar intermitente del viento. Nos emboscamos entonces, discurriendo por la espesura. Desconocía dónde nos encontrábamos, pues todo el bosque parecía simétrico e idéntico, pero él parecía navegar por rutas y senderos que permanecían ocultas a mi percepción de novicio. El bosque se abrió ante nosotros eventualmente, revelando un estanque formado por un salto de agua; el estanque formaba un riachuelo que discurría bosque abajo, entre pedregales cubiertos de musgo. «Mi abuelo me contaba que aquí vivían unas brujas», dijo. Me reí irónicamente. «Cuando era pequeño, venía mucho con unos amigos del pueblo, pero mi abuelo y mis padres nos lo prohibían. Mi abuelo era cazador y conocía todos los rincones del bosque, sin excepción. Para mi, todo era igual: caminos y árboles, pero él veía atajos, escondrijos, atalayas desde las que vigilar, madrigueras. Me enseñó que los bosques están llenos de hitos que uno puede aprender a leer si está dispuesto a ello, incluso en los rincones más planos y, aparentemente, anodinos. Con el tiempo aprendí algo: las personas son iguales que un bosque. Están llenas de señales, si estás dispuesto a aprender a leerlas. Hay quien es más fácil de leer y quien resulta enrevesado; hay quien engaña y resulta traicionero, pero hasta las trampas se pueden reconocer si se está atento. He hablado de las personas, pero esto se puede extrapolar a otros tantos campos. En definitiva, hay que estar atento a lo que uno tiene delante, desconfiar, pero ser lo suficientemente naïf como para reconocer aquello que a uno es nuevo. Los prejuicios pueden ayudar a uno a reconocer una amenaza, pero también lo cierran a uno a aprovecharse de lo novedoso. Ya hemos llegado»

Siguiendo el riachuelo curso arriba, la vegetación nos cubría, pero un claro nos sorprendió repentinamente: nos encontrábamos en un risco desde el que gozaba de unas vistas privilegiadas del lugar. El río grande discurría por el valle. Estábamos a media altura, entre la cumbre del monte y el río. Vislumbrábamos la villa en la lejanía, así como las cumbres circundantes. Una bandada de pájaros se revolvió en el cielo ante nosotros.

— ¿Te gusta mi tierra? Espero que no tengas las agallas para decirme que no — preguntó Marcel, entrerriéndose.

— Tengo que admitir que me está gustando — repuse, dándole una palmada en la espalda.

Volvimos a tiempo para degustar la comida local en un restorán. La tarde la dedicamos a la siesta. Al despertar, nos preparamos para la festividad.

En la tranquilidad de su zaguán, Marcel me ofreció una bebida. Charlamos tranquilamente, abrigados por el calor primaveral. Me contaba acerca de las aventuras que había vivido. «Estuve un año en los trópicos, pululando por África, la India, L’Indochine y América del Sur. No recuerdo una opresión tan grande como la que sentí en el corazón de la Amazonia. Aquello era un vivero, al resguardo de la luz del sol, en el que la humedad y el calor hacían que a uno le hirviera la sangre. Estaba derrotado y, con todo y eso, necesitaba otro tipo de fuerza —la mental— para convencerme una y otra vez de que no tuviera malaria, u otro tipo de parásito. Estuve a salvo de ella durante mis aventuras, aunque eso no me libró de unas cuantas diarreas, sobre todo los primeros meses. Tuve epifanías en los templos de Bengala y Tailandia, que se vieron culminadas por los efectos de la ayahuasca en América del Sur. Morí y renací, no una, sino enésimas veces. Durante este año, viví tantas vidas —y más— que volvieron un triste y difuminado espejismo hasta los recuerdos más tiernos de mi infancia.  Aún recuerdo el retumbar de los tambores en el corazón de la selva guiando el crepitar de las llamas, alrededor de las cuales se formaba un suculento teatro de espíritus andinos. Los espíritus, dinámicos y cambiantes, que tomaron primero la forma de entidades hostiles, dirigiéndome muecas funestas; acabaron mutando en seres afables.» Suspiró y mantuvo un prolongado silencio. «Y, pese a todo, no hay sensación parecida a la que experimenté al volver al calor de mi hogar. De este hogar. No la he encontrado en el frenesí de París, ni tampoco en lo ancho y largo de este mundo. Por muchas aventuras que vivas, siempre anhelarás volver al útero materno. Ese es el único lugar donde uno se encuentra realmente a gusto.»

— ¿Cómo fue que comenzaste a consumir tu láudano? Nunca me has contado esa historia.

