Del «mojito caliente» à la marocaine y otras vivencias

31/10/24

Medina de Tánger

Con el corazón pesando por la reciente catástrofe en Valencia, que ha dejado a su paso un reguero de desolación en la huerta sur, tomo un vuelo hacia lo exótico. Parece que sea un anhelo de escapismo lo que me mueve. Lo cierto es que, pese a que no me sobran ganas de permanecer en la ciudad del Turia y participar en la ayuda, mis nervios, desgastados por unos meses previos de continuo y desbocado frenesí, me ruegan un merecido descanso. 

Me embarco hacia Tánger con mi amigo Raúl, odontólogo, que viene a recogerme acompañado de su pareja, quien muy amablemente nos conduce al aeropuerto. Salir de Valencia se presenta complicado: las retenciones abundan y parecen multiplicarse como una colonia de roedores, mientras que la policía no parece ser muy efectiva en fluidificar el caótico tráfico. Pese a todo, nos hicimos al aeropuerto de Manises a tiempo, embarcamos sin incidencias  y partimos hacia el sur.

Durante el trayecto, el avión puso de manifiesto algunas de las zonas devastadas por la riada. El nuevo cauce del Turia aún estaba lleno de aguas marronáceas, que se extendían hacia las tan sonadas localidades de la huerta sur: Picanya, Paiporta, Benetússer, Alfafar y Sedaví estaban prácticamente envueltas en lodo. Al desembocar en el golfo de Valencia,  las aguas marrones lo invadían por alrededor de un kilómetro; allí, una linde las separaba de las aguas azules. El avión giró sobre sí mismo para tomar dirección sursuroeste, mostrando ahora a los que estábamos en la margen izquierda las pedanías de Pinedo, el Perelló y una Albufera crecida en exceso, cuyos nuevos límites no alcanzaba a trazar. El lago y los arrozales circundantes parecían un continuo de lodo marrón.

Volamos alrededor de una hora, antes de llegar a nuestro destino. Conforme nos aproximábamos al aeropuerto, se podían ver algunos vecindarios de la ciudad, o quizá ciudades-dormitorio, con sus edificios, algo rústicos y deslustrados. Poco a poco, esos parches suburbanos iban creciendo en frecuencia y envergadura, hasta convertirse en una continuidad urbana. Aterrizamos en el aeropuerto Ibn Battuta alrededor de las dos de la tarde, hora local; de todos modos, la hora marroquí coincidía con la española, ya que en este país no se contempla el cambio de hora con la estación y, por tanto, en verano existiría una hora de desfase, que invierno es inexistente. En el desembarco, coincidimos con una mujer —me recordaba a Tamara Falcó— que parecía haber visitado más veces la ciudad. Iba con su familia. Entre otros consejos, nos tranquilizó diciendo que podíamos beber perfectamente agua de grifo.

Procedimos al peritaje de la aduana: el oficial me preguntó por mi profesión y el hotel en el que me alojaba y selló el pasaporte con la fecha de entrada. Antes de abandonar el recinto, pasamos un control de equipaje, esta vez a la salida, e hicimos una visita al puesto de una compañía telefónica para adquirir una tarjeta SIM provisional.

Una vez fuera, buscamos un taxi que nos llevase hacia nuestro hotel. Había una parada con varios de ellos; un cartel mostraba las tasas establecidas por el transporte a varios puntos de la ciudad, tanto a precio diurno como nocturno. No teníamos aún dirham, la moneda local pero, por fortuna o desgracia, muchos locales aceptan el euro como divisa, generalmente bajo la tácita condición de obtener un beneficio. El cambio real sería aproximadamente de once dirham, que los locales convierten en diez a su favor. En este caso, el taxista nos propuso una precio de quince euros como equivalencia a los cientocincuenta dirham que rezaba en el cartel. Al llegar al destino, intentamos convencerle de que ese cambio era incorrecto: el taxista era cerril y no había manera de hacerlo desistir. Fue nuestra primera toma de contacto con una realidad que nos sorprendería: más de una vez se intentarían aprovechar de nuestra condición como turistas. Esto es una realidad contra la que no se puede luchar más que siendo lo suficientemente atento y prevenido como para que a uno lo timen. Necesitábamos cambiar nuestros euros cuanto antes, para evitar nuevas desilusiones.

Durante el trayecto estuve absorto reconociendo e integrando mis alrededores. El paisaje era verde, más de lo que hubiera pensado. Los bloques de edificios eran rústicos y de manufactura barata. Por las avenidas, caóticas, los coches circulaban eficaz pero desordenadamente. Me sorprendieron los frecuentes pitidos de claxon, no tanto un sonido agresivo y estridente en señal de protesta —como sería habitual en España—, sino como un leve toque a modo de señal para avisar de la presencia y la intención de circular: los conductores empleaban el claxon como un medio de comunicación. Muchos peatones se acercaban a la calzada desde las aceras para llamar al taxi, casi abalanzándose sobre ellos, por lo que el conductor bloqueó las puertas.  

El taxi nos dejó a las puertas de nuestro hotel, en los aledaños de la plaza de toros de Tánger, una herencia española que no sirve ya como tal desde hace mucho. Estábamos famélicos. Apenas había tomado un desayuno frugal, mientras que Raúl sólo había tomado un café en todo el día. Nos registramos en el hotel, que nos debía cobrar por protocolo una tasa turística; ofrecieron pagarla en euros, nuevamente utilizando el cambio  con la moneda local a su favor, aunque nos ofrecieron la posibilidad de pagarlo el día de la partida. Rechazamos la oferta y recorrimos la cercanía del hotel en busca de un lugar donde comer. Encontramos un local de shawarma, que es la palabra con la que los árabes designan a lo que aquí conocemos como kebab o döner. Por desgracia, no teníamos suficiente liquidez como para pagarnos el almuerzo, por lo que tuvimos que ceder a los ofrecimientos del hotel, ya que no había ninguna oficina de cambio cerca. Esta segunda vez hicieron una oferta aún peor, que aceptamos algo resignados. No era la oferta ideal, pero la situación exigía aceptarla. Sentía la impresión de que estos «racaneos», aunque fueran modestos, supondrían unos gastos imprevistos si no teníamos suficiente voluntad como para evitarlos.

Fuimos definitivamente a por el shawarma. De camino allí, me sorprendió ver a los tangerinos  de aquel barrio sentados de una manera particular en las terrazas. Las sillas estaban dispuestas paralelamente, en lugar de enfrentadas, como suele ocurrir en Europa, por lo que los locales se sientan los unos al lado de los otros, con su taza de té o su refresco y mirando hacia la calle. Había gatos por doquier, muchos magrebíes vestían a la europea, aunque con mal gusto y un estilo más bien demodé, si es que vestían con estilo alguno. Olía a especias. Vimos pasar un hombre que llevaba una bandeja sobre la cabeza, en equilibrio perfecto sin ayuda de sus manos. En ese momento sentí en toda su plenitud la sensación de exotismo y se lo comenté a Raúl, que no parecía compartir mis impresiones, diciendo que el barrio le parecía, de hecho, muy europeo.

Una vez comidos, volvimos al hotel y fuimos en dirección hacia el centro de la ciudad. Lo hicimos sin planificación: busqué las avenidas que conducían hacia el mar y las seguimos. Recorrimos a carretera de Tetuán, que iba desde más allá de nuestro hotel hacia el centro de la ciudad. El vecindario parecía un barrio acomodado: abundaban los chalets y los liceos privados, en los que los jóvenes seguramente recibirían una educación afrancesada. Había algunos negocios, como un supermercado bastante moderno y unas supuestas «lecherías». Llegamos a una gran explanada verde, en cuyo centro había una mezquita, con un elegante minarete que apuntaba hacia el cielo. Al fondo, los edificios anunciaban la llegada a una zona más urbana y moderna; daba la impresión de estar en una ciudad mediterránea, por su arquitectura y su urbanismo, caótico, relajado, como hecho sobre la marcha. La abundancia de gatos me hacía recordar a Atenas: de hecho sentía estar en una especie de Atenas moruna. Veía tanto hombres como mujeres vestidos a la europea, aunque carentes del estilo que esgrimen en el viejo continente, aunque algunas mujeres llevaban puestos sus hiyab, estaban cubiertas por completo por un burka u otros hombres embozados en chilabas. Vimos un puesto callejero con lo que parecían una especie de pudín. Intenté comunicarme con los vendedores en francés y español, pero no parecían entender. Quería cerciorarme de si era dulce o salado. Al final, conseguimos comunicarnos gracias al traductor. El pudín en cuestión estaba delicioso.

