Leyenda anónima

Tras aquella velada en San Sebastián, el Marqués me mostró en privado aquel retazo donde en su día grabaran la historia del escriba rebelde que acabó por prender en fuego su propia patria, en el intento de salvarla1. Al parecer, mientras la historia del escriba figuraba en el anverso, otro mito, no menos atávico, lo sorprendió en su reverso.

— Bien es sabido —enunció el Marqués—, que el hombre experimenta la vida como si caminase de espaldas: sólo puede vislumbrar lo que ha quedado atrás y, a pesar de ello, con la distancia, todo se difumina, enturbia o desdibuja. La capacidad de intuir el futuro es limitada, así como la es la de calcularlo. Mientras, el hombre estará condenado a caminar de espaldas al futuro, inocente, sujeto a un porvenir veleidoso, lleno de caprichos y vaivenes de los que él es una débil e insignificante víctima y ante lo cual sólo cabe conformarse con la visión de un pasado idealizado. La historia que ahora referiré imagina la posibilidad de invertir este fenómeno.

Entonces el Marqués, frente a un público más reducido y selecto, procedió a revelar los secretos de aquel manuscrito:

«Hubo una vez un pueblo conocido por su soberbia, tanto que se jactaban en recopilar sus epopeyas e historias y hacer gala de ellas por encima de cualquier otra. Erigían los más altos pináculos y los templos más suntuosos. Los caminos marmóreos que conectaban sus ciudades los flanqueaban hermosas hileras de árboles. Se adornaban con joyas y atuendos de la más diversa índole y en sus festividades gozaban de opulentos bailes y opíparos banquetes.

Sin embargo, tal fue la soberbia de sus dirigentes que decidieron juntar a todos sus fieles a cantar a los dioses en unísono, pues tan poderosos se sentían que creyeron poder llegar con sus cantos a la morada de la divinidad. 

Un coro que comprendía a todos y cada uno de los conciudadanos cantó unas alabanzas y, al aunarse todas las voces, la naturaleza enmudeció: el mar amainó hasta convertirse en un lago, las nubes se evaporaron y la tierra vibró, reverberando con las melodías que de allí emanaban. No hubo lugar en la tierra donde aquella canción no resonara y, de aquel modo fue que los dioses lo escucharon y se desvelaron de un prolongado letargo.

El del océano enfureció al ver su apreciado tálaso sin olas; el de los cielos penó por las nubes, las cuales estaban hechas a imagen y semejanza de sus ideas y la de los tierra padeció al ver a los animales correr y volar espantados, huyendo de aquel pandemonio coral.

Entonces los dioses decidieron castigar a aquel pueblo de una manera acorde: fueron condenados a olvidar progresivamente toda su historia y, en lugar de disfrutar del don de la memoria, a sufrir el tormento de la clarividencia .

Las memorias se convirtieron en vaticinios, las fábulas en premoniciones y los poetas, en adivinos. Las comunidades que otrora se reunieran para comentar los sucesos acontecidos durante los días previos, pasaron a tratar lo que vendría en la jornada sucesiva y los pareceres de cada uno. A los pescadores les fue revelado cuándo la pesca sería favorable, por lo que sintieron fútil faenar en los días aciagos, perdiendo así numerosos días productivos. Los comerciantes descubrieron qué rutas no serían atacadas por los bandidos, o en qué lugares serían apreciados, pero olvidaron su origen, el valor real de sus mercancías o lo que realmente habrían ido a hacer por aquellos lares. Los agricultores se familiarizaron con los secretos del clima y  aprendieron a intuir cuándo los campos se anegarían y cuando se agrietarían por la sequía. Sin embargo, habían olvidado las técnicas mediante las que labrar y roturar las tierras, trillar el grano o irrigar sus cultivos y, ante la perspectiva de las vacas flacas se resignaron, apáticos.

Cuando las familias se reunían, habían dejado de referir anécdotas los más ancianos y, por el contrario, éstos anunciaban las gestas que llevarían a cabo sus nietos y sus bisnietos. De alguno se reveló la muerte, que la familia penó en conjunto, aún cuando este vástago no hubiera nacido. Hubo fratricidios, ante la inquina del que descubre cómo un hermano tendría una vida —y muerte— más gloriosa que el otro. Conforme se sucedían los días y las noches, más se adentraban las visiones en el futuro, más rencillas, envidias y enfrentamientos surgían y más ciudadanos decidieron quitarse la vida, inermes ante un futuro que parecía inevitable. Al cabo, dejó de haber un nombre para ellos mismos, un origen, unas deidades, unas costumbres o una razón de ser. Los nombres de sus antepasados eran inexistentes y, lo único que existía era un continuo devenir, una sucesión de jornadas hacia un futuro inevitable. Al cabo de un año, quedaron reducidos a unos cien habitantes, los más ancianos seniles, los más jóvenes dementes. Al cabo de dos, la naturaleza había reclamado lo que un día fue suyo. Al cabo de tres, los aventureros paseaban por los valles y las llanuras que los albergaron, viendo las ruinas de sus casas de piedra, cubiertas por la hiedra, donde alimañas e himenópteros pululaban y zumbaban por doquier.»

— Quizá la mayor condena de esta sociedad no fuera tanto el vaticinar su decadencia, como olvidar su identidad —añadió el Marqués— Condenados a vivir sin nombre, sin historia, sin recuerdos. Condenados a una vida libre de impronta, como una gota anónima de agua diluida en la inmensidad del océano. Condenados a rendirse ante un futuro inevitable, agonizando por la promesa de un futuro inexacto, indefinido, ante el que no cupo otra posibilidad que ir menguando en un patético pataleo ante la Parca. Irónicamente, parece ser a que a ninguno de ellos se le apareció el porvenir que les esperaba. O tal vez, todos lo sospecharon y no hubo quien quisiera aceptarlo.

Valencia, 18 de Agosto de 2025.

S.H.G.

  1. léase Nyatorep el escriba ↩︎