— Cuando llegué al sudeste asiático, mi estómago estaba resentido. Aquí siempre he comido fuerte, pero la comida de allí no es de fiar, sea ligera o pesada. Si no está en mal estado, lleva una combinación explosiva de especias que son demasiado agresivas para nosotros, pobres europeos; el Goulash a su lado es una macedonia. En la India sufrí varios cólicos y vómitos. Llegué a pensar que no viviría para contarlo. Todo esto ocurrió en una aldea, y los hechiceros que había allí —porque allí no había medicina, sino hechicería— me hicieron tragar unos brebajes imbebibles. Era difícil escoger entre los vómitos que sufría y los que me provocaban esas bebidas del demonio. Sin embargo, me sanaron. Durante aquellos días, me disocié de mi cuerpo; soñé con espíritus y seres de la mitología hindú, que luego me sorprendieron en los adornos de algunos templos en Indonesia. Uno de esos espíritus estaba adornado con unas borlas que parecían el fruto de la adormidera y  derramó un líquido vinoso sobre mi. Me sentí purgado, y dio comienzo a mi curación. Por entonces, no le di mayor importancia. He de decir que, aunque repuse las suficientes fuerzas como para proseguir con la aventura, no había recuperado todo mi vigor. Al llegar a la frontera entre Birmania, Laos y Tailandia, nos instalamos unos días en la confluencia del río Mekong con el Ruak: allí, la adormidera se cultiva por doquier. Pude ver el látex lechoso fluyendo de las cabezas de las flores, y comprendí de este modo la visión del espíritu. Se nos ofreció opio en bruto: acepté. Hasta aquel entonces, como la mayoría de europeos, tan sólo había probado el vino y el cáñamo, en cuanto a drogas se refiere. Descubrí a posteriori que aquella dosis era una barbaridad para un novicio. Los efectos se hicieron patentes a no mucho tardar: la parálisis de las vísceras era evidente, la tranquilidad que me invadía también. El opio provoca serenidad, pero uno se siente extrañamente eufórico; poco a poco la sedación va haciendo efecto, llevándolo a uno a ese estado de duermevela, a medio camino entre la vigilia y el sueño. Aquella tarde-noche me bañé en un estanque termal: me senté en la posición del loto bajo una catarata que golpeaba contra mi nuca e, inmerso en la euforia y la somnolencia del opio, me desintegré. Al volver en mí mismo, me sentía renacido: todo el vigor había vuelto a mi cuerpo, con un extra de fortaleza e ímpetu. Pude volver a comer en paz sin notar mis vísceras resentida, aunque tuve que tomar algún laxante por la astringencia. Del Mekong me llevé una serie de recuerdos: una bola de opio considerable y un surtido de aceites esenciales, resinas y especias. Uno de esos aceites, según me recomendó un chamán, diluido en agua y tomado con cada comida, prevendría cualquier tipo de infestación parasitaria. El resto, servían para desinfectar úlceras, agudizar la vista y la audición —según hacían los cazadores de allí, aplicándolas en los respectivos órganos a modo de gotas— o estimular los apetitos de Eros, entre otros usos; uno especialmente útil, movilizaba las vísceras para aquellos que disfrutaban del jugo de adormidera. Llevar el opio conmigo, sin embargo, fue una decisión propia y no una sugestión chamánica. Temeroso de que encontrasen mi alijo, tomé alcohol, ajenjo y la resina de adormidera e hice una tintura, mi propio láudano, que rebajé con vino suave, aprovechando las propiedades de algunas de las especias, que sirvieron de aderezo. El resultado fue una especie de vermú, aromático y especiado, con matices de regaliz en boca que, adormeciendo el paladar, disimulaban el amargor del ajenjo y el opio. Tras recorrer durante dos meses y medio más el sudeste asiático, puse rumbo a Sudamérica. Allí, el láudano me curó el mal del alturas que achacaba a los viajeros andinos, y me curaba la opresión en el pecho que causaban los humores de la selva amazónica. Cuando me subía la calentura y notaba escalofríos o fatiga, unas gotas daban consuelo al ánimo y vigor al cuerpo. Si no hubiera sido por este elixir, mis huesos estarían enterrados bajo metros de fronda selvática. Al volver a Europa, lo he seguido empleando, por gusto más que por necesidad. 

— Curioso es. ¿Lo sueles compartir?

— No suelo. ¿Me estás sugiriendo que te invite?

— No, gracias. Era por mera curiosidad.

— Entiendo. Verás, mientras visitaba Perú, estuve unos días en una ciudad, a las orillas del río Ucayali, uno de los afluentes del Amazonas. Allí mantuve en secreto un romance con una joven precios: era una mestiza, sus rasgos eran más suaves que los de sus compatriotas y sus ojos marrones claros parecían hechos de miel cuando golpeaba el sol contra ellos. Nos veíamos en secreto y hacíamos el amor durante largas horas, encuentros potenciados por los brebajes que guardaba desde Asia. En América los depresores escasean; allí abundan las sustancias que, como la coca, el tabaco o las campanillas, contienen estimulantes. Ella, como era de esperar, no estaba acostumbrada al láudano y, tras probar unas gotas, creyó enloquecer por los efectos que le produjo: paradójicamente, sufrió un ataque de pánico. Conseguí calmarla, pero pensó que la había embrujado. La gente allí, como comprenderás, es supersticiosa. En definitiva: tuve que huir. Desde entonces soy celoso con quien comparto. Si tú me lo pides, te doy cuando quieras.

— Ya te he dicho que no hace falta. Cambiando de tema: lo he pensado y todavía creo que no sería capaz de guiarme por el bosque de esta mañana—, le dije.

— No serías capaz de guiarte — repuso con media sonrisa burlona—, no con tu intelecto humano.

Se hizo un silencio, ciertamente incómodo. Comenzaba a notarme acalorado y tenso.

— ¿Qué quieres decir con eso? —repuse gravemente.

— Quiero decir que, como humanos estamos limitados por nuestro intelecto, que hace de barrera con respecto a nuestra esencia animal — repuso con su mirada irónica, inquietante — y, sin embargo, si por un momento dejas que el puro instinto guíe tus pasos, verás que te conduce a los lugares más interesantes sin suponer esfuerzo alguno para ti.

— Por mucho instinto animal que tengamos, aquel bosque era tortuoso, repetitivo, uniforme. Daba la impresión de no tener ninguna referencia: era un yermo.

— Como ya he dicho: hay maneras de guiarse por ese bosque, por mucho que las ignores. Intentas aprehender  — dijo, con énfasis en la pronunciación correcta de esta palabra —todo lo que hay a tu alrededor. Cuando se intenta aprehender algo con el intelecto humano, que es limitado, la comprensión se escurre entre los dedos, como mantequilla. Esto es porque el intelecto se superpone sobre sobre otros mecanismos de los que constamos. Se superpone y los sobreescribe, pero hay otros métodos: se puede conocer a través del cuerpo, de la intuición, de la imaginación o del puro instinto. El intelecto puede entrenarse, como el que entrena a un músculo pero, del mismo modo que el músculo alcanza un tope, también lo hace el intelecto.

Suspiré, tras la retahíla.

— ¿Esto lo aprendiste en la Amazonia también? ¿O lo «aprehendiste»? — dije, burlonamente.

— ¡Qué sentido eres! — repuso, ligeramente ofendido — No eres capaz de abrirte a ideas nuevas. Sí, lo aprendí en la Amazonia. Esto que te estoy diciendo es una verdad… ¡No! Es «la verdad», la verdad profunda e inmutable que tenemos todos dentro. Del mismo modo que yo la tengo dentro, tú la tienes también.

— Si la tengo, no soy consciente.

— No lo eres, pero lo serás pronto. — dijo, con una mirada sardónica.

— Voy a ir al baño un momento: me noto extraño. 

— Has de hacerlo.

Se hizo el silencio. La respuesta fue de tal gravedad, que palidecí. El malestar desapareció, sustituido por la desazón.

— ¿Qué? ¿A qué te refieres?