Seguimos en dirección hacia el mar, bajo los soportales de unos edificios altos, desgastados, erosionados y polvorientos. Todos los edificios allí eran de un color desgastado, una especie de blanco roto. Recordé las palabras de Hemingway, hablando de la antaño capital bizantina: «Everything white in Constantinople is dirty white. When you see the color a white shirt gets in twelve hours you appreciate the color a white minaret gets in four hundred years.»

Por fortuna, encontramos una oficina de cambio a medio trayecto y obtuvimos una generosa cantidad de dirham. Doblamos la esquina y nos vimos en un paseo marítimo, a cuyo fondo se vislumbraba una fortaleza y lo que parecía una zona amurallada de la ciudad. Un desconocido nos abordó, preguntando nuestra nacionalidad. Mentimos haciéndonos pasar por italianos. En un principio pensaba que nos fuera a pedir alguna moneda; el hombre seguía haciéndonos preguntas, muy cansino e insistente, pese a nuestras negativas. Al final, acabó por delatarse él mismo, a la desesperada: intentó vendernos hash. Rechazamos una vez más y pasamos de largo. 

A lo largo del paseo, nos vimos en una pequeña explanada flanqueada por unas casas coloniales y el edificio Renschauen, legado de un benefactor alemán en la ciudad. Había multitud de terrazas y se veían turistas. Unos magrebíes en la lejanía intentaron llamar nuestra atención nuevamente, llevándose una mano pinzada a la boca como si tuviesen un cigarrillo y gritando: «fumo, fumo». Llegamos a los pies de la muralla: un arco semicircular permitía atravesarla en dirección a la Medina, la ciudad antigua. Bajo ese arco, un hombre permanecía sentado, junto a un puesto con algunas mercancías en venta. Al otro lado del arco, había una pequeña cuesta arriba, a cuyos costados había variadas y coquetas tiendas. Había varias entradas que confluían en un punto, desde el cual subía una nueva calle, de mayor calibre, que se dirigía Medina arriba. Del otro lado, unas escaleras conducían a un mirador desde el que se podía fotografiar la bahía. La cuesta por la que entramos y la que subía Medina arriba marcaban los límites de una mezquita de color blanco: era la Gran Mezquita de Tánger, construida sobre una antigua catedral portuguesa que, a su vez, se alzaba en un templo romano. Me planté frente a uno de los arcos para fotografiarlo: una pedigüeña estaba sentada bajo éste, embozada por completo en un burka negro como el carbón. Los musulmanes estaban siendo convocados a la oración, por lo que se veía como iban entrando desde la calle al interior de la mezquita. A través de otra arcada se atisbaba discretamente el interior de ésta; había un patio con una fuente y algunos fieles realizaban sus abluciones allí.

Fuimos cuesta arriba, dejándonos sorprender por la Medina, que no es muy diferente de algunas Medinas andalusíes: podría ser como caminar por las callejuelas de Córdoba o el Albaicín de Granada con un tinte genuinamente arábigo que suma en exotismo. Había caído la noche y olía a especias, cuero y humanidad. Durante el paseo, nos topamos con un arco que daba a una callejuela completamente cubierta, en la que había un zoco. Nos adentramos en aquel rincón, donde el ambiente era algo cargado y opresivo. Las primeras impresiones no fueron negativas: había algunos puestos con frutas y especias, que hacían nuestras delicias con sus colores y aromas. En cierto punto, comenzaban los puestos de la carne y el pescado, donde el agradable olor del comino o la canela, pasaban a entremezclarse con los de las vísceras y la carne rancia. Vimos unos pollos degollados, dispuestos boca abajo; sobre unas encimeras, había filetes con moscas arremolinándose. El ambiente comenzaba a ser repulsivo y nos sentíamos incómodos. Vimos, al cabo, unas escaleras a nuestra derecha que daban nuevamente a la calle; la última imagen que recuerdo es la de dos chavales, adolescentes, peleándose en el la galería del zoco.

Una vez afuera, respiramos aliviados. Caminamos sin ningún rumbo ni objetivo en especial, aunque nos apetecía sentarnos en una terraza. Sin darnos cuenta, nos habíamos alejado de la Medina y volvíamos hacia los barrios más modernos del centro. Sorteamos el jardín de la Mendoubia y la plaza del Nueve de Abril. Seguíamos cuesta arriba, hasta que pasamos —entonces desprevenidos— por la terraza de una cafetería que parecía haber quedado petrificada en los felices años 20: era el Gran Café de Paris. Nos sentamos a tomar algo en una terraza no muy lejos del café, cerca de el Hotel Picasso. La oferta del bar apenas llegaba a una decena de opciones y, de la mayoría, o bien no tenían stock o bien no estaban frías. Acabamos por elegir un par de refrescos. Nos sentamos al estilo marroquí en la terraza, es decir, paralelos y dirigiendo nuestra atención a los alrededores: daba la impresión, como comentábamos, de que pudiéramos estar perfectamente en el centro de Torrevieja. De hecho, muchos de los carteles que había por las calles estaban escritos en español aparte de árabe, aunque abundaban más los escritos en francés. Las chilabas y los hiyab daban un toque exótico a los locales, que los diferenciaría de los habitantes de una ciudad europea. Compramos tabaco en un quiosco cercano, donde también había bebidas espirituosas en el escaparate. Acabamos nuestras bebidas y pusimos el rumbo de vuelta a la plaza de toros. De camino, nos encontrábamos salones de té y «lecherías» por doquier. Intuía que estos negocios son una herencia del colonialismo español.

Nos vimos de nuevo en la Plaza de la Liga Árabe, donde la carretera de Tetuán moría en una rotonda, nexo del cual se desviaban otras tantas calles. Allí, encontramos la terraza de una tetería, donde sentarnos a tomar algo tranquilamente, con las esperanzas puestas en encontrar una carta más variada que en la última. Una multitud de mesas estaban dispuestas en la misma dirección, por lo que pareciera que fuera un hemiciclo donde el centro de la acción eran los peatones que paseaban por la acera o los vehículos que transitaban por la rotonda. La terraza estaba llena de hombres, algunos en solitario, otros en compañía. Sólo localizamos una mujer, a lo lejos, en compañía de su marido. Pedimos agua, té y un batido propio de Marruecos que juntaba leche, aguacate, frutos secos y una variedad de frutas, coronado por una galleta: se llamaba za3za3. Tomamos eso, agua y té. El té marroquí se prepara en unas teteras metálicas y ornamentadas, calentando agua, té verde y hierbabuena o menta, a lo que se añade una cantidad generosa de azúcar, ya que sería demasiado amargo para disfrutarlo si no. Esta bebida se ve por doquier: las terrazas están llenas de parroquianos con su tetera al lado, erguida sobre una bandeja metálica y junto a unos pequeños vasos de cristal, donde sirven el té. Mientras en España nuestra vida social gira en torno al alcohol, hasta el punto que tomar una cerveza en una terraza por la mañana es algo completamente normal,  allí, a parte de no servirse, salvo en contados establecimientos, el alcohol está prohibido y desdeñado, puesto que es haram (pecado).

Tras esta escena, volvimos al hotel y descansamos, al fin. Había sido un día agotador. Por la noche, seguían llegando noticias catastróficas desde Valencia. Tanto el gobierno autonómico como el nacional parecían indiferentes a la situación; mientras, la gente se organizaba para ir a limpiar los pueblos anegados y rescatar a quien pudiera seguir atrapado entre escombros o las paredes de un hogar inundado. Dormimos.

01/11/24

Vistas desde el café Hafa

Recién levantados, disfrutamos de un opíparo desayuno en el hotel, que mezclaba las delicias locales con las típicas del desayuno continental. Probé de nuevo ese mejunje verdoso, junto con el mayor surtido posible de manjares exóticos que encontré a mi paso. Había unas pastas fritas muy similares a los pestiños —quizá familiares distantes de este dulce—  recubiertas de sésamo y miel, con un ligero matiz a flor de azahar o de rosas. También descubrí una masa rellena de carne dulce. «Esto es parecido a la pastela» afirmaba Raúl. Me explicó que una pastela  es una especie de pastel redondo de carne, generalmente pollo especiado, envuelto en un fino hojaldre y cubierto de canela y azúcar glas. En este caso, se trataba de una masa con forma cilíndrica alargada y tampoco estaba cubierta de canela y azúcar. También había un pan soso, redondo, cuarteado, que me dio la impresión de estar ligeramente dulce.