Se hizo el silencio de nuevo. Fui apresuradamente al baño y me miré en el espejo. Mi frente estaba empapada en sudor, el rictus tenso y mis ojos, en lugar de azules, eran negros como una luna nueva. Cerré los ojos, nauseabundo. Noté la voz de Marcel resonando en mi cabeza, como el eco de un grito lejano. «Durante el día has sido hombre. Esta noche, te toca ser animal. Mañana, serás un Dios», enunciaba. Abrí los ojos, empavorido, para descubrir que me hallaba solo, en completa oscuridad. Me incorporé, intenté hallar la puerta de entrada al recibidor, en balde. Caminé a ciegas, guiado por nada más que mis sentidos. Me di cuenta de que era capaz de «escuchar» el espacio en el que me encontraba, como hacen los murciélagos. Oí, de repente, un aullido canino en la lejanía que heló mi sangre. Irónicamente, me sentí invitado más que amenazado por aquel canto de sirena. Sin darme cuenta de cómo, me hice a lo alto de una colina. Vi la luna llena teñida de sangre, alzándose por el horizonte. Al encuentro de mis pisadas salían despavoridos los roedores y los reptiles. Era al encuentro de estas pisadas que aparecían rastros humanos: olían a secreciones, con toques de almizcle. Encontré en el suelo también restos de una bolsa, que desprendía un aroma químico, reminiscente al del alcanfor. A medida que seguía estos olores, se iba haciendo patente un sonido grave en el ambiente, una especie de latido. Seguí también ciegamente este latido, presa de mis instintos. Al cabo, un claro de luna plateado iluminó aquel salto de agua donde me encontrara por la mañana; el agua se colmaba de destellos y, tras la cascada, se intuían unas luces rojizas centelleantes. Tras las aguas se hallaba la entrada a una cueva, oculta tras una puerta de madera, deteriorada por la humedad y los insectos. La crucé y me hice a unas escaleras de piedra. 

Conforme descendía, el latido se desdoblaba en varios golpes de bombo sincopados y otros sonidos se sumaban a su golpear: platillos, sonidos sintéticos que se antojaban futuristas e incluso infernales y, flotando entre esta sinfonía, se intuían susurros; jamás sabré si estos susurros eran fruto de una alucinación o eran parte de la música. Eventualmente, las escaleras desembocaban en una especie de teatro, donde abundaban las luces, coloridas e intermitentes. Dentro, una marabunta se reunía de cara a una macabra figura: parecía un retablo satánico, cuyo mártir lucía en cueros y con dos cuernos de alce coronando su figura; en el retablo lucían cruces invertidas y otros símbolos que no alcanzaba a conocer; al ver de cerca al «santo» me di cuenta de que se llevaba una mano a la entrepierna y la otra la mantenía alzada hacia el cielo. Las luces permitían ver inscripciones en  las paredes y la cúpula de la caverna, consistentes en símbolos, grafías y jeroglíficos que me eran completamente ajenos. Las sombras que pululaban por la caverna, esto es, los asistentes a tan macabro aquelarre, se movían como poseídos por la música. Uno de ellos se acercó con un vial humeante y, sonriendo sardónicamente, hizo un ademán, invitándome a inhalar los vapores que de allí surgían. Cegado por mi embriaguez e impulsado por el instinto, inhalé. Comencé a notar un alivio por todo mi cuerpo, tenso hasta entonces, y una oleada de placer lo invadió, provocando que se moviera por si mismo, al ritmo del golpe de bombo. Di las gracias al desconocido y me alejé.

Se dibujaron entonces las siluetas de un cuerpo femenino, bailando sensualmente. La mujer se dio la vuelta y noté una expresión de sorpresa en su cara al reconocerme. Volvió a tornarse; me puse a su lado, a una cierta distancia. Noté que giraba la cabeza hacia mi, e hice lo propio con la mía: en su cara se dibujó una sonrisa espontánea y natural, una sonrisa que no era sardónica y burlona, sino seductora, en un modo siniestro, como si aquella mujer fuera un súcubo intentando seducirme. Sonreí y se puso frente a mi. Movimos nuestros cuerpos y puso los brazos sobre mi. Nos besamos con pasión, con tanta complicidad como si fuera la enésima vez que lo hiciéramos. Nuestros cuerpos parecían fundirse el uno con el otro y, nuestros corazones, acelerados por los ritmos de ultratumba, batían al mismo ritmo. Estábamos desinhibidos, poseídos por una pasión irrefrenable, cuya naturaleza desconocíamos pero que invadía nuestro ser. Me tomó de la manó mientras sonreía y nos alejamos de la multitud; me condujo a otra gruta, lejos del barullo donde, a solas, pude acceder a su intimidad. Como dos animales, nos amamos intensamente, con nuestros cuerpos moviéndose al ritmo de la música pulsante. Entre arañazos, mordiscos, gemidos, se sucedían las idas y venidas de su sexo contra el mío. En la más supina oscuridad, apenas si alcanzábamos a clavarnos las miradas el uno al otro. Estas miradas parecían alcanzar los rincones más profundos del alma. No había mediado palabra entre nosotros, solamente nuestros cuerpos se comunicaban mediante un lenguaje tácito, pero ostensiblemente expresivo. El ritmo de las acometidas se aceleraba en armonía con el pulsar de la música y, al ralentizarse ésta, hacía lo propio nuestro danzar, dejando que nuestros pechos respirasen y liberasen parte del frenesí acumulado. Nos empapamos de sudor y otros efluvios. Notaba el calor de su pecho desnudo contra el mío, el batir de su corazón y cada caricia se convertía en una sinfonía de sensaciones, expresivas por sí mismas y llenas de significado, perdido en ese agitado mar de estímulos en el que me encontraba. Eventualmente, el frenesí escaló hasta preceder un clímax que parecía un barranco sin fondo, por el que me precipité ciegamente. Este precipitarme, sin embargo, no me hizo acabar despeñado y moribundo, sino que me vi amortiguado y conducido por un estallido de placer extático, intenso pero muelle y acogedor. Los vaivenes de nuestros pechos se ralentizaron. Estábamos abrazados el uno al otro y fue un prolongado trance, en el que perdí cualquier noción del tiempo.