Nos preparamos y salimos un día más a la calle, carretera de Tetúan arriba, y navegando por las avenidas hasta el paseo marítimo. Esta vez, subimos por una escalinata al costado del edificio Renschhausen, que a su vez nos llevó a una repisa  con una coqueta terraza desde donde se podía disfrutar de las vistas de la bahía. Nos sentamos allí, al sol, disfrutando del paisaje y de la cháchara. Después, nos aproximamos a la muralla pero, esta vez, la bordeamos por una calle que iba cuesta arriba. A un lado, se alzaba la muralla y, al otro, un muro blanco sobre el cual colgaban macetas llenas de flores coloridas. En lo alto de una escalera, bajo una cancela, un gato se recreaba relamiéndose. Vimos un arco por el que se podía penetrar en la Medina y lo cruzamos. Medineamos hacia arriba y hacia abajo; medineamos a la izquierda y a la derecha, por un dédalo en el que cualquier orientación era inútil, entre calles estrechas y muros altos, que apenas sí dejaban llegar algunos haces de luz. Veíamos gatos: adultos, crías, con todos los colores de pelaje posibles, hasta el punto que se dejaron ver más gatos que personas por aquel laberinto urbano. Un cartel rezaba Hamam y, tras ello, una retahíla de palabras en árabe. No muy lejos, encontramos el museo del legado americano y poco después el medineo dio a su fin. Salimos del recinto amurallado por la entrada de la Gran Mezquita. Rodeamos la muralla y una fortaleza que había sus pies, y subimos unas escaleras colina arriba, en el margen de la muralla, llegando a a un rellano desde el que se podía acceder al interior de la muralla. Teníamos puesto el rumbo hacia el café Hafa, en una zona occidental de la ciudad, más allá de los límites de la Medina. Caminábamos por una calle empedrada, con la Kasbah (alcazaba) al fondo. Se oyó entonces la llamada a la oración, el Azán, proclamado por la voz de un muecín: Allahu Akbar (Alá es el más grande), seguido de otras frases de un credo que no alcanzaba a reconocer. El cántico era como una especie de mantra, repetitivo, grave y melodioso, clamando el nombre de Dios y de su Profeta por todo lo alto.,Tal vez el olor de las especias, las chilabas, hiyab y burka, los rasgos de la gente, su lengua, tan gutural y raspada, la medina y sus callejones o los alminares de las mezquitas fueran fuertes indicios de estar presentes en aquella tierra exótica pero, con todo y ello, la llamada a la oración era lo que provocaba un mayor golpe de realidad. Penetraba en lo profundo del cuerpo, llenando las calles de un mismo son, a través de los muchos alminares de la ciudad. Parecía un recordatorio constante de estar en la tierra del Islam.

Llegamos a una plaza, a los pies de la supuesta tumba de Ibn Battouta. Por curiosidad, indagué sobre este hombre, que resultaba ser uno de los mayores —sino el mayor— exploradores del mundo islámico, nacido en el medievo. De golpe nos abordó un árabe de tez morena, rostro huesudo, mirada solemne y mostachudo, engalanado con una túnica blanca y una chechia del mismo color. «¿Españoles? Esta no es la tumba real de Ibn Battouta. Ibn Battouta fue a Asia con un amigo suyo. El amigo volvió y está enterrado aquí pero Ibn Battouta nunca volvió de Asia. Esta es la Kasbah y este es mi barrio, aquí están el barrio Andaluz —supongo que querría decir andalusí— y el barrio Árabe. Mi padre fue guardián de las llaves de la puerta de la Kasbah durante toda su vida.» refirió, de golpe. Nos tomó e hizo una visita por su barrio, de la que desconfié, pensando que nos rogaría —y así fue— unos emolumentos inflados aunque, por fortuna, nos enseñó detalladamente su barrio y algunas particularidades del mismo. Era un barrio medinoso, con unas callejuelas luminosas, de un blanco radiante. «A este lado, barrio Andalusí, al otro, barrio Árabe. Podemos observar los cinco elementos del Islam: El Hamam, baño turco o balneario de uso público; el horno de pan, para suministrar alimento a la comunidad; la fuente, que suministra agua; la mezquita, para la oración y la Madrassa, que es la escuela coránica. Estos son los cinco elementos que hay en todo barrio musulmán.» comentaba, mientras señalaba cada uno de los elementos o algún símbolo que lo representase. En un punto del barrio árabe, fuimos a dar a un callejón sin salida, como es típico en una Medina. Sobre él había una serie de placas, con los nombres de algunas personalidades que habían pasado por ahí. Acaparó mi atención una placa que rezaba:

JACK 

KEROUAC

TANGER 1950

Recordaba entonces uno de los motivos por los que anhelaba conocer Tánger. En esta ciudad, durante el Siglo XX, se estableció una especie de ciudad estado: la Zona Internacional de Tánger. Este periodo se conoce como la Interzona. La ciudad, como ocurre en tantas ciudades-estado pasó a ser un paraíso que frecuentaban ciudadanos internacionales, muchos  de ellos bohemios e incluso queers y homosexuales que, irónicamente, encontraron en una ciudad en el seno de una cultura ostensiblemente homófoba, machista y puritana un nido de libertad sexual. El escritor Paul Bowles tal vez fuera el pionero, seguido por otras figuras como William Burroughs, quien se veía envuelto en la polémica y huyendo de la ley tras herir de muerte a su mujer en México mientras intentaban recrear una escena de la tragedia Guillermo Tell; de la mano de Burroughs acabaría desembarcando su amigo Jack Kerouac, e incluso un nacional como Juan Goytisolo, exiliado o nómada, también moraría en la ciudad. En aquellos años, la ciudad fue un lugar abierto, y, situada en un punto estratégico desde el que guarnecer y vigilar el estrecho de Gibraltar, llegó a cumplir un papel clave en el espionaje en los años de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Durante toda aquella época, estuvo rodeada del Protectorado Español de Marruecos, con capital en Tetuán, aunque por cinco años, Tánger perdió su independencia y estuvo integrada en el protectorado español. Eventualmente, en 1956, tanto el protectorado español como el francés fueron derogados y las potencias que codominaban Tánger —nueve, ni más ni menos—, decidieron dar por finalizado este régimen especial de la ciudad. 

Fue en aquella época, en los últimos años de la Interzona, que Burroughs se instaló en el Hotel Muniria de Tánger. Vinieron a su encuentro Kerouac y Ginsberg que, junto a él, tal vez conformen la Santísima Trinidad de la generación beat. Allí, Burroughs disfrutaba de la vida de sarasa y drogadicto bohemio en la que tanto se deleitaba. Podía acudir a las farmacias a obtener su dosis, fumar kif a voluntad y mantener relaciones homosexuales a placer. Fruto de tal frenesí y tal desafuero, vio la luz la que sea quizá su magnum opus: El Almuerzo Desnudo. En este histriónico libro, que como mínimo se puede calificar de grotesco y transgresor, describe escenas caricaturescas que parecen un retrato onírico y deformado de la vida del yonqui y libertino en la ciudad. De Kerouac, sin embargo, puedo decir que parecía albergar un espíritu romántico y un carácter complicado. Sin embargo, En el camino, tal vez sea una de las mayores odas a la libertad, el desenfreno y las pendencias de la juventud; una obra que empuja a uno a tomar los mandos de un coche y recorrer eternas leguas y millas, anhelando escapar de la sociedad mediante la adrenalina de la aventura. 

Tras estas meditaciones literarias, volví a la realidad. Nuestro guía improvisado seguía mostrándonos el barrio. Nos mostró las puertas del barrio andalusí, algunas de las cuales, cubiertas por la mano de Fátima, pertenecían a extranjeros; los golpes de aldaba, en función de la frecuencia, eran un código para identificar a quien solicitaba acceso a la casa (Dar). Finalmente, llegamos a una escalinata de pendiente inclinada que iba Alcazaba abajo. Había unas maravillosas vistas de la plaza del Nueve de Abril y sus alrededores. Algunos minaretes refulgían en la distancia. Nos despedimos del guía, tras negociar el precio de aquella visita. Nos recomendó un lugar donde comer, calle abajo. 

No seguimos calle abajo, sino que fuimos en dirección contraria, más allá de la alcazaba, hacia  un barrio que se erigía a la vera de un acantilado. Allí se encontraba nuestro objetivo de la mañana: el café Hafa. Este lugar, con más de cien años de antigüedad, era un punto de peregrinaje en el Tánger de los bohemios. Allí pasaron sus horas Burroughs, Bowles o Goytisolo. El café recibe al visitante a través de un arco donde se lee: «Café Hafa, fondé 1921». Se trata de un lugar al aire libre con paredes encaladas, teñidas de un color azul celeste y una serie de pisos escalonados, en cuyas mesas y elementos decorativos abunda el azulejo. Nuevamente, las mesas y los asientos están orientados hacia el mar, con las sillas en paralelo. El concepto marroquí de disponerse alrededor de una mesa, pese a lo extraño que pueda parecer en un principio, acaba por desvelar su magia: si bien resta un peso a la conversación y deja de poner el foco en quien se tiene en frente, invita a la tranquilidad y la contemplación de aquello que se tiene delante. Por tanto, empiezo a creer que este ritual hace del sentarse en una terraza de un acto meditativo, mas que de un acto social. Por si no fuera suficiente, el entorno del café Hafa invita a la contemplación: sus hileras escalonadas dan la impresión de estar en una especie de teatro, en el cual se representa una de las más bellas obras de la naturaleza: el mar. Frente a nosotros, entre el aroma del té marroquí, se mostraba el estrecho de Gibraltar, imponente, con una capa de bruma ocultando el horizonte. En un día despejado se vería España al otro lado del estrecho.