Tras volver a la luz nos miramos; su cara estaba llena de sudor y me miraba, sonriente. Por un momento, creí que se trataba de Mara, pero esta falsa impresión no perduró más que por un breve momento. Me besó de nuevo, rodeando con sus brazos mi cuello. Nos separamos y la tomé de las caderas y luego de las manos como indicándole el camino de vuelta a la gruta principal. Una vez allí, el adiós fue definitivo. De vuelta a la pista, me movía con paso renqueante, como bailando y caminando al mismo tiempo. Mis brazos se debatían también entre la quietud y la maniobra. Me encontraba presente en aquel momento — hasta el punto que había olvidado el reciente encuentro con aquella desconocida —, sin pensamiento alguno que surcara mi mente. Sólo existía aquel momento, en que era incapaz de recordar mi nombre, mis orígenes y toda mi vida anterior al instante en que me encontraba; sin embargo, aquella atmósfera me resultaba extrañamente familiar, como si no fuera la primera vez que la viviera o hubiera vuelto a algún tipo de estado ancestral en mi, jamás accedido anteriormente. Cerré los ojos y dejé que la música me invadiera: con los compases, el bombo desaparecía fugazmente, para volver a irrumpir con ímpetu otra vez más; este ir y venir del pulso marcaba el dinamismo de la música. Los golpes se sincopaban y tomaban formas polirrítmicas. Entre las minimalistas melodías y acordes que acompañaban al agitado ritmo, se dibujaban vagamente voces susurrantes, que parecían hablarme, como si de espíritus se trataran. Intenté aprehenderlas, pero las frases que recitaban se volvían esquivas, convirtiéndose en ruido en cuanto mi atención intentaba reconocerlas. Este hecho se repetía una y otra vez. Abrí los ojos nuevamente, reconociendo mis alrededores.

Por un instante, alcancé a ver al que parecía Marcel, camuflado entre la turba. Parecía tan abstraído como el resto. Con un toque en el hombro intenté llamar su atención. Me miró y me sonrió, desconozco si por automatismo o por el hecho de reconocerme. Respondió con un medio-abrazo, como desubicado. No respondía ante cualquier otro estímulo, así que desistí, pensando que se hallaría igual de inconsciente o si sería él en todo caso. De cualquier modo, me encontraba tan inmerso en mi propia ebriedad que cualquier interacción me era indiferente.

Por primera vez en aquella estrambótica velada, tuve un atisbo de juicio: durante un momento fugaz, recuperé la consciencia de mí mismo. Hasta entonces, estaba despierto y, en cierto modo, consciente de mi entorno y presente en él, pero ignorante de cualquier realidad previa o futura: sólo existía el mismo presente en que me encontraba. Aquella revelación se esfumó, pero el repiqueteo de esa consciencia me acompañó a partir de entonces. Una ansiedad comenzó a achacarme, ansiedad que hacía de heraldo de aquella realidad que intuía pero ignoraba. Mi corazón latía más acelerado si cabe y mis piernas pasaron de casi flotar a notarse anquilosadas y pesadas sobremanera. Los vapores que flotaban en el ambiente causaban náuseas y espasmos. En mi ensimismamiento me hice a la salida de la caverna, sin percatarme de cómo. El primer soplo de aire fresco me revivió, tras haberme hecho tremolar en primera instancia. La luz crepuscular era el telón de fondo, moteado por algunas estrellas, que se pintaba tras las sombrías siluetas de los álamos. Renqueaba en un estado intermedio entre la embriaguez, que iba decayendo, y la recuperación de la sobriedad. Los recuerdos iban volviendo a mí: comencé a tener consciencia de mí mismo y de mi vida. Aquella especie de aquelarre se antojaba lejano, como si acabara de despertar de un sueño. 

Por aquel páramo encontré a un hombre que parecía pasear por el campo. Aún intoxicado, lo confundí con algún ente maligno; conforme se avecinaba, reconocí un rostro humano y una mano que me saludaba afablemente. Pasamos de largo, pero noté una voz llamándome a mis espaldas

–– ¿Estás bien? 

Me di la vuelta. Intenté articular palabra, en vano. Hice un gesto llevando la mano al gaznate, como para sugerirle que estuviera moribundo, o camino de estarlo. 

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en una consulta, desorientado y amnésico. Poco a poco fui recuperando memorias de las últimas jornadas. Recibí atención del médico local, un suizo de lo más elegante, acompañado de su joven ayudante, que por su acento, era provenzal.

El médico me inspeccionó y, tras las debidas exploraciones, me sometió a la anamnesis— «amnesis» en todo caso. 

— Está usted como un roble. Ha sido un mero síncope lo que ha sufrido. ¿Tal vez haya sufrido una experiencia muy intensa? — dijo socarronamente, haciéndole una seña a su ayudante — En cuanto a lo que hacía usted en el bosque, no es de mi incumbencia. La gente lo comentará, créame. Espero que esté usted de paso, porque el sambenito no tardarán en colgárselo por esta tierra. Cuídese y vaya con Dios.

Me despedí del doctor y abandoné el consultorio. Desorientado en un principio, reconocí al fin la calle donde me encontraba. No tenía espejos a mi alrededor, pero tampoco eran necesarios para saber que mi aspecto era deleznable. Había un parque lleno de niños jugando; uno de ellos se me acercó y, con una mirada inquisitiva, de una sinceridad tal como la que sólo pueden expresar los pequeños y los borrachos, dijo: «Pareces un mendigo». No lo dijo mofándose, ni queriendo burlarse o apiadarse de mi. Era una simple afirmación: constataba mi imagen. De repente, miré a mis manos y las envueltas en roña y lo que parecían unos parches de vitíligo, pero con la textura de un moho blanquecino. Una barba grisácea y descuidada, como de hechicero, llegaba hasta mi cintura, y las uñas de los pies, descalzos, eran largas y aberrantes, como las de Víctor Manuel II. Mientras me reponía del choque que supuso verme así, noté un peso en la espalda: era un niño abalanzándose sobre mi. A ello lo siguió uno más y otro. A partir del cuarto perdí la cuenta. Los niños me golpeaban e intentaban derribarme. Luchaba contra ellos, en vano. Me derribaron, al cabo, y el peso de sus cuerpos sobre mi se hizo insoportable. «Indigente, drogadicto, sucio», gritaban, enfurecidos.

Lo siguiente que recuerdo fue el brazo de Marcel zarandeándome. Estaba en la habitación de invitados de la casa de Marcel. Aún no sé en qué momento de cada recuerdo empiezo la vigilia y acaba el sueño. Aparté a Marcel agresivamente, sumido aún en la pesadilla de los niños.

— ¡Despierta! Putain.

— ¿Qué quieres?— exclamé, dormido.

— Estás vivo. Deberías estar más vivo que nunca. ¿Qué te ha parecido?

— ¿Parecido el qué?

Estaba desorientado, sin procesar aún lo vivido.

— ¿Qué va a ser? ¡Lo de anoche!

— Ayer tuve un sueño de lo más extraño, si te soy sincero.

— No seas imbécil. No fue ningún sueño. Viniste con nosotros a la fiesta del bosque, y yo mismo te he traído a casa.

No tenía ningún sentido seguir haciéndome el ignorante.

— ¿Por qué me has drogado? No me hace ninguna gracia.

— Porque tenías que experimentar esto. Conociéndote, te habrías negado. Te he dado la oportunidad de vivir algo único por una noche. Ayer no parabas de repetir lo feliz que estabas y, al volver a casa, me dabas las gracias por el camino.

— Mira… — suspiré, resignado — …no sé lo que viví ayer. Me sentí extraño, pero la sensación me era familiar, como algo que hubiera vivido ya. Eso sí, no recuerdo haber ido o vuelto contigo. Es todo tan confuso…

— Como te he dicho, dentro de nosotros hay mundos que desconoces. Lo que acabas de experimentar no es más que la punta del iceberg.

— ¿Por qué lo has hecho? — una fuerza iracunda reverberaba en mi garganta. Sentía ganas de gritar a Marcel, de agredirle, de dañarlo. Sentía como si mi integridad y mi pureza hubiesen sido violadas por él.

— No lo entiendes, mon ami, pero yo si. Tienes un enorme potencial… Tú no lo ves, pero yo si, siempre lo he visto: eres un tipo brillante. Sin embargo, vives en tu mundo cuadriculado, con las mismas rejas que tú te has puesto—o te han impuesto—. Tenía que sacarte de la jaula, para que vieras lo que es la libertad.

— No estás bien de la cabeza, Marcel. T’es tellement folle—, repuse. Ira y miedo se mezclaban por momentos.

— Ódiame si quieres. Alguien lo tenía que hacer. Yo he sembrado la semilla de un potencial en ti; si quieres regar esa semilla o dejar que se marchite al volver a París, es tu propia decisión.

— ¿Qué semilla? ¡Me has engañado, y todo por una locura tuya!

— ¿Crees que quiero hacerte mal? Lo he hecho por ti.

— Mira, tasse toi. Me voy a dar un paseo.

— Como quieras, aquí estaré.

Me cambié y salí a pasear. Aproveché para asearme: una ducha de agua fría me revitalizó, aunque no disimuló mis ojeras y mis pupilas, aún midriáticas tal y como evidenció mi reflejo en el espejo, pero si lo hicieron unas gafas de sol. Había amanecido ya y la luz de la hora dorada pintaba las superficies de colores vibrantes. De aquella guisa, entre las luces y las sombras de las callejuelas provenzales, capté un olor dulce y sedoso: pan recién horneado. Rastreé con mi olfato ese olor, a través de las calles, del mismo modo que rastreaba la noche anterior; algo de mi parecía trazar espontáneamente el origen de los aromas. Entré a la boulangerie de la que emanaban los aromas de la levadura, harina, agua y azúcar. 

— ¿Levantado a estas horas? ¡Qué madrugador! — dijo el panadero, que era un señor amable, mostachudo. 

Esbocé una breve y amagada sonrisa. A pesar de la amabilidad del panadero, sentía reparo y reduje el contacto visual al mínimo indispensable. Debió pensar que era raro o retraído. Me decidí —como si no lo tuviera claro de antemano— por un pain au chocolat, agua y un café.

Me senté en una mesa. Los fieles clientes entraban y el panadero les entregaba sus barras de pan correspondientes. Uno de ellos, muy elegante y distinguido, llegó con un perro dálmata igual de  majestuoso, que caminaba con unos aires casi equinos. Yo, agazapado en la esquina, miraba de reojo a aquel señor de la campiña, mientras llevaba a cabo el repetitivo ritual de mojar el bollo en café, llevármelo a la boca, dar un trago al agua y repetir. Seguía hambriento. No dudé en lanzarme a por un éclair, que en su caso me llevé a la calle. 

Miraba a mi alrededor: el mundo seguía igual que siempre, pero algo dentro de mi no estaba como siempre. Me sentía como un lago al que han tirado una piedra: las olas agitaban mis aguas, que se arremolinaban caóticamente. En medio de ese torbellino de emociones, poco podía sacar en claro de mi fuero interno, salvo una única conclusión: Marcel era un cabrón. Sentí odio hacia él y me lo imaginé siendo estrangulado por mi, y torturado de todas las maneras posibles. Durante segundos, mi mente coqueteó con todas las fantasías de un sociópata. Cuando fui consciente de  estar detenido en medio de la calle, con el puño cerrado, tenso y los tendones casi agarrotados de la fuerza, la ira se disolvió y me noté liviano, con un peso menos. «No es un cabrón. Simplemente, es un inconsciente y no se puede controlar. Con Mara le pasa lo mismo.», me dije para mis adentros. Seguía descontento con él, lejos de los anhelos fratricidas, pero igual de lejos del perdón.

Volví a su casa, eventualmente. Marcel se había ido. Me armé de valor, recogí mis enseres y me fui en busca de un autobús que me tomase a la ciudad más cercana, para poder emprender de vuelta mi viaje a París. Decidí poner fin a aquella relación entonces, mancillada por el descarado —y de infinito mal gusto— atrevimiento de mi amigo.

Llevaba semanas en París y la primavera iba dejando paso al verano. Algo había cambiado dentro de mi. Intenté alejarme de Marcel por una temporada tras aquel episodio. No había dejado de sentir una cierta simpatía hacia él, pero aquella violación de mi integridad —e intimidad— me pareció haber rebasado todo límite. Frecuenté otras amistades y me moví por otros arrondissements, asistiendo a bares y eventos en los que tuviera certeza de no topármelo. Aunque lo hubiera hecho habría sido cordial, pues mi sangre prusiana tal vez me vuelva obstinado pero, más si cabe, diplomático.

El único vínculo que persistió fue Mara. Seguía acudiendo a su estudio, pero algo había cambiado entre ella y yo. Ya no la veía como aquel ser inocente, sino que había empezado a percibir algo de travieso en ella. Sus miradas de soslayo eran felinas y seductoras. Yo, por mi parte, había levantado algunas de mis barreras, pasábamos cada vez más tiempo reclinados en su sofá, a veces semienroscados, acariciándonos las piernas el uno al otro o haciendo el imbécil más de lo habitual. A veces nos lanzábamos indirectas de naturaleza sexual, cuando antes desoía las suyas o reía sordamente.