Permanecimos un largo rato allí. No conversábamos mucho , ni el ambiente no invitaba a la conversación tanto como a la contemplación: la contemplación del mar, de los otros comensales, de los camareros que iban arriba y abajo con rejillas llenas de vasos de té, de los gatos que trepaban por los muros y asolaban aquellas mesas en las que había restos de comida. Había una pequeña sala que hacía de mezquita, o lo que sería el equivalente a una capilla católica, donde algunos árabes se resguardaban para llevar a cabo sus plegarias.

Deshicimos nuestros pasos, en busca de aquel restaurante que nos recomendó el guía: «Bajando por la Rue de la Kasbah, al lado de un restaurante andalusí».

Encontramos el restaurante en cuestión: era ruinoso y poco higiénico. Las condiciones no parecían muy diferentes de las que vimos en el Petit Socco del día anterior. Hicimos un amago de sentarnos pero nos lo pensamos por segunda vez. Aproveché para colarme en la cafetería colindante y hacer una necesaria visita al servicio. Abrí la puerta y me topé con una imagen que, si bien no me era desconocida, tampoco me impactó sobremanera: en vez de retrete, había una pieza de porcelana a ras de suelo, en cuyo centro había un hoyo; en esta pieza había dos rectángulos que servían para acomodar los pies y situarse en la posición adecuada para el acto. El olor era hediondo. Hice de tripas corazón y aguante la respiración todo lo posible. Cada vez que inhalaba, sentía arcadas. No era la primera vez que me encontraba con este tipo de servicios: tuve el dudoso placer de utilizar un urinario parecido seis años atrás, en una zona rural del sur de Bulgaria, no muy lejos de Plovdiv. En el Magreb urbano parece que también están familiarizados con este sistema.

Decidimos dar un paseo para refrescar nuestras ideas, o con la esperanza de encontrarnos espontáneamente otra opción para comer. De repente, Raúl me señaló algo: era una anciana, embozada en una túnica, con un sombrero de mimbre adornado con pompones coloridos. «Es un sombrero típico marroquí, los españoles lo llevaron a México y allí se hizo popular. Hoy en día se relaciona con México pero es de origen marroquí». Seguimos, hacia los jardines de la Mendoubia y el Grand Socco.. Hicimos una breve parada en unos baños públicos. Sólo me lavé las manos. Deposité el óbolo correspondiente y conversé con el encargado. Le dije que veníamos de Valencia y, por lo visto, era consciente de la reciente catástrofe. Agradeció a Allah que allí estuvieran bien, pero que era inevitable, pues era la voluntad de Allah y es de ésta de la que depende todo lo que acaece. Volvió Raúl y pasamos a conversar en inglés y el hombre demostró un dominio excelente del idioma. Seguimos buscando un restaurante: no nos convencían las opciones de la zona —unas igual de insalubres y las otras con un aspecto demasiado turístico— y acabamos por sentarnos de nuevo en el restaurante recomendado. No vacilamos en volver a levantarnos tras detectar el fulminante olor de la carne podrida que emanaba de la trastienda. Decidimos emboscarnos en el laberinto de callejuelas y medinear de nuevo, en busca del restaurante Ahlen que no estaba muy lejos de la Gran Mezquita. Había cola a sus puertas y, de hecho, algunos españoles esperando a sentarse. Tras unos veinte minutos nos dieron una mesa para dos. Era viernes —día de celebración en el que los marroquíes comen cuscús—, por lo que pedimos un plato de cuscús de cordero y una pastela, que en el menú aparecía como «pastilla de pollo». Nos trajeron un surtido de olivas, muy variadas en colorido y sabor: eran una delicia. Había también una especie de queso fresco y el mismo pan soso que había probado por la mañana en el hotel. Mi primera pastela me sorprendió en el buen sentido, mucho más que aquel amago de pastela que servían en el hotel. El cuscús era delicioso pero, con tanta cantidad de comida, quedamos saciados de más. Tras la comida, nos ofrecieron un té. En la mesa vecina había un grupo de jóvenes españoles —alrededor de los veinte años— a los que les habían servido el té justo antes. El camarero tomó la tetera y la alzó, para escanciar el jugo verde en los vasos, dispuestos sobre la bandeja plateada. Ofrecían unas pastas para acompañar el té. Una joven, sentada en aquella mesa, hizo la que tal vez es la mi descripción favorita de la bebida: «es como un mojito caliente».

Pagamos y fuimos medina abajo, hacia el arco por donde hicimos nuestra primera entrada en la Medina y por donde, simbólicamente, salíamos por última vez. Llegamos a la altura del paseo marítimo, donde un hombre de aspecto demacrado nos abordó: «¿Sois españoles? Tú pareces más marroquí que yo, coño —dijo, refiriéndose a Raúl—. ¿Sois de Valencia? Yo he vivido en Valencia, en Xàtiva, Ontinyent y luego me fui a Terrassa y de Terrassa pa’ la puta casa. He intentado volver a España pero no me dejan. Aquí se está muy mal, estaría mejor en Picassent que aquí. En Marruecos no hay clase media.» No le hacíamos mucho caso, pero parecía que gustaba de darnos palique. Al cabo, soltó la frase de marras: «¿Queréis hachís?». Aseguraba ofrecérnoslo a precio marroquí, a diez dirham el gramo, lo cual en España sería un precio inaudito. Rechazamos la oferta. Como poseído por una querencia taurina, volvió a la carga con una china de hachís en la mano. Comenzaba a ser cansino e, incluso, agresivo, porque le habíamos hecho sacar la mercancía de su escondrijo. Se alteró tanto ante las repetidas negativas, que escupió a nuestras espaldas y nos maldijo. Seguimos caminando y, al mirar atrás, seguía con los ojos puestos en nosotros y maldiciendo. Seguimos nuestro paso y, por suerte, no nos molestó más. 

Dimos un paseo por la playa y no tardamos en volver al hotel. Tánger, aparte de saturarnos, había resultado decepcionante. La ciudad nos dio la impresión de ser un quiero y no puedo, un wannabe europeo. Demasiado europea para sentirse plenamente marroquí, demasiado exótica para sentirse Europa. Ante el desencanto, desistimos de explorar más la ciudad: habíamos tenido suficiente. Viendo que aún teníamos un sábado libre por delante, decidimos también comprar unos billetes para ir a Tetúan y al día siguiente a Chefchaouen , con las esperanzas puestas en encontrar allí un clima diferente. Llegando al hotel, fuimos a un supermercado cercano y compramos algunos picoteos y cervezas sin alcohol, que se parecían más a un zumo de grano con sabor afrutado que otra cosa.

Seguían llegando noticias de Valencia, desalentadoras. La gente se estaba organizando ya, de manera independiente, para ir a ayudar a las zonas afectadas. El gobierno autonómico, sin embargo, recomendaba lo contrario. Mientras, bomberos, policía y ejército seguían esperando órdenes. Las cifras de muertos aumentaban pavorosamente. Con esta tesitura acabábamos la jornada.

02/11/24

Vistas de Tetuán desde las cercanías de la Alcazaba

Amanecíamos un día más junto a la plaza de toros de Tánger. Desayunamos de nuevo tranquila y abundantemente. Uno de los camareros, muy atento y amable, nos preguntaba si queríamos té o café para acompañar el desayuno. Para más inri, hablaba español bastante bien. Me sorprendió de Marruecos que la gente no hablase apenas el francés, cuando son lenguas cooficiales y, aunque me habían asegurado que muchos marroquíes hablaban español —y los hay—, tampoco es una lengua excesivamente extendida salvo quizá aquellos territorios que pertenecieron al protectorado. Un día más, disfrute del mojito caliente con los pseudopestiños, algunas otras pastas, una pastela, queso y olivas. Había varias fuentes con diferentes olivas, algunas intensamente verdes, otras de un verde más grisáceo y otras amarillentas incluso.