Mara estaba concentrada mientras esbozaba al carboncillo, frente a un cuaderno erguido sobre el caballete. Yo, mientras, escribía, con un cigarrillo en la boca. Sonaba de fondo my funny valentine.

— ¿Sabes a quién vi el otro día? — sugirió, no sin cierta ironía.

— Sorpréndeme — repuse, más irónicamente si cabe.

Mara me miró de reojo, inquisitivamente. Volvió la vista a su tarea.

— A un amigo tuyo… bueno, no sé si es la palabra correcta.

— Ya veo por dónde vas.

Suspiré. Di una calada a mi cigarrillo.

— ¿Estás enfadado con él?

— No.

— Vaya… pues lo parece.

Hubo un denso silencio.

— Y ahora parece que estés enfadado conmigo.

Mantuve en todo momento la vista fija en mi máquina de escribir. No estaba tecleando, ni quería. Tampoco quería hablar con Mara del tema. Al cabo, levanté la vista: Mara estaba con la mirada fija en mi, desde sabía Dios cuando.

— Mara, no quiero hablar de esto — había un atisbo de tensión e incomodidad en mi verborrea, pero fui lo suficientemente zanjante.

— Como quieras, mon chéri—contestó, con melosidad.

Volvimos a nuestras abstracciones.

— No estoy compinchada con nadie, si es lo que te preocupa — afirmó Mara, de la nada.

— Eso es lo que diría una cómplice, precisamente — repuse, socarronamente.

— ¿No funcionan contigo mis técnicas de espía?— se defendió, con jocosidad.

Ambos nos reíamos. Toda la tensión del momento había desaparecido y éramos como dos niños pequeños, tal y como tantas veces lo éramos. 

Me acerqué a ella sigilosamente por la retaguardia y pasé la mano por sus cabellos, peinándolos tras sus orejas. Desabroché su colgante y arracadas y los puse sobre la mesa. Mis manos acabaron posándose en sus hombros y las suyas lo hicieron sobre las mías.

—Tienes mucho margen para mejorar, Mata Hari

T’es tellement bête — repuso Mara, falsamente ofendida.

— Pongo todos mis esfuerzos en serlo.

— Si fueras tan buen escritor como payaso, tendrías a Montaigne besándote los pies. 

— Por desgracia soy un escritor mediocre, pero creo que a ti te he ganado con algo más que mis ensayos.

— No sé yo… — me buscó con la mirada.

La tomé de una mano e invité a que se levantara. Se dio la vuelta. Estábamos faz con faz, vis a vis. Quizá fuera cierto el mensaje de Mara, pese al tono sarcástico pues, si fuera mejor escritor, quizá tuviera el vocabulario necesario para esbozar el brillo de sus ojos mirándome, el anhelo que nuestros tensos cuerpos sentían el uno por el otro, o cómo se mordió los labios un instante antes de besarnos. Tal vez Mara lo habría reflejado infaliblemente en uno de sus cuadros, pero ya que quizá sea en el fondo un escritor mediocre, queda como tarea del lector figurarse ese momento, siempre que el lector no haya vivido ya una mímica semejante de esos momentos que preceden al clímax: es como si hubiera frente a uno un enorme acantilado, cuyo fondo no se intuye. Requiere coraje silenciar los pensamientos y lanzarse al vacío. La lógica alimenta la parálisis de los miembros. Iría contra toda prudencia precipitarse a lo desconocido y, sin embargo, hay otra fuerza que pretende rebasar esta contención de lo mental y dejar que la propia corporalidad actúe por si misma.

Precisamente eso dejé que mi instinto actuase y la tan reprimida tensión sexual, se consumó en un beso apasionado. El beso llevó a otro y los besos nos llevaron a la cama, donde nuestra depravación amatoria se prolongó hasta la mañana siguiente, como si un trance nos hubiera invadido. Entre encuentro y encuentro descansábamos, entre caricias y besos. No obstante, no hubo espacio para la charla: nuestro único propósito aquella noche era el de aprovecharla para amarnos. Y así fue. 

Tras aquel episodio culminante, Mara y yo pasamos otras tantas tardes en su estudio; seguíamos siendo amigos, como antes, salvo por el hecho de que ahora éramos amantes o, mejor dicho, nos amábamos intermitentemente en el curso de nuestra amistad y, sin embargo, nunca me había sentido tan a gusto con ella. Observaba su disimulado andar, sigiloso, sus poses felinas, sus miradas, de naturaleza felina también. A veces me planteaba quién ostentaba el laurel a la felinidad, si ella o Akenatón.

Mara daba trazos sobre un lienzo en blanco con un pincel empapado de un rojo tan escarlata como la muleta de un matador. 

— Me encanta el rojo— dijo, de la nada— porque no habría un color mejor para definir a un artista: el color de la sangre, de la pasión, del fuego — señaló una vela— Mira esa vela, como se enciende y consume poco a poco la cera. Si la azuzas, con alcohol, por ejemplo, arderá con un ímpetu mayor. Los artistas somos como llamas: nos consumimos, con tal de dar a luz a estos disparates que, de algún modo, no son tan disparatados.


«Ce sont des bêtises», habría pensado, dicho quizá, en otra época. Me contuve y escuché con atención.

—¿Por qué disparates?

— Son disparates. ¿No lo ves? El arte es puro disparate. No cumple otro fin que el de servir al egoísmo del artista, que necesita una vía de escape a esa pasión que lo consume. Hay otros que se escapan mediante sus cuerpos: mira a Marcel…

Se llevó la mano a la boca, como si hubiera mencionado a un difunto ante el doliente. Hice un ademán, como restándole importancia a lo que acababa de hacer.

— Sigue

— …el arte de Marcel es el de la extroversión. Su habilidad es persuadir a la gente, moverla, entretenerla. No crea ninguna obra per se, pero esa capacidad de manejarse en la sociedad, es un arte refinado.

— Me confesó una vez, en la Provenza, que su abuelo le enseñó a reconocer señales hasta en los lugares más estériles; dice que para él toda persona, incluso la más retraída, es un libro abierto.

— Seguramente sea así. 

— ¿Crees que estará dolido por lo mío?

— Lo dudo.

— ¿Lo dudas?

El rostro de Mara se tensó, como si hubiera dicho inconscientemente algo que no debiera y mi reacción la hubiera turbado. Había quien disimulaba mejor sus emociones: Mara era un libro abierto de par en par. Quizá por ello mintiera tan poco.

— Déjame explicarme. A Marcel le importas mucho, eres un gran amigo suyo. Le fascinas, precisamente por ese carácter tan germano que a él le parece obtuso e insondable. A los que se acostumbran a mover por las curvas, huecos y sinuosidades de la vida, les sorprende al que camina por un laberinto de rectas y ángulos, como lo haces tú. Tampoco es que seas el único germano que conoce, pero a ti te tiene un cariño especial, créeme. Hay muchas cosas que se guarda para sus adentros cuando estás presente. 

Se hizo un silencio.

—Aunque tiene sus confidentes— añadió, agachando la cabeza.

— ¿Entonces? ¿Está dolido o no?— repuse, tajante— No me has respondido en absoluto.

— Le dolió mucho que abandonases su casa sin despedirte: esperaba que te apaciguases dando un paseo, que volvieses y disculparse contigo. Él no tenía malas intenciones, pero a veces es impulsivo y se le ocurren cosas… estrafalarias digamos. Parece mentira que no conozcas a Marcel y sus Marceladas, chéri. Habrá tenido su duelo, pero lo habrá vivido rápido; Marcel es un carácter latino, de pasiones volátiles. Vive las cosas intensamente, pero los sentimientos se le esfuman con la misma velocidad: ahora estará centrado en su vida y no le estará dando muchas vueltas.

— Entiendo.

— Tú tampoco le des muchas vueltas, cariño. Te cuesta no dar vueltas a las cosas y olvidar las cosas. Vive un poco el momento.

Reí entrecortadamente.

— Me encantaría saber hacer eso que hacéis los bohemios. Yo tengo que pensar en el futuro. Necesito certidumbre, planificación, necesito dar un paso sobre algo estable. El resto son conjeturas. Y para planificar el futuro necesitas ser consciente del pasado. Perdonar pero no olvidar.

— Me suena a mantras todo eso que me dices. Algún día descubrirás que se puede caminar a ciegas por la vida y que hay otros sentidos más allá de la vista, que te muestran el camino.

Permanecí meditativo; mi mente se retrotraía a mis conversaciones con Marcel. Parecía como si Mara y Marcel tuvieran acceso a una realidad que a mi se me escapaba; siempre se me había escapado. Acababa de vislumbrar el abismo que nos separaba, más hondo de lo que lo había sentido jamás.

— Algo así decía Marcel, y creo que algunas veces lo he entendido. Aquella noche en la Provenza, sentí «algo» moviéndome, de una manera que nunca lo había hecho. Creía haber enloquecido. Desde entonces no soy el mismo. Le doy muchas vueltas a lo que sentí.

— ¿No crées que deberías soltarte más?

— No lo sé— repuse, meditativo.

— ¿Qué haces mañana?

— Tengo que seguir trabajando en esto.

— ¿Te vienes al mercadillo conmigo?

Suspiré.

— Tengo mucho trabajo pendiente, Mara.

— Te vienes al mercadillo conmigo. Y trabajas por la tarde.

— Por la tarde me concentro peor. 

—Pues te hago un café para que estés despierto, chéri.

—Pareces Marcel.

— Y tú pareces imbécil — añadió.

— ¡Oye! — me exalté— mira, mañana cuando nos despertemos, lo vemos, ¿d’accord?

D’accord

— Cambiando de tema, ¿de qué estabas hablando antes?

— Estaba hablando del rojo y de la pasión — Mara reemprendía la perorata— y creo que los artistas vivimos todo desde otro prisma: el de la pasión, no entendemos otro lenguaje que el del que padece y por ello estamos condenados al sufrimiento. Toda emoción que vivimos es intensa, desbordante, y verter lo que rebosa, en un lienzo en mi caso, es lo único que nos salva. A veces, cuando pinto, sobre todo con rojo, siento como si me estuviera desangrando; creo que todo artista se desangra, de alguna manera. Por eso soy artista y no otra cosa: todos mis miedos, mis penas, mis alegrías, mis pudores incluso, se convierten en un maravilloso mosaico de formas y colores. Cuando tengo el pincel en la mano, no pienso; es una relación íntima entre el lienzo y yo. Siento como si yo estuviera pintando algo que «ya estaba ahí antes», no creando. ¿Entiendes?

— Pues no te entiendo— le espeté— porque yo no sé escribir nada sin haberlo estructurado antes. No sé hablar sin pensar. No sé hacer sin tomar decisiones antes. Y yo si siento que soy el amo de mi vida. No hago nada que no sea mi propia voluntad: y no me va mal.

— ¡Nunca entenderás! Por más que lo intento eres cerril. No entiendes las pasiones que tengo en mi corazón, que son más intensas de lo que jamás podrás imaginarte. No entiendes mis sueños, mis fantasías. Vives en tu mundo cuadriculado. 

Rompió a llorar

— Al menos tengo esto para consolarme — y se dio la vuelta hacia el caballete, sollozando— La pasión es todo en mi vida; si no padeciera tanto, tampoco tendría las alegrías que tengo. Pongo toda mi pasión en lo que hago, y espero que la vida me lo pague con la misma moneda

Pasión. Esa palabra resonaba en mi cabeza. Tal vez fuera el abismo que me separara de ellos: la pasión. Ellos vivían desde una dimensión que yo no entendía: la del que vive desde lo que dicta su corazón. Mientras, yo vivía desde la dimensión de lo analítico. ¿Qué sentido tenía algo que no se pudiera controlar? ¿Qué sentido tenía trazar un plan si uno se desviaba de él? No. Todo tenía que estar definido y poco se puede dejar al azar. Sin embargo, Mara o Marcel parecían tener un motor dentro que los empujaba a la propia vida. Vivían sin pensar, sin planificar, sin medir sus pasos o pensar a largo plazo: esto me parecía un soberano insulto al raciocinio humano aunque, tácitamente, envidiaba esta manera de vivir: ellos eran despreocupados, relajados, se tomaban los malos tragos con una filosofía que me sorprendía. ¿Cómo era posible ese nivel de indiferencia? A veces, se me antojaba dejadez pero otras, admiraba la pasmosidad con la que abrazaban la adversidad, lo presentes que parecían en cada momento, mientras yo me perdía en mi cabeza.

Mara lloraba. Encore.

— ¿No vas a hacer nada?

Me lo pensé dos veces, pero le di un abrazo, uno diferente a los que solía dar. Fue profundo e íntimo, ya que ambos estábamos semidesnudos. Algo me retrotrajo a esa imagen, tan etérea, de mi cuerpo y el de una desconocida abrazados en una demoníaca caverna de la Provenza, mientras mi cuerpo era un mar de sensaciones: ambos hendíamos nuestras garras en las carnes del otro, como animales salvajes. Ahora, Mara hacía lo mismo, pero acariciando sutil y delicadamente, acariciando en lugar de arañar. 

— Gracias— dijo ella, al cabo— has dejado de dar abrazos de sociópata.

— ¿Perdona?

— Abrazabas como un sociópata — se rio, con los ojos llorosos y el tono aún sollozante— tus abrazos eran fríos y dabas un golpecito con la mano que… — hizo un gesto como de estremecerse.

— Oye, deja en paz a mis abrazos, o no te doy más.

— No— dijo, mientras se arrimaba a mi de nuevo— pero no me des más abrazos de sociópata, por favor.

— ¿Vamos a dormir?

Allons. Bonne nuit, chéri.

Querría haber dormido, pero pensé mucho. Algo estaba cambiando dentro de mi: Acostarme con Mara, nuestro abrazo, las frases de Marcel que resonaban en mi cabeza, en aquellos momentos oscuros de la noche. Algo dentro de mi se agitaba, y algo dentro de mi se resistía a aceptarlo. Había una pugna interna, y mis noches de insomnio eran fruto de aquella batalla entre la idea que tenía de mi y la que se estaba implantando. Aquel abrazo no sólo me unió físicamente a Mara, sino que tendió puentes sobre aquel abismo que siempre había pensado que nos separase: los puentes eran endebles aún, pero suficiente para sortearlo, aunque fuera mínimamente.

Mara dormía como un tronco. Me levanté y fui al estudio, en la habitación contigua a la habitación. A través de la ventana, se filtraba la luz nacarada de la Luna llena. Abrí el ventanal y la contemplé sobre las luces de la ciudad, alzándose imponente. La observé por minutos, hasta que comencé a llorar, sin explicación. Cuando me vi saciado, tanto de contemplación como de desquite, cerré el ventanal y me senté en la máquina. Comencé a escribir, de una manera que jamás lo había hecho: un frenesí me poseyó, y las frases surgían como por sí mismas. No escribía sobre nada en particular: hablaba de mis últimas vivencias, de mis emociones, de Mara, de Marcel, de mi infancia, de mi personalidad, de todo lo que me había hecho a mí, de quién era y quién podría ser aunque me lo estuviera negando. Mi lenguaje no tenía forma, ni propósito. A veces, al aparecer el nombre de Marcel, lo reafirmaba tres veces, como San Pedro:

Cabrón.
Cabrón.
Cabrón.

Esas líneas parecían ser su epíteto homérico.. Tras horas de abstracción, me noté cansado, como aquel que viene de rendir en una competición deportiva o un combate. Extenuado, me hice a la cama, me tumbé y por fin me reencontré con Mara en los mundos de Morfeo.

Amanecí ligero, a la mañana siguiente.. Accedí al plan de Mara, sin apenas resistencia. Las maravillas del mercadillo me sedujeron: este en concreto era de antigüedades y arte. Charlé con los vendedores, regateé e incluso llevé un falso Matisse para mi apartamento, si bien es cierto que últimamente rara vez lo pisaba, por preferir la compañía de Mara. Podría estar trabajando, pensaba a veces, pero desoía la voz del deber. Me dejé llevar por la batuta de Mara; caminábamos de la mano, incluso, como si fuéramos pareja. Volvimos al apartamento, leí y guardé los frutos del delirio nocturno que había tenido, y me centré en mi trabajo, seriamente. 

Los meses pasaron, sin que yo me arrepintiera de aquella noche en la que Mara y yo consumamos nuestro amor. El tiempo que pasé junto a ella fue dulce, como un sueño del que no quería escapar. Pasé de la frialdad de mis encuentros con otras amantes, a conocer el amor, al fin, aquello que se sentía al conectar genuinamente con alguien y, pese a todo, seguía considerándola una simple amiga. Mis maneras iban cambiando, a medida que me dejaba embriagar por su personalidad. De algún modo, culminé aquello que Marcel tanto anhelaba, como si él hubiera ganado la batalla contra mi antigua coraza, mi antiguo yo. Comencé a soltar mi pluma al escribir: descubrí un mundo de prosa espontánea, libre de ataduras, grácil, sin necesidad de planificación. Descubrí lo que ocurría al soltar esa mente tan neurótica que yo no había elegido, sino que fue una imposición sobre la que no tenía voluntad alguna. Era otoño, y no me reconocía en absoluto, pero tampoco me incomodaba el no reconocerme, ya que dejarme morir fue una liberación, más que una condena. 

Los trabajos que publiqué impulsaron mi carrera y pude gozar de este pasajero éxito para dedicarme a trabajar como corresponsal periodístico en varios países de Sudamérica. Allí, me despojé finalmente del carácter prusiano —aunque conservo aquellos rasgos que considero prácticos—, que iba desarmándose en los meses posteriores al viaje a la Provenza. Quizá Marcel tenía razón en última instancia, y su intervención simplemente fue la llama que encendió mi transición hacia un nuevo yo. Sea como fuera, tras años alejado del Viejo Continente, recibí una noticia funesta: Marcel había fallecido en un accidente automovilístico en el golfo de Génova: el conductor lo había precipitado, junto a otros tres ocupantes —que eran casualmente los amigos que me había presentado aquella noche primaveral— por un barranco de la costa ligur, sin que nos hubiéramos podido dar un último adiós. 

Tras recibir esta noticia y con el pretexto adecuado, volví a París. No pude llegar a tiempo al sepelio pero, aún así, puse rumbo a su pueblo, donde lo habían enterrado. Sobre su sepultura deposité una carta, en la que me disculpaba por mis hostilidades. Bajo un Adieu, señé con mi rúbrica. Sobre el lacre, de color bermellón, pegué una amapola—P. somniferum—, y deje a su lado una botella de Burdeos. Volví a París entre lágrimas. Quizá en ese momento, se acabó la historia que había entre Marcel Lafontan y yo pero, de algún modo, sé que tras aquel fin de semana en la Provenza, algo de él se plantó en mí, y seguiré llevándolo conmigo eternamente.