Tomamos rumbo a la estación de buses, a unos veinte minutos en dirección a las afueras. Seguimos la carretera de Tetúan y nos desviamos en una avenida. Caminando por una calle de aquel barrio, me dio la impresión de estar en la España rural. En las inmediaciones de la estación había una mezquita, cuyo alminar destacaba en las alturas y otro edificio, majestuoso, en el que había un colofón escrito en dos caligrafías: la árabe por un lado y otra que nos era desconocida. Vimos a lo largo del viaje esta caligrafía en tantos otros sitios y deduje, acertadamente, que se trataba de la caligrafía bereber.

Llegamos a la estación. Fuimos a la cafetería a por un refresco para hacer tiempo hasta la hora de partida. Me senté a tomar el refresco mientras Raúl iba a fumar. A mi lado había un grupo de tres mujeres alemanas. Saqué una libreta y tomé unas notas sobre el viaje, de las cuales surgiría más adelante este mismo diario. Raúl volvió de sus fumeteos y procedimos a la sala de espera, que estaba llena de pasajeros. A la hora señalada, un hombre abrió la puerta que daba a la dársena y se formó una cola, por la que fuimos embarcando. El bus estaba lleno de extranjeros, que irían seguramente a Chefchaouen. Nosotros, sin embargo, nos bajaríamos en la parada anterior, Tetúan, la supuesta «ciudad más andalusí de Marruecos» y antigua capital del protectorado español. Y es que Tetúan fue una ciudad fundada por los andalusíes que huían del conquistado Reino Nazarí de Granada y vieron en este valle a los pies del Rif un lugar donde reconstruir su perdido Al-Ándalus. A estos expulsados los seguirían los sefardíes y los moriscos, que vieron en el Magreb un refugio seguro. El Magreb, junto con Tesalónica y Constantinopla, serían uno de los mayores refugios de moriscos y sefardíes. Irónicamente esta ciudad, fundada en un inicio por los exiliados de España, acabaría siendo la capital de su protectorado en el Magreb.

El viaje a Tetuán fue pacífico. La autovía, si es que se la pudiera denominar así, era más bien una carretera con dos carriles a cada sentido. La mediana era un estrecho parterre sin vallas, y los márgenes exteriores tampoco estaban cercados. El paisaje a nuestro alrededor no distaba mucho del del sur de España. Se veían alquerías y otras construcciones rurales, campos, montes y valles. Al avecinarnos a Tetúan, las montañas se volvían más altas e imponentes si cabe. La ciudad está en un valle hondo, flanqueado por montañas titánicas. A lo largo de ese valle, que acaba desembocando, a la postre, en el mar de Alborán, se ven multitud de casas blancas, encaladas que trepan por ambas laderas del valle. Llegamos a la estación. Afuera, se veían unas escaleras que cruzaban un parterre. Colina arriba, se alzaba un edificio blanco radiante, con una gran arco tumido haciendo de puerta y una cúpula coronándolo. Este edificio albergaba un zoco. A medio camino, encontramos un parque con una cantidad desmedida de garzas pululando. Invadían las copas de los árboles y el césped y algunos recintos cercanos al parque. El número era incontable. Nos acercamos a fotografiarlas pero un miserable comenzó a increparnos. Nos alejamos y seguimos escaleras arriba. Desde lo alto, junto al zoco, nos dimos cuenta de que el individuo de marras seguía observándonos desde abajo y maldiciendo, haciendo incluso un amago de perseguirnos. Huimos  del conflicto entrando al zoco, que olía fuertemente a pescado, cruzándolo y emergiendo al otro lado. 

Estábamos de repente entre unas calles que no resultaban especialmente exóticas. Un trazado urbanístico de lo más europeo, incluso colonial, reminiscente de la arquitectura de la primera mitad del Siglo XX. De hecho, encontramos un edificio con la mitad del escudo aguileño de la España franquista: se trataba del antaño cuartel de la guardia mora y estábamos de lleno en el ensanche español. Tetuán es una ciudad con una marcada herencia hispana, lo que se ve reflejado en los dos idiomas que figuran en sus carteles: árabe y castellano, a diferencia del binomio árabe-francés que acostumbra a verse en el resto del país. En el ensanche hay edificios tan característicamente españoles como una oficina de Correos, un edificio de la Unión y el Fénix, un casino español o un templo católico: la iglesia de la Victoria, situada en la plaza de Muley el Mehdi, que antiguamente fue la plaza de Primo de Rivera, epicentro del ensanche. Cruzando el ensanche de levante a poniente está la avenida Mohammed VI que, en su día, fue la avenida del Generalísimo, principal arteria de esta zona. Pronto nos dimos cuenta de que, como la mayoría de las ciudades marroquíes, Tetúan tiene la estructura estereotípica, con su Alcazaba, su Medina y el añadido del ensanche español en los aledaños de la muralla. En esos dos elementos podrían resumirse los cascos históricos de las ciudades magrebíes: un núcleo urbano laberíntico, amurallado y una fortaleza militar que la domina. Nuestro objetivo era ir en busca de la Medina y pasear por sus calles laberínticas en dirección a la alcazaba. Un árabe se nos avecinó y nos indicó el camino a la Medina, con la intención de hacer de guía también. Prevenidos por nuestras experiencias recientes, declinamos la oferta. 

Nos topamos con las murallas que delimitaban la Medina, horadada por otro arco tumido: se trataba de Bab Tut, una de las puertas al oeste de la muralla. Por ese arco entramos de lleno en la medina tetuaní, mucho más laberíntica e intrincada aún que la tangerina. Caminamos a lo largo de un zoco que se encontraba en un pasaje cubierto, el cual se hacía inacabable. De nuevo, notamos los olores de la carne en putrefacción, o la de los animales, enjaulados en el propio zoco, las especias y las frutas. El ambiente era opresivo y había multitud de árabes, bien de paso, bien como compradores o como vendedores. Desde luego, se veían menos turistas en los alrededores; parecía un entorno más autóctono. Paré en un puesto a comprar un merecido recuerdo: una tetera marroquí junto con su bandeja. Intenté regatearle al vendedor, que se ofendió, asegurando que en su tienda no había distinción entre precio marroquí y turista. El corredor del zoco dio paso a una especie de claro: una plaza en la que se veía ya la luz del sol. Al fondo, destacaba el minarete de la Jamaa Al-Kabir, la gran mezquita de Tetuán. En el lado derecho de la plaza, había una media luna verde, anunciando una farmacia. No recordamos haberlo visto en Tánger pero, como era natural, allí todo símbolo relacionado con la cruz, era sustituido por la media luna. Al salir de la plaza, un local intentó engatusarnos para que fuésemos con él. Con reparo por que nos desplumasen de nuevo, rechazamos la oferta. La hospitalidad marroquí se agradece, pero también se agradece conservar la integridad económica. Habíamos entrado de lleno en una sección del zoco con multitud de talleres de artesanía: éstos eran herreros, aquellos ebanistas, unos eran tejedores y los otros alfareros. Exponían sus obras a la entrada del taller; en alguno de estos talleres, a puerta abierta, se podía  ver a los artesanos y los entresijos de su labor. Olía a serrín y aguarrás. 

Al cabo, encontramos otra puerta: Bab Mkabar, por donde abandonamos la Medina. Seguimos hacia delante por un camino vallado a ambos lados. Nos dimos cuenta de que no conducía a ningún lugar de interés: muy a lo lejos se veía un barrio que no parecía más residencial que turístico y, a ambos lados, estábamos rodeados por una extensa necrópolis. Dimos la vuelta e intentamos escapar de la Medina. Tomamos un desvío que nos llevó a otra sección del laberinto. Desembocamos en una plaza en la que encontramos a unos turistas andaluces, que nos indicaron una ruta para escapar y, al fin, acabamos de vuelta en el ensanche, a la vera del Palacio Real, residencia veraniega del monarca. Hambrientos como nos veíamos, fuimos en busca de un restaurante. Encontramos uno en el que parecían tener una clara preferencia por los españoles. Pedimos unos pinchos morunos y, cómo no, una pastela —o «pastilla»—, que parecía establecer una tradición. Nos sirvieron, nuevamente, el pan insulso para acompañar los platos. Tomamos café en una cafetería cercana que, curiosamente, utilizaba una máquina a presión mecánica. Nos sentamos à la maroccaine y observamos el ambiente del ensanche español y cómo los marroquíes iban calle arriba, calle abajo, con sus asuntos.

Tras una breve incursión por el parque de Feddan, atravesamos nuevamente Bab Tut con el objetivo de ir en dirección a la alcazaba. Esta vez nos desviamos hacia el norte, buscando la zona más alta de la Medina, en lugar de en dirección este, por donde habíamos cruzado el zoco antes. Al cruzar una esquina, nos topamos con un hombre que tenía un puesto de dulces, entre ellos estas pastas parecidas a los pestiños. Le preguntamos el nombre de la pasta, aunque al principio no parecía entender. Acabó por desvelarnos el nombre, que en ese momento nos sonó a una algarabía de sonidos guturales. Más adelante, descubrí que se llamaban chebakia. Conforme caminábamos, noté un berrido detrás —¡Beh!—, era un hombre que llevaba cuesta arriba una carretilla y hacía un sonido estridente, entre un bufido y un berrido, con el que alertaba de su paso para que despejasen el camino. En algún momento, volví a desviarme: había unas escaleras y la gente parecía bajar desde allí. Seguimos el rumbo de las escaleras y tras unos cuantos pisos, habíamos salido de esa jungla de cemento que es la Medina: desde una callejuela abalconada se podía ver el perfil de la ciudad. Seguimos escalera arriba, Raúl se negaba a mirar atrás para no anticipar las vistas desde lo alto. Ya casi a los pies de la alcazaba, pasamos al lado de una casa pintada de azul, lo que me hizo pensar en Chefchaouen. Bordeamos la alcazaba y, a través de un parque, llegamos a lo alto; era ruinosa y estaba en proceso de reforma, vallada y andamiada, por lo que estaba prohibido el acceso. Era un auténtica pena, porque las vistas desde la alcazaba habrían sido majestuosas; por suerte, durante el descenso, pudimos disfrutar de unas vistas no menos sobrecogedoras.

Tras ir cuesta abajo y un breve medineo, volvimos a salir por una puerta más al oeste: Bab Nouader. De ahí, fuimos a tomar un té frente a la iglesia de la Victoria. Allí, sentados à la marrocaine, veíamos a los locales pasar, inmersos en sus conversaciones, en sus pensamientos o absortos en el presente. Dimos una última vuelta por el ensanche: Esta zona de Tetúan daba una impresión similar a Tánger: a medio camino entre lo occidental y lo oriental, más aún cuando la arquitectura y el urbanismo gritaba: España. Pese a ello, una vez se cruzaban las lindes de la Medina, comenzaba un periplo por un Marruecos autóctono, con sabor propio; caminar por el interminable zoco era una experiencia inmersiva. Allí, como en un sueño, daba la impresión de existir en una realidad paralela, exótica, que invitaba a abrir los sentidos de par en par a los deleites que ofrecía. Las mujeres paseaban cubiertas con los hiyab, que les daban un aire de misterio; los hombres, algunos con ropa occidental y otros con sus tradicionales chilabas, cubrían sus cabezas con la chechia o el típico fez rojo.

A la vuelta, el miserable de las garzas seguía en su sitio, ahora acompañado por otros individuos. No reparó en nosotros. Nos montamos en el autobus y volvimos a Tánger, envueltos por la noche. Al llegar de vuelta allí, fuimos al supermercado a por comida y bebida y repetimos el plan de la tarde anterior, con ese insulso zumo de cereales que es la cerveza sin alcohol. Antes de dormir, nos llegaron noticias de Valencia. La gente seguía yendo a remover escombros y limpiar calles de fango, entre los coches caóticamente desperdigados. La iniciativa pública, malamente organizada por la Generalitat, había resultado ineficiente. Algunos voluntarios, tras esperar horas de cola, habían sido destinados a zonas de municipios en las que no necesitaban ayuda e, incluso, había gente almorzando tranquilamente o a una tarea tan bochornosa como limpiar un centro comercial en Aldaia. Mientras, la policía empezaba a poner trabas a los que querían cruzar el Turia para ayudar con la limpieza. Los políticos seguían con sus luchas, mientras el pueblo llevaba a cabo lo que la inutilidad de las autoridades no podía poner en marcha.

03/11/24


Uno de los muchos gatos de Chauen

Madrugamos. A las nueve de la mañana debíamos estar desayunados y en la estación. La noche de aquel día sería nuestra última en Marruecos. En la cafetería del hotel apenas habían servido una mitad de los platos, pero lo que había nos resultó suficiente. No tardamos mucho en partir hacia la estación de buses. La línea era la misma, solo que esta vez seguimos más allá de Tetuán, zambulléndonos en el corazón del Rif.

El Rif me recordó a las zonas montañosas del sur y este de España. Las montañas coronaban con sus cumbres rocosas unos valles verdosos, moteados con pueblos y caseríos. Pasamos a la vera de un embalse. Tras una hora de viaje desde Tetúan, se atisbaba una ciudad radiante en la lejanía: era más blanca que azul, aunque se podía discernir algún pináculo de este color en la distancia.

Conforme llegamos a la estación, nos apeamos. Había multitud de taxistas ofreciendo sus servicios, pero los rechazamos. Parecía absurdo tomar un taxi para recorrer una ciudad de tamaño mediano y en la que el encanto radica, precisamente, en el callejeo. Mientras Raúl se acercaba a la cafetería para conseguir una bebida, un piso por encima de las dársenas, acudí al retrete. Había un tipo sentado en la entrada, que vi de milagro y porque él mismo me había llamado la atención. Exigía la propina: dos dirham, esta vez cobrada a priori, cuando la mayoría de las veces la había depositado tranquilamente tras utilizar el servicio. Tiene sentido no dejar propina hasta que no se haya utilizado el servicio y, por tanto, evaluado; sea como fuera, no protesté. Pagué con un billete de veinte, a falta de monedas y el tipo, quiso devolverme el cambio en euros: me negué rotundamente, más aún con la experiencia de que tantos marroquíes se aprovechan del cambio a su favor, como nos había ocurrido en otras ocasiones. Tras mi protesta, añadió siete y medio a mi mano, con lo que faltaban todavía diez y medio. Señalé las monedas en mi mano como exigiendo el resto del cambio. Depositó otros cinco. Volví a hacerlo y depositó cinco más. Faltaba medio dirham, pero tampoco iba a seguir la contienda por ese precio. Otro árabe, más joven, señaló el tatuaje que llevo en el bíceps derecho (tutto passa) y me chocó la mano. Di las gracias, refunfuñando, al tipo (shukran) y procedí al baño, no muy higiénico y maloliente. Busqué a Raúl en la terraza de la cafetería y le referí el encontronazo. A él, por otro lado, le habían cobrado el precio marroquí por una Coca-Cola. En Tánger nos habían llegado a cobrar entre quince y treinta dirham por una lata; aquí valía un total de siete. Tras las bebidas, partimos en busca de lo que había prometido la voz popular: una ciudad monocroma, mágica.

Nos orientamos con un mapa hacia lo que intuíamos que sería el centro de la ciudad. Como siempre, los puntos de interés son los mismos: Medina y Alcazaba. Los primeros pasos por Chefchaouen no fueron impactantes: edificios de un blanco más bien roto o de color marrón arcilla, con algún detalle o ribete azulado. A medida que proseguimos, iban apareciendo más y más edificios coloridos. Encontramos un par de mezquitas con alminares pintados de azul y blanco. Llegamos a una calle con tráfico, que los peatones cruzaban libre y aleatoriamente. Nos vimos de sopetón en un corredor completamente azul: comenzaba el espectáculo. 

No recuerdo cómo ni en que momento fue, pero torcimos hacia una calle escalonada e hicimos pie en un laberinto donde un único color dominaba la paleta, una ciudad con cuestas, escaleras, patios, callejones, galerías, pasajes, balcones, portones, y cancelas cubiertas del color del lapislázuli; por cada calle parecía que hubiera un gato o varios. Así transitamos durante minutos absortos, embelesados, fotografiando cada rincón y cada calle. En algunas había pequeños zocos o tiendas. Se vendían baratijas y recuerdos aquí, alfombras y chilabas allá, en este otro lado estampas y lienzos que representaban las calles azules de la Medina, en muchas ocasiones con un gato observante, místico, cuando no representaban  las puertas o los rincones. 

Fuimos cuesta arriba, recorriendo lo que parecía un laberíntico zoco, que podría recordar al de Tetúan, obviando las diferencias cromáticas. Tomamos un desvío y nos vimos en un galería cuyas paredes azules estaban cubiertas de alfombras coloridas, expuestas para la venta al público. Torcimos por un arco, hacia la izquierda, salvando un gato que pululaba por allí. En las paredes del patio había una frase en árabe, pintarrajeada con letras negras. Al salir, vimos una escena preciosa: la luz era tenue, salvo por un haz de luz radiante, que destacaba la figura del gato; llevaba a cabo sus abluciones, relamiendo su lomo y sus patas. No dudé en inmortalizar la escena.

Esta calle nos llevó a los pies de la Alcazaba, de un color rojo terracota, desgastado. A los pies de esta alcazaba había un centro neurálgico de la ciudad: la Plaza de Uta Hammam, en la que abundaban los turistas y las terrazas, a diferencia de las calles, algo solitarias, de las que veníamos. En el centro de la plaza había una fuente cubierta de azulejos azules. Una mujer tenía un puesto de recuerdos y compramos un par. Paseamos por allí. En los alrededores de la alcazaba se veían ancianas con el sombrero de pompones coloridos. La Medina se extendía aún más arriba, por lo que seguimos. Más calles azules y estrechas, laberínticas. Pasamos al lado de una tienda de fruta, donde había granadas y mangos superlativos. Sonó la llamada a la oración, de repente, por lo que intuimos que habría una mezquita cerca. Seguimos cuesta arriba y unos marroquíes, sentados en el umbral de una puerta me hablaron y les dije que era de Valencia. Conocían la ciudad, pero por otros motivos diferentes a la reciente riada.

— Ah, ¡Valencia! ¿Conoces discoteca Barraca y Chocolate? ¿No existe ya?

Les dije que todavía existían esas salas y no tardaron en ofrecerme otro tipo de chocolate que rechacé, nuevamente. Parecía San Pedro, negando una y otra vez a los camellos.

Llegamos a un descampado en la falda del monte, que se elevaba hasta una muralla. Las casas parecían menguar en número y parecía que el límite de la ciudad no estaba muy lejos. Subimos por aquel descampado y llegamos a un lugar en el que habían vistas de la Medina. Estábamos a los pies de una muralla, por lo que me animé a recorrer el último tramo hasta la muralla.

Al otro lado de un arco, había tres niños agazapados jugando. Uno de ellos me reconoció inmediatamente como turista: hablaba español e inglés y no tendría más de diez años. Llamé a Raúl. El niño nos enseñó los rincones de la muralla, un lugar desde el que tomar una foto con toda la panorámica de la ciudad y otro arco desde el que se veía una cuesta que bajaba hasta su «école». En un torreón tomamos unas fotos de la ciudad. A los pies, había una pareja de italianos fumando; un marroquí se acercó a ellos y los abordó, para acabar ofreciéndoles hachís o marihuana. No sé lo que les querría vender, pero alcancé a oír cómo les preguntaba si preferían indica o sativa.Tal vez el color azul era el protagonista en las fachadas de las viviendas pero, en la sombra, el otro color que dominaba el turismo de aquella ciudad parecía ser el marrón. Me vino a la memoria algo que había dicho el desgraciado que nos escupió en Tánger: «¡Ah, vais a Chefchaouen!, la ciudad de los porros…».

Tomamos la cuesta hacia abajo, camino de vuelta a Uta Hammam. Nos cruzamos con otro grupo de niños en una calle estrecha y escalonada, que nos saludaban en castellano e inglés. Sorprendía su capacidad para los idiomas, quizá relacionada con haber estado en contacto con turistas desde tan jóvenes. Pasamos junto a una tienda de jabones y perfumes. Raúl paró a comprar un surtido de jabones, entre ellos el último de jazmín. Cuantas más calles recorríamos, más veíamos ancianas con el colorido sombrero: allí, en Chauen —no sabemos si por ser un lugar más rural o por costumbre— parecía más corriente que en la ciudad.

Llegamos de nuevo a Uta Hammam. Nos sentamos en una terraza a comer. Ordenamos Harira, una especie de sopa; un tajín de pollo, perfecto para sucar —como dirían los valencianos— el pan soso marroquí en su salsa y, siguiendo nuestra recién adquirida costumbre, una pastela de pollo, traducida de nuevo al español como «pastilla» en la carta del restaurante. Todo delicioso. Investigando, descubrimos que los chebakia se suelen acompañar de harira, tradicionalmente durante esos generosos resopones que se degustan tras una larga jornada de Ramadán. Satisfechos con el almuerzo, fuimos Medina abajo, entre turistas y tiendas, sombreros, chilabas, estampitas azules, teteras y otros souvenirs. Deshicimos todo el camino andado y nos vimos en la estación de autobuses nuevamente. Pedimos un par de refrescos y esperamos. Los paseos por aquella ciudad parecían fruto de un sueño, algo irreal.

En la vuelta, coincidimos con unos simpáticos mexicanos. Se reían a carcajadas en la parte trasera del bus. Nos contaron que habían salido a conocer la vida nocturna de la ciudad, pero estaban decepcionados: poco alcohol, poco ambiente y pocas mujeres, que se acercaban a ellos más por profesión que por voluntad. Raúl y yo no habíamos salido por Tánger ni teníamos interés, menos aún después de este testimonio. Volvimos al hotel, nos bebimos nuestras últimas cervezas de pega, sentados en el césped con la plaza de Toros de fondo.

Las noticias de España llegaban: el presidente del gobierno, el presidente autonómico y SSMM Felipe VI y Leticia habían visitado las zonas afectadas, recibiendo abucheos y proyectiles arrojados por la turba enfurecida.

04/12/24

Último día en Marruecos. Último desayuno en el hotel. Iba a echar de menos mojar mis chebakia en mi mojito caliente, las «pastillas» y, en general, esa enorme variedad de dulces de la que gozan los marroquíes, y es que llegamos a una conclusión en cuanto a la alimentación de los marroquíes: tal vez no suelan embriagarse de alcohol, pero se embriagan a base de azúcar y cafeína. Son glucófilos y gustan de dulces y té varias veces al día. La gastronomía marroquí comparte algunas características con la española: dulces como los polvorones y el turrón tienen, de algún modo, origen en el mundo árabe, donde son tan típicos los dulces a base de frutos secos, miel o azúcar. Las aceitunas, quizá, sean otro de los ingredientes que compartimos: las hay de todos los colores y sabores.

Abandonamos el hotel y caminamos hasta el Gran Café de Paris, por el que habíamos pasado de largo el primer día. Está no muy lejos del petit zoco (zoco chico), por el que hicimos una incursión el primer día. Frente a una rotonda en la que confluyen tal vez media docena de calles está este edificio, que parece congelado en el tiempo con sus aires art decó.

Nos sentamos en la terraza, á la marocaine y nos atendió uno de los muy elegantes camareros, que van vestidos con corbata y chaleco. Viéndonos turistas, se dirigió a nosotros en francés y en ese idioma nos entendimos con él. Charlamos, con aquella rotonda haciendo de atrezzo, a la vera de nuestras tazas de mojito caliente. A nuestro lado se sentaron, primero una pareja y, tras ellos, un grupo de franceses que pidieron que los retratásemos con uno de sus móviles. El interior del café era toda una fantasía; sumirse en su decoración era poco menos que viajar en el tiempo y, el retrete, quizá era el más higiénico que he visto entre todas las cafeterías de la ciudad. En aquel rincón tan romántico se habrían sentado Paul Bowles o Juan Goytisolo, quién sabe si Burroughs también. Un acto así parecía, a todos los efectos, un peregrinaje del bohemio.

Hicimos cuentas con el camarero y dejamos una propina. Raúl comenzó a sentirse revuelto por el té —era, quizá, el más fuerte y denso que habíamos probado hasta el momento, tanto que tuvimos que ser generosos con los terrones de azúcar— y la hora del vuelo se acercaba. Fuimos calle abajo, en busca de un taxi. Los coches circulaban caóticamente por allí y algunos taxis pasaban de largo, todos ellos ocupados. Aún así, intentábamos parar a cada taxi que veíamos. Uno hizo amago de recogernos; un segundo, que llevaba a una mujer, paró. «Al Aeropuerto» dijimos, añadiendo el gesto de un avión despegando. Nos subimos, dejó a la mujer no muy lejos de ahí y condujo en dirección al aeropuerto. Negociamos el precio: cien dirham. Parecía justo, más teniendo en cuenta lo que nos había costado la carrera del primer día, conversión de divisa incluida. El trayecto fue una despedida maravillosa: los edificios amplios y las avenidas anchas del centro iban dejando paso a los vecindarios de la ciudad. Pasamos por el campus universitario y alguna mezquita. El tráfico era, una vez más, caótico y desordenado, con pitidos por doquier. Mientras viajábamos, pensaba en mil cosas diferentes e iba esbozando los primeros borradores de este diario. El sol golpeaba y, en algún momento, se coló por la ventanilla y me iluminó con sus rayos. 

Llegamos al aeropuerto, nos tomamos agua y unas patatas fritas antes de cruzar el control. Con esto Raúl se repuso definitivamente. Al llegar al control, nos reencontramos con la mujer que habíamos conocido al bajar del avión el primer día. Hubo un controlillo antes de entrar al recinto, un segundo, con cacheo incluido. Raúl llevaba un paquete de tabaco, que el oficial abrió, olfateó y registró concienzudamente, quizá sospechando que pudiera almacenar algo más que tabaco. De ese control pasamos a una cola interminable y serpenteante que conducía a los puestos de la aduana. Avanzaba lentamente y no quedaba tampoco mucho tiempo para que cerrasen las puertas de embarque: alrededor de unos veinte minutos largos. Comenzábamos a sentirnos nerviosos, más si cabe cuando algunos de los que cruzaron el control con nosotros estaban ya a punto de pasar la aduana. La megafonía anunciaba la salida próxima del vuelo a Valencia, primero en un árabe que parecía, más que nunca, berreante, y después en un inglés ininteligible. Lo único que entendíamos era que nos estaban azuzando a los que volábamos a Valencia. Miré hacia la aduana y reconocí al oficial que me atendió el primer día. De repente, unas chicas cerca de nosotros preguntaban por el vuelo a Valencia. Les ofrecimos colarse con nosotros a ellas y otro hombre que iba aún más atrás. La gente parecía ser comprensiva, aunque no faltó más de una mirada envenenada. Al igual que nosotros, las chicas habían comenzado a sentirse un poco nerviosas y tenían miedo de quedarse en tierra. En menos de un cuarto de hora serían las dos, que era la presunta hora de cierre. Nos imaginamos una cola inexistente al otro lado, con todo el mundo ya embarcado. Tras dar indicaciones a los pocos que quedaban por delante, nos señalaron el puesto al que debíamos ir. El policía tomó nuestros pasaportes y gestionó los trámites pertinentes, que se antojaron eternos. Nuestro nerviosismo iba en aumento. Nos dio el visto bueno, y salimos disparados hacia la cola de embarque. Para nuestra sorpresa, no habían abierto siquiera las puertas, por lo que pudimos respirar aliviados.

Coincidimos de nuevo con las chicas de cola y pudimos charlar con ellas antes de embarcarnos, compartiendo nuestras impresiones sobre el país: su experiencia había sido radicalmente diferente a la nuestra y es que habían sufrido al parecer un acoso constante por parte de los marroquíes que, muy solícitos, les ofrecían todo tipo de obsequios y compensaciones a cambio de una presunta cita. Me hace reflexionar sobre el papel de la mujer en una sociedad así, aunque había una diferencia muy grande, tanto en estética como en comportamiento, entre alguien que había recibido una educación occidental y alguien que no, al menos en las distancias largas. Desconozco si estas impresiones se mantendrían en las distancias cortas. Aunque se veían mujeres con la melena suelta, aires y vestimentas europeas, el hiyab y el burka eran la norma. Algunas mujeres parecían salir sólo en compañía de otras mujeres o de su marido: en las terrazas no se veía un grupo de mujeres compartiendo un té y, de hecho, cuando nos dirigíamos algunas veces a mujeres, a veces se les veía reticentes a respondernos un simple saludo. Me parece futil en este momento ahondar en el debate del papel de la mujer en esta sociedad: un viaje de cuatro noches no basta para aprehender un aspecto así de la cultura; tampoco he tenido tiempo para, aunque fuera, informarme leyendo. Lo que he experimentado no son más que impresiones estéticas que, pese a todo, intuyo que sean indicios de unas realidades diferentes a las de occidente.

Procedimos al avión, tras despedirnos de las chicas. El vuelo se hizo ligero: pude ver cómo sobrevolábamos la bahía de Tánger, el estrecho de Gibraltar, llegué a distinguir el mar de invernaderos de El Ejido en la costa española y, al llegar a Valencia, se veían desde las alturas ríos y cultivos anegados con aguas marrones. Me sorprendió la velocidad pasmosa con la que recorríamos los cientos de kilómetros de península que había entre el estrecho y la costa valenciana. Aterrizamos en Manises.

Tras una media hora, tomamos un taxi, con aquellas dos chicas que habíamos conocido antes del vuelo. Por un capricho del destino, nuestro conductor era marroquí y tuve que reprimir el impulso de decirle shukran en vez de gracias. Pensaba que podría ser argelino, o de otro país del Magreb. En medio de la carrera, mientras hablábamos de su país, no se contuvo más y nos reveló su origen.

Una vez en nuestro destino, tras despedirnos de nuestras acompañantes, fuimos ipso-facto a tomar una cerveza, en una terraza frente a mi portal. Era una maravilla caminar por las calles del barrio de La Pechina; agradecimos estar de vuelta en España. La cerveza, tras haber probado esos zumos de cereal no alcohólicos, sabía como si fuera la primera de una vida. Nos sentíamos privilegiados. Charlamos, entre cerveza y cerveza; comencé a sentirme mareado por el alcohol. A nuestro alrededor, en las otras mesas, había grupos de gente manchados de barro por los cuatro costados: eran, probablemente, voluntarios que vendrían de Paiporta, Sedaví u otro de los municipios afectados.

Un año y medio antes, aterrizaba en Valencia proveniente de Atenas. Durante ocho días, unos amigos habíamos recorrido en profundidad la península helénica, comenzando en Ática y haciendo incursiones hasta los rincones más aislados del Peloponeso como la península de Mani, lugares sagrados como la Acrópolis,  el cabo Matapán, Delfos y Meteora; sitios históricos que albergaron batallas legendarias como Lepanto/Naupacto o Pilos, coronada por el majestuoso castillo de Navarino; incluso los aún imponentes restos bizantinos de Mystras, bajo el abrigo del Taigeto y la vigilancia de Esparta. Había entrado la madrugada en el aeropuerto de Manises  y no había otra opción que tomar el taxi para volver a casa. Quiso el destino que me llevase en el suyo un marroquí de pelo rizado, tan hospitalario como todos con los que habíamos tratado estos días. Me confesó ser analfabeto y, pese a ello, haber estado  trabajando durante más de quince años en el taxi. Por muy analfabeto que fuera, su español era impecable y era ingenioso e inteligente. Hablé con él de su país, hablamos de Chefchaouen y estuvo aconsejándome. Ahora, tras esta visita a Marruecos, echo la vista atrás y recuerdo lo que parece una profecía autocumplida. 

De vuelta en mi Valencia, mi mente se llena de imágenes, olores, sensaciones. La llamada del muecín resuena aún en mi cabeza, como un el tañido de una campana que proclama, a viva voz, la grandeza de su Dios. Llevo grabada la imagen de las ropas, de los rasgos de la gente, de los aires solemnes y relajados de los árabes tomando el té, sentados à la maroccaine en sus terrazas, mientras contemplan cómo la vida se desarrolla ante sus ojos; los zocos vivaces, ajetreados; los gatos pululando por las calles de Chaouen, de color lapislázuli, flanqueando a alguna mujer que corona su cabeza con un sombrero lleno de pompones coloridos. Imagino a algunos de mis admirados literatos paseando por las estrechas calles de la Medina de Tánger y tomando un «mojito caliente» en los escalonados balcones del café Hafa. Llevo en el paladar el regusto del cuscús, las pastelas, las chebakia, el té y la hierbabuena pero sobre todo vuelvo, como bien dijo mi querido amigo Raúl, habiendo humanizado el mundo árabe, que tantas veces se me había presentado como algo ajeno y peligroso. Quizá por las narrativas anquilosadas en el imaginario colectivo, había tendido a deshumanizarlo, a alienarlo. Bastaron unos días allí para darme cuenta de lo cercana que es nuestra cultura a la suya, de cuántas fuentes en común hemos bebido y en cuantos momentos de la historia se han cruzado nuestros caminos. Quizá la religión y las costumbres religiosas supongan un vasto hiato, un hiato que, sin embargo, salvan numerosos puentes.

Tánger resultó ser un wannabe europeo, demasiado edulcorado pero no por ello menos interesante; Tetuán me sorprendió, tanto por lo familiar de su ensanche, como lo inmersivo de su Medina; Chefchaouen, mientras, fue un puro  deleite estético y recorrer sus calles azuladas parecía poco menos que un escenario de ensueño. Sobre todo, me llevo una impresión del Oriente, o de un Oriente cercano. Enunciaba Jorge Luis Borges en una de sus conferencias: «Señoras, señores, un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales es el descubrimiento del Oriente […] esa conciencia del oriente , algo vasto, magnífico, inmóvil y, de algún modo, incomprensible…». Por algún motivo, el espíritu occidental siente el impulso de encontrarse a sí mismo en lo exótico, en lo ajeno, y el oriente es una puerta hacia ese encuentro. Sin embargo, intuyo que este que he explorado es un oriente en minúsculas, con un carácter propio pero demasiado cercano, geográfica y culturalmente como para sentirlo plenamente exótico. Suficiente como para degustar la sensación de exotismo sin necesidad de engullirlo por completo. Y, sin embargo, resulta fascinante pensar que, desde las costas de Cádiz, al otro lado de esa barrera que es el Estrecho, se alcanzan a vislumbrar las murallas de ese otro mundo, tan próximo y tan distante.

Valencia, a 13 de Enero de 2